El ciudadano ilustre o como no ser profeta en tu tierra

El Ciudadano Ilustre

Daniel Mantovani (Óscar Martínez en el centro) recibiendo la distinción de ciudadano ilustre de Salas

Por Ana María Caballero Botica 

Con frecuencia el genio se suele reconocer cuando uno ha muerto, pero… ¿Qué sucede cuando uno es laureado en vida y se le concede nada más y nada menos que el Premio Nobel de Literatura? Pues para Daniel Mantovani (Óscar Martínez) supone la misma muerte, el ocaso de su talento como escritor en vida. Así, con ese exabrupto a la cara de la Academia Sueca arranca El ciudadano ilustre, la última película de los irreverentes Mariano Cohn y Gastón Duprat (El vecino de al lado), escogida para representar a Argentina en la carrera hacia los Oscar, gracias, paradójicamente, a todos los reconocimientos que lleva cosechando en los festivales donde ha sido presentada: Copa Volpi en el Festival de Venecia para Óscar Martínez y recientemente la Espiga de Plata al Mejor Guion en la Seminci de Valladolid.

Concebida casi como un metarrelato El ciudadano ilustre impone su tono gamberro e irónico desde un fantástico y “noqueante” discurso inicial pronunciado por Daniel Mantovani, un reconocido escritor argentino que sube a recoger el Premio Nobel de Literatura. Supone el espaldarazo definitivo a su trayectoria, pero para él se trata de su sentencia de muerte. Más por convicción personal – y cierta sequía creativa – él mismo se encarga de caer en una desidia extrema, rechazando toda suerte de charlas, giras y presentaciones de libros que ya son para él reliquias sin valor. No, Mantovani quiere emociones fuertes, algo que le saque de ese desfile de eventos rimbombantes y lo hace tocado por la varita de la nostalgia, cuando su sensata secretaria Nuria (Nora Navas) le remite una carta procedente del alcalde de Salas, el pueblito natal del escritor.

El Nobel decide volver a sus raíces, después de cuarenta años, a aquella Salas de la que huyó para salir de la desesperanza y de un modelo de vida de manual para recibir de manos del intendente Cacho la distinción de ciudadano ilustre. Subido en la inercia del estilo de vida aburguesado europeo, el “aterrizaje” a esa realidad anacrónica y deprimente reavivan en el escritor sentimientos encontrados y aguanta, como puede, todo tipo de situaciones rocambolescas.

De mano de las fuerzas vivas, de las amistades como la de su eterno “amigo” Antonio (Dady Brieva) casado ahora con el amor de juventud de Daniel, Irene (Andrea Frigerio) sometida al despotismo de ese amigo que la exhibe como trofeo arrebatado al Nobel, Mantovani debe enfrentarse a esa Argentina profunda y rural que dejó en el camino. Y lo que, a priori, supone un paseo (literal) y “baño” de multitudes, pronto se convierte en pesadilla cuando se reavivan las inevitables envidias por el éxito de ese desarraigado que osa pavonearse ante ellos. Porque el caso es que Salas jamás se ha ido de Daniel y de su obra “irse no es dejar de estar”, afirma, pero para Salas él ya no vale más que como presa fácil para canalizar frustraciones personales y miserias sociales.

El Ciudadano Ilustre es pues, un carrusel costumbrista y una bofetada a la doble moralidad que impera en cada uno de nosotros: Ese discurso preparado para los laureles y esa basura que dejamos de puertas para adentro. El problema es que el personaje que interpreta de manera magistral Óscar Martínez (Relatos Salvajes, Paulina), secundado por el resto del reparto, lleva su integridad moral siempre a cuestas y claro, el auditorio de ese feudo medieval no está preparado intelectualmente y provoca que, como espectadores, participemos de algún modo en esa superioridad del protagonista sin dejar de sacarnos los colores. Quizá por eso Bob Dylan se ha pronunciado casi un mes después de que le concedieran el Nobel, no vaya a ser que como dice Mantovani, sea el comienzo de la caída.

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