La ciudad junto al río vibrante (Cuenca de Ecuador)

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Por Antonio Costa

Fotos : Consuelo de Arco

 

   Nos alojábamos en el hotel Macondo que tenía un patio lleno de vegetación, ventanas de fascículos y pasillos con balaustradas. Nos había gustado su nombre y luego nos encantó la estancia allí. Tomar el desayuno al lado de los grandes jarrones, debajo de las brisas, era una delicia al comenzar las mañanas. Estaba al lado sur del río, en la parte nueva, pero se iba por una calle llena de encanto.

   Al subir veíamos la ciudad en lo alto del barranco y el río Tomebamba abajo acompañándola sin fin. El río discurría atropellado en medio de las piedras y los rápidos, hacía ruidos y espumas y no paraba de hablar. Era una delicia acercarse a él entre el césped, abrazar los árboles, y escuchar como vibraba sin fin encendiendo la ciudad. Era un río travieso que venía de los Andes, que traía siempre algo nuevo, no era uno de esos ríos tranquilos y somnolientos, y siempre estaba con nosotros. El puente roto parecía asomarse al agua sin llegar a alcanzarla, era un puente entusiasta que solo quería mirar el agua, y escuchar sus travesuras y su vida constante y sus sueños. Y hacia el oeste, junto al río estaban los edificios de la Universidad, también con su animación, con su vida juvenil, con sus inquietudes. Años después me enteré de que la sección de Letras la organizó mi amigo el profesor y poeta López Rueda, el errante de la calle Latoneros de Madrid.

   Y al otro lado del río estaba la ciudad llena de intimidades y de nostalgias, de presentes y de pasados destilados, que conservaba lo mejor del pasado, que vivía entusiastamente el presente. La Catedral Nueva levantaba sus cúpulas azules que se veían desde todas partes, que dicen que trajeron desde Chequia. Había azul por todas partes, en los tejados, en la iglesia de Santo Domingo, en las pintadas de las paredes, en esa calle mágica con pinturas azules enmarcadas en óvalos. Ese azul indicaba que había un toque de fantasía justo para dinamizar la realidad, para que valiera la pena vivir. Igual que lo daba el antiguo Ayuntamiento con sus balcones curvos que casi volaban. Y las calles de adoquines que se iban calladamente hacia el este, cada vez más secretas, hasta desembocar en la plaza de San Blas, con sus tres campanas viudas, donde jugaban los viejos y los niños.

   Había un mercado junto a la iglesia de San Francisco, donde viejas con sombreros y camisas azules vendían telas azules, que sorprendía detrás de soportales oscuros, que tenía una vitalidad sin aspavientos, una fantasía de productos y de trajes de colores y de comidas y de paños. Y en aquellos días se celebraba la Fiesta del Niño Viajero una talla de un niño iba en un burro enjaezado con mantas de colores y un rueca azul y delante iban niños vivos danzando con sus faldas giratorias. Todas las gasas de la Historia van soltando su poso de nostalgias, de atmósferas, de sugestiones, y dejan atrás las brutalidades y las mezquindades de cada día. Y así los conquistadores brutales o los imperiales incas acaban teniendo encanto precisamente porque han pasado y han dejado sus alientos más auténticos.

   Entrábamos en el pequeño café Austria con sus maderas cálidas y sus paredes forradas de azul oscuro y los coloridos de los Andes pasaban por el tamiz de Centroeuropa y disfrutábamos nuestro café con la voluptuosidad de aquellos aires. De modo que allí estaba lo mejor de Europa y América, en esa mezcla feliz que ha dado lo que es América ahora, porque los americanos de ahora descienden de europeos y de indígenas y llevan un toque de las dos culturas. Europa ensanchada y abierta en canal y mezclada con ríos y volcanes era lo que nos daba aquella ciudad callada y habladora.

   Paseábamos por la Calle Larga, que iba bordeando el barranco, estrecha y curva detrás de los edificios adustos o fantasiosos, que a veces abrían paso hacia el precipicio , e íbamos escuchando detrás de las causas el agua incesante que nos animaba a crear y nos recordaba que existíamos. Y si caminábamos de noche aquel sonido se intensificaba para llenarse de magia y de hondura, la ciudad entera parecía entregarse al agua y hacerse amante del agua. Nuestros pasos resonaban en medio de edificios coloniales, de patios sorprendentes, de tiendas con cenefas azules , de pinturas orgullosas o enamoradas. Pero sobre todo nunca olvidaremos aquellos óvalos en aquella casa donde lucían arquitecturas azuladas, atmósferas ilusorias, la misma Cuenca hecha leyenda.

   Íbamos al restaurante Guajibamba y bebíamos en mitad de un patio con maderas verdes y paredes escritas, donde colgaban campanillas con plantas, y luego en un interior como una catedral disuelta tomábamos cuy, una especie de conejo de los Andes o rata de monte, que tenía un sabor montuno y fugaz, como de fantasía que nos invade y se va, como quien viaja en una diligencia por los sabores.

   Estábamos en el Parque Calderón, la plaza principal (en América las plazas son parques, uno no puede olvidar la naturaleza y sus excesos aunque levante ciudades) y mirábamos a través de las palmeras el juego de los monumentos, la catedral exaltada con sus cúpulas azules, la catedral vieja aligerada con falsos arcos y balaustradas, los faroles espigados como astros azules, el quiosco de la música que podría salir volando, toda una profusión de densidades y secretos, los soportales ansiosos, los caballitos esperando. Y las calles se iban desde allí en todas direcciones llenas de balcones y de fachadas azules y de salientes y de cúpulas lejanas.

   Eduardo Mallea en “La ciudad junto al río inmóvil” hablaba de una urbe estancada, muda, incomunicada. Pero Cuenca de Ecuador era la ciudad junto al río vibrante,   repleta de cultura y de creatividad, que tenía lo mejor del pasado y del presente, que mostraba un pasado vivo y un presente con alma, que no paraba de susurrar ni de noche ni de día.

 

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