El porvenir, la reivindicada visibilidad de la mujer más allá de los 40

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Por Ana María Caballero Botica

Volverse invisible a los ojos de la sociedad es uno de los trances más duros a los que puede enfrentarse una persona. No hace falta pensar en casos extremos (refugiados, conflictos…) para darnos cuenta de que esa invisibilidad se produce a menudo en nuestra cotidianidad, muy cerca de nuestro entorno e incluso se padece en la propia piel, sobre todo si eres mujer más allá de los 40. La joven directora Mia Hansen-Love da toda una lección de madurez narrativa y propuesta personal (y autobiográfica) en su última película El porvenir, un filme en el que reluce una Isabelle Huppert brillante y rebosante de verdad en la piel de una madre, esposa e hija que va perdiendo dichos roles para quedarse en su papel de mujer, sin más.

Inspirada en la madre de la cineasta, Mia Hansen creó el personaje de Nathalie, una comprometida profesora de filosofía de secundaria, a quien da vida en la pantalla Isabelle Huppert. Casada con un marido también docente, universitario, madre de dos hijos que hace tiempo volaron del nido e hija de una madre castradora y chantajista emocional, Nathalie debe lidiar con sus quehaceres diarios, apaciguados (afortunadamente) por su intensa actividad intelectual. Ese caos rutinario salta por los aires cuando Nathalie ve cómo se desmorona su proyecto de vida: La infidelidad y la muerte irrumpen de tal manera que debe recomponer las piezas de su yo más profundo y rellenar los vacíos de su nueva vida.

La sutileza es la carta que mejor juega la directora, que recurriendo a una sucesión de escenas y escenarios de lo más comunes y livianos, asistimos a la reconfiguración de una mujer valiéndose únicamente de las cabezas pensantes que colman los libros de sus estanterías (Platón, Rousseau…), y toda su riqueza interior. Es entonces y haciendo reflexión en voz alta junto a un protegido exalumno suyo (Roman Kolinka), con ideas políticas y sociales más radicales que contrastan con su cómoda vida aburguesada, cuando redescubre una libertad de la que había carecido en sus últimos 25 años.

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El porvenir documenta sin giros argumentales estrambóticos un devenir de lo más cotidiano y mundano. Pero lo que hace especial al filme es la maestría con la que la cineasta francesa plasma en imágenes esa vida que se desmorona ante los ojos de la protagonista con continuos paneos, travellings de cámara, planos sostenidos de las emociones – verbalizadas o no – de los personajes y escenarios significativos alrededor del alma de la película: La esquiva e inquieta Isabelle Huppert. Porque sin ella, sin menospreciar al elenco de secundarios, El porvenir no tendría ningún sentido, al fin y al cabo se trata de una película que homenajea la etapa vital de una mujer que sigue siendo, o incluso más, fascinante y, con frecuencia, poco reconocida.

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