Green Room, salvaje supervivencia

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Por Ana María Caballero

Muchos son los relatos literarios que hacen referencia al crimen en un recinto cerrado, siendo Edgar Allan Poe el primero que planteó las bases de un género policíaco y de misterio aparentemente irresoluble en Los crímenes de la calle Morgue. Fascinado por este planteamiento el francés Gaston Leroux apuntó que “había que ir más allá que Poe” y sorprendió en 1907 con El misterio del cuarto amarillo, otro relato que trasladaba al lector su labor detectivesca para desentrañar el crimen de Mathilde Stangerson. Siguiendo este esquema el estadounidense Jeremy Saulnier, que sorprendió en Cannes con Blue Ruin (2013) ganando el premio FRIPESCI, plantea en Green Room un thriller de serie B que logra mantener y dosificar la tensión de principio a fin a ritmo de punk.

Con la aparente simpleza del planteamiento teatral del filme – una localización, un cuarto, un misterioso crimen -, el director consigue enarbolar una historia de género con cierta nostalgia a aquellas películas de los 80 de John Carpenter. Green Room relata el inesperado viaje que experimenta una banda de punk por las inhóspitas tierras de Oregon con la fatalidad de terminar tocando en un local repleto de neonazis y skinheads. Mala hora y mal lugar para toparse con el cadáver de una joven en el camerino de dicho pub. A partir de ahí, la historia se vuelve inquietante, violenta y aún más oscura, dejando al espectador en vilo en lo que es una clara narración de salvaje supervivencia.

La carambola le sale bien a Saulnier, tanto en el terreno técnico como en el narrativo, con una angustiante puesta en escena, una buena y aprovechada selección de planos, uso adecuado del ralentí y juego, mucho juego, con los fueras de campo, así como con giros constantes de guion que dosifican, e incluso omiten, buena parte de la información haciendo que el espectador sea parte activa en la decodificación y resolución del relato.

 

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Si bien los personajes no resultan sorprendentes en cuanto a sus estereotipados perfiles, – jóvenes desafiantes entre los que se incluye la única representante femenina (Alia Shawkat) y el chico apocado que se percata de todo el percal (Anton Yelchin) – los cuatro protagonistas resultan solventes. Pero si existen dos personajes que destacan por encima del reparto, uno es el veterano Patrick Stewart, que interpreta al amo y señor de ese local en medio de ninguna parte. Stewart se revela como un estremecedor lobo que dirige a su antojo a sus cachorros con tal de salvar un lucrativo negocio en aras de un movimiento ideológico. El otro personaje reseñable es Amber (Imogen Poots) que logra desconcertar al respetable con su ambigüedad entre la inocencia o culpabilidad del delito cometido.

Green Room deambula por caminos reconocibles, pero se desvía en la ejecución y garantiza el cumplimiento de los patrones del género (sangre, algunas raciones de casquería, perros hambrientos, nocturnidad, la violencia como manifestación de la más primitiva supervivencia) y lo hace de manera más que notable. Bienvenido sea este otro cine estadounidense, alejado de efectos especiales sin fin sobre croma verde, superhéroes, supervillanos y parábolas simplonas. Entremos en el juego del gato y el ratón en la claustrofóbica Green Room.

 

 

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