Luxemburgo, también estaba Melusina

Viandem-Victor Hugo

 

Por Antonio Costa

Fotos: Consuelo de Arco

 

     En Luxemburgo no solo hay banqueros. Parece un rincón apartado para librarse de las guerras y de los enfrentamientos simplistas. Allí nació la idea de la unión europea, una serie de escritores franceses y alemanes se reunieron en el castillo de Aline Mayrisch después de la Primera Guerra Mundial para intentar que nunca más hubiera otra guerra. Hay emigrantes con un nivel de vida alucinante, allí encontramos un restaurante que había puesto un matrimonio de Bosnia y daban unos kebabkichi sabrosísimos. Los tipos de Luxemburgo son independientes, siempre votaron por su independencia y en contra de las anexiones. Y también hubo allí una mujer mágica e independiente. La sirena Melusina se casó con el conde de Luxemburgo en el siglo VIII pero le pidió que no la mirara las noches de los viernes. Y como pretendió espiarla esa noche, ella se arrojó al río y desapareció para siempre.

     Nos asomamos al precipicio de Luxemburgo ciudad y vimos el río Alzette y el barrio bohemio del Grund allá abajo. Por allí estaban los centros culturales y los locales de marcha nocturna. Bajamos y vagamos entre los callejuelas solitarias y laberínticas. Encontramos a unos ancianos brasileños y cantamos samba con ellos. Las torres entre los puentes parecían de una belleza imposible.

     Paseamos por el Balcón de Europa, donde hace siglos un conde construyó una fortaleza en lo alto de un peñón y le pareció inexpugnable. Goethe distinguía allí la potencia y la gracia. Turner hizo flotar aquello en mitad de la niebla. Debajo adivinábamos los 25 kilómetros de túneles que sirvieron para que escaparan los defensores de la fortaleza a lo largo de los siglos o para que se escaparan las sirenas a las que los mirones razonadores daban el coñazo.

       Cerca de allí, en Diekirch , vimos un asno que   cagaba escudos y recogía un muchacho en mitad de la plaza. Pasamos por las montañas donde había   monasterios, castillos, bosques de hadas, ríos torrenciales. Nos acordamos del bosque de Arden que aparece en “Como gustéis” de Shakespeare, “en un ducado de Francia”, que seguramente era el bosque de Ardenas de Luxemburgo.

   Un poco más lejos, visitamos el castillo de Vianden, donde se refugió Víctor Hugo de todos sus perseguidores y trazó dibujos y concibió grandes obras futuras. Dando vueltas por el castillo vimos armaduras a punto de tener alma, fotos de personas que estuvieron allí y casi respiraban como John Malkovich o Mijail Gorbachov , salimos a terrazas donde soplaba el viento, casi nos emborrachamos con los olores densos del vino en las bodegas. Estaba lloviendo y era toda una aventura y vimos la casa donde habitó Hugo y detrás de la muestra de hierro el castillo a lo lejos parecía el escenario de un cuento.

     Vagamos por la ciudad ordenada de plazas elegantes y a pesar de todo llena de secretos, de lirismos, de sorpresas escondidas. En el Pasaje del Palacio, en la calle del Agua, bajaba una escalera llena de bares secretos y balcones volantes y ventanas ensimismadas   que terminaba en un pozo. Parecía como si allí se escondieran personas llenas de pulsiones , con borracheras de memorias, al final de cuartos que se arrebataban en esquinas inverosímiles. Allí había una pensión donde vivió Goethe cuando todavía era joven y creía en Werther y no había subido al Olimpo y era capaz de viajar con cómicos como cuenta en “Wilhelm Meister· y no renegaba de Carlota.

       Miramos a la Dama Dorada en lo alto de un monolito delante de la catedral. Fue levantada como monumento al país que no quiso saber nada de los nazis. Y pelearon como fieras contra ellos en la batalla de las Árdenas. Nos faltó visitar la abadía de Echternach donde se pintaron los manuscritos más antiguos de Europa, donde hay (solo allí en el mundo entero) en semana santa una procesión de personas que van bailando. Está claro que no son tan serios, que no solo le interesa el dinero, que escondidos en sus bosques siempre han amado la vida y la libertad. Que la vieja Melusina ha dejado huellas en ellos. En esa abadía pasó Hemingway una noche emborrachándose y se puso a mear en las vasijas para que los nazis si volvían creyeran que había vino blanco.

     Henry Miller en “Días tranquilos en Clichy” dijo que la ciudad era aburrida y que no había nada que hacer, y para colmo se peleó con el dueño de un restaurante que con un cartel prohibí que allí entraran judíos. Pero le gustaron mucho las putas del barrio de la estación, que todavía sigue siendo algo raro. Por allí cerca hay locales culturales imaginativos y calles un poco canallas y museos raros.

     En el túnel de un banco (los bancos tenían edificios que desde lo lejos parecían castillos de brujas) estaba el museo de fotografía dedicado a Edward Steichen. Algunos dicen que fue el mejor fotógrafo del mundo. Por su foto “El estanque en el claro de luna” se pagaron millones de dólares, pero a mí me importa un bledo eso, el caso es que ese cuadro parece atrapar el alma perdida de la tierra. Y allí estaba una foto de Greta Garbo y yo quiso competir con ella para ver quien de los dos ponía una cara más pensativa.

     De nuevo en el centro vimos a un tipo que se desternillaba sin cuerpo en una pared en la calle del Agua. Seguramente estaba pensando que somos gilipollas por tomar las cosas tan en serio. O porque no éramos capaces de flotar como él liberados de todo y colgando de un muro.   En fin, habrá muchos banqueros en Luxemburgo pero también saben reírse y ligar con las hadas. Y mantienen esa ciudad metida entre su naturaleza y sus historias. Como si vivieran en una obra perdida de Shakespeare.

 

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