Los gatos fadistas de Coimbra

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Por Antonio Costa

Fotos: Consuelo de Arco

 

   En Coimbra hay un local de fado legendario, se llama La capilla. Se va por una calle que serpentea subiendo hacia la parte alta y hay que apartarse un poco, hacia una plazoleta abrigada. Hay una capilla del siglo XIV, reformada en el siglo XVIII, con frontones y remates en las esquinas. Varias veces queríamos escuchar fado allí, pero siempre estaba cerrado, era al final del año.

   Una de las veces por la noche la plazoleta estaba llena de gatos. Parecía que estaban al lado del santuario del fado, que eran creyentes que vigilaban el templo. Nos parecía que llegaban de toda Coimbra para vigilar el templo del fado, tal vez para sentir la vibración que quedaba de las canciones. Y unos gatos tenían una casita a dos aguas, con las puertas blancas. Dentro tenían mantas y ropa. Había una señora dándoles de comer.

   Le preguntamos a la señora si podíamos hacer fotos a los gatos, tal vez era una loca maniática que no permitía hacer fotos. Que creería que les robaríamos el alma si les hacíamos fotos. Pero nos dijo que sin problema, que ella solo era una vecina que les daba de comer. Que podíamos hacer lo que quisiéramos.

   Y los gatos estaban tranquilos, esperando que sonaran las canciones, que abrieran las puertas, que llegaran los devotos del fado. Llevaban en sus cuerpos los versos fatales, las cadencias melancólicas. Parecían alimentados con la melancolía de las canciones. Seguramente habían llegado allí llevados por su fervor fadista y no podían marcharse. Se quedaban allí día y noche para recibir esa melancolía que llegaba desde milenios, esos gemidos hechos de silencios de siglos, de amores machacados, de vidas trituradas, de nostalgias amargas. Dicen que el fado en Coimbra es más cultural que el de Coimbra, menos comercial o turístico. Cómo no, si allí hace siglos ya estaba Camoens prefigurando sus fracasos y sus amores siempre aplazados.

   Llegaban de todas las calles de la ciudad y se quedaban allí esperando junto al templo del fado. Y los vecinos les habían construido una casa. Y ya no querían marcharse de allí.

   Por fin, el último día conseguimos entrar en La Capilla. Era antes de la actuación, porque nuestro tren se marchaba, pero queríamos como los gatos estar en el lugar donde se rompen las canciones. Nos sentamos en una mesa cerca de la puerta y pedimos dos copas de vino tinto. Consuelo subió a la tribuna para imaginar como se escucharía a los cantantes desde arriba. Había un tinglado extraño, en lo alto de una plataforma se veía un piano. Entró un matrimonio que tampoco escucharía el fado y tomaron una cena solitaria. Miramos con intensidad todos los rincones, pensamos como vibrarian al sonar las canciones. Nos fijamos en las pilas de agua bendita, en los enmarques del presbiterio. Y nos fuimos con nostalgia anticipada (el tiempo solo es un marco movible de la vida) porque se iba nuestro tren.

   Y de Coimbra no nos quedó la universidad y su torre vagabunda, ni la calle Quiebra Espaldas con sus cuestas adoquinadas, ni el café Santa Cruz con sus tazas debajo de arcos góticos, ni la Quinta de las Lágrimas donde Inés de Castro y el rey Pedro se amaron trágicamente desafiando todos los poderes, ni el Jardín de la Sirena con sus enormes medallones azules, ni las piedras hechas cuerdas manuelinas vertiginosas en el Claustro del Silencio, ni siquiera la casa donde Eugenio de Castro se apasionó con la reina de Saba para aparecer en “Los raros” de Rubén Darío, ni las obsesiones chinas en el Museo Machado que Camilo Pessanha trajo de Macao. Nos quedaron esos gatos fervorosos del fado que día y noche hacen guardia frente al local La capilla porque no pueden marcharse de ese embrujo, de esa fatalidad.

 

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