Chapoteos contra el castillo de Chillon

 

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Por Antonio Costa
Foto: Consuelo de Arco

 

Uno se baja del tren en Montreux, y ve junto al embarcadero la estatua de Fredy Mercury con el brazo levantado que es un signo de libertad, que sacudió la música en los años ochenta, que ahora en su propia isla de Zanzíbar sería aniquilado porque era un homosexual decadente y ni siquiera permiten celebrar fiestas en su honor de noche junto al océano índico, o sube las calles empinadísimas para ver desde lo alto la ciudad encaramada astutamente a ambos lados de una cascada vertiginosa y el lago Leman y todas sus orillas. Y uno camina unos dos kilómetros bordeando el agua, junto a pequeñas calas, piedras pintadas, bancos para meditar, miradores de los cielos intensos, y llega sin dejar nunca el agua al castillo de Chillon.

Es una fortaleza cerrada, prepotente, adusta, casi sin ventanas ni aberturas, flanqueada por torres macizas de las que cuelgan como alivio arquerías inútiles que vuelan, como si se quisiera atenuar el efecto de este lugar compacto y misterioso, que parece un silencio construido saliendo del agua, que parece una sombra inaccesible guarnecida hasta el límite, y apenas hay balcones, lugares para mirar, desahogos, todo se cierra en torno a un patio que también parece una caja de lo oculto, todo eso contrasta con la ligereza del agua, con la belleza infinita del agua que cabrillea en infinitas ocurrencias minúsculas, y ahora resulta hermoso mirarlo, sin duda, pensar en todo lo que se encierra dentro, pero debía de ser espantoso estar encerrado ahí, es como si para atrapar a las almas rebeldes, al espíritu que por definición es incontrolable y escapa fuera necesario exagerar la potencia de los muros, igual que los celtas escondían a sus bellas reinas detrás de muros infranqueables.

Por eso quizás Byron escribió un poema dedicado al prisionero más famoso del castillo, François Bonivard, luchador por las libertades de Ginebra en el siglo XV, un símbolo de libertad, y de que los muros más inflexibles no pueden acabar con la libertad, y ahora mismo podemos mirar el castillo de otra manera, y pensar que el castillo es así de fuerte en medio de las ligerezas del agua tal vez para proteger lo más delicado, que son nuestros sueños, nuestros deseos de libertad, la resistencia de nuestro espíritu, la concentración de nuestras intimidades. Y lo que antes era encierro superlativo e imposibilidad de escapatoria (y que desesperado sería escuchando como afuera chapoteaba sin fin de mil maneras el agua contra la orilla) ahora se puede concebir como lugar de condensación, de pararse a pensar lo que es uno mismo, de secreto que escapa de los ruidos y las distracciones, aunque la infinidad de turistas no nos ayuden a ello.

Y allá enfrente, en la otra orilla, siempre se aprecian mejor las cosas desde la lejanía al otro lado del agua, estaba Villa Deodati, donde Byron se desenfrenaba con sus amigos creadores, e inventaba con ellos historias góticas, y creaba el Romanticismo en aquel año en que la erupción de un volcán oscureció el planeta entero y eliminó todos los límites, como nos recuerda en una novela William Ospina en “El año del verano que nunca llegó”.

 

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