El porvenir, de Mia Hansen-Love

el-porvenir-1La última propuesta de Mia Hansen-Love (Oso de Plata en el último festival de Berlín), El porvenir, es una fábula de cómo una intelectual puede paliar las adversidades que le sobrevienen sencillamente porque tiene la cabeza bien armada. Cine minimalista el de El porvenir, en el que, aparentemente, nada sucede, porque la película de esta joven directora francesa (París, 1981), esposa de Olivier Assayas, es un prodigio de sutileza y un ejercicio de insinuaciones. Sensibilidad a flor de piel la de la directora francesa y cuidado a los pequeños detalles que no pasan desapercibidos al espectador atento. La caligrafía de la extraordinaria película de la realizadora de Edén, sobre la vida de su hermano disc jokey obsesionado por su trabajo, es precisa, de filigrana, en esta recreación de la vida de su madre, así es que Mia Hansen-Love vuelve a radiografiar su proximidad emocional, su familia, en un ejercicio terapéutico para conocerla y comprenderla. Los conflictos en el seno de las familias parecen ser el tema recurrente y presente en la filmografía de esta realizadora de prestigio: Todo está perdonado, El padre de mis hijos, Un amor de juventud y Edén que ahora completa con El porvenir.

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Una madura profesora de filosofía de un instituto de París, Nathalie (una extraordinaria Isabelle Huppert, sin duda la mejor actriz francesa del momento), apasionada de su trabajo docente y revolucionaria en el pasado, pero algo conservadora en el presente (se enfrenta a los estudiantes huelguistas que impiden a sus alumnos asistir a su clase; no le importa que le atrasen la edad de jubilación, medida contra la que se lucha, porque le gusta su trabajo), atraviesa una etapa crucial en la vida a partir de la cual es preciso reinventársela urgentemente: su marido Heinz (André Marcon), también profesor de filosofía, con quien lleva una eternidad casada, la deja para irse con una mujer más joven (el momento más tenso es cuando han de partirse la biblioteca); su madre depresiva y posesiva, Yvette (Edith Scob , la protagonista de Ojos sin rostro de Georges Franjú, aquí una anciana bellísima y elegante), intenta suicidarse, lo que la obliga a internarla en una residencia a su pesar (Esto es un moridero, huele a muerte, le dice a su hija); la editorial que publicaba sus textos filosóficos deja de hacerlo porque ya no son modernos ni están de acorde con los tiempos que corren; y a ello se añade un cierto cansancio existencial del que sólo le salvan sus dos hijos encantadores, Chloe (Sarah Le Picard) y Johann (Solal Forte), y un grupo de ex alumnos con los que comparte discusiones filosóficas en un parque.

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Teóricamente Nathalie está libre de ataduras, tiene los hijos mayores y ha perdido a su marido, y por ello acepta la invitación que le hace Fabien (Roman Kolinka), joven radical libertario que es su alumno más aventajado, sobre el que ejerce un afecto protector (consigue que su editorial le publique un libro), para pasar unos días en una casa de campo en la montaña que comparte con otros muchachos de su edad. Y allí es cuando se produce esa historia de amor perfecta, porque las historias de amor perfectas son aquellas que nunca tienen lugar y no se deterioran, sin roces, besos ni abrazos, sólo alguna mirada significativa que lo dice todo, entre Fabien y su profesora (sencillamente magistral ese primer plano de los ojos del joven libertario filósofo que conduce de regreso a la granja, tras haber dejado a su profesora en la estación de tren, sabedor de que ya no se cruzará más en su camino). Un tren que Nathalie coge, y Fabien deja pasar, ambos conscientemente porque tanto la una como el otro saben que esa historia que sólo tiene lugar en su cabeza debe seguir en ella.

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La vida sigue, sin sobresaltos, para Nathalie, un personaje femenino con quien resulta imposible no empatizar, fuerte a pesar de su fragilidad física, porque nunca acepta el papel de víctima, aunque la vida le golpea, quizá porque, como dice ella, suple los afectos perdidos con la sabiduría que le da los libros y la filosofía que se aplica sobre ella misma, y eso le llena, como le llena su familia.

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El porvenir es una película cruzada por los sentimientos y las emociones que la protagonista consigue relativizar siempre como forma de enfrentarse a los avatares que la vida le depara. Un drama sentimental de baja intensidad que discurre sin sobresaltos y huye del sentimentalismo fácil. Una filigrana fílmica para que la legendaria protagonista de La encajera y la madame de La puerta del cielo resplandezca a sus espléndidos 63 años dando un recital interpretativo en un papel que borda con hilo de encaje.

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