Las mujeres nómadas de Shiraz

Por Antonio Costa

 

Hay masas de pantalones vaqueros encima de los mostradores. No es lo que uno espera de Las mil y una noches. Resulta vulgar y pobre, pero el hombre respira igual en todas partes. Y tampoco les importa el tipismo, quieren algo barato y cómodo. Y las mujeres discuten y chalanean igual que en cualquier otra ciudad.

Pero yo vagabundeo por aquí y me fijo en todo. Observo todas las caras, los gestos, los detalles. Como miran los niños, qué miradas ponen los vendedores. Y quiero encontrarle a todo un significado. Y cada instante de mi vida me parece repleto de significado. Aunque a veces me puede matar el aburrimiento.

Hay un tipo en un portal que parece estar meditando en el mundo. Pero tal vez no está meditando nada, tal vez solo está desperdiciando su vida. O sufriendo la Historia.

Y ese olor a pistachos por todas partes. He leído que Irán es el primer productor mundial de pistachos, como Portugal de alcornoques. Y los veo a todos masticar pistachos por la calle. Por todas partes hay sacos llenos de ellos. Y también hay habas, guisantes, habichuelas y todas las legumbres posibles. Y entonces sí me siento en historias antiguas, pienso en todos los traslados de los sacos, y como cruzan desiertos y montañas.

Al llegar la noche se entrecruza por las calles gente de todas las cataduras. Shiraz fue la capital del reino de Fars y aquí se juntaban pueblos de muchas procedencias. Y en este hervor me parece sentir el hervor de la ciudad de hace siglos. Como si en las caras quedaran todas las marchas y las cicatrices de los siglos.

Y entonces veo al pasar a dos mujeres nómadas de las montañas. Tienen una belleza agreste y una actitud indómita. Llevan unas faldas muy amplias llenas de dibujos de vivos colores. Y no se tapan la cara. Me quedo mirándolas alucinado como si fueran a llevarme con ellas a los montes Zagros. Ya hace siglos andaban por aquí estos nómadas y no había manera de dominarlos, llegaran las doctrinas que llegaran. Ellos eran solitarios y difíciles de dominar.

Se dan cuenta de que las miro con fascinación y sienten un poco de coquetería. Han bajado a la ciudad a comprar algo, a dejar su leche de cabra y sus labores. Se ve que saben hacer vestidos y que nunca se taparán de negro todo el cuerpo. Ya pueden venir religiones encima de ellos, o lo que sea, ellos pertenecen a las montañas. Y las imagino regresando a sus soledades desde las manías y los runrunes de la ciudad.

Una se queda parada delante de un mostrador, toca la ropa con movimientos rápidos, tantea de manera arisca, y me quedo observándola. Tengo que mirar a otro lado para que mi mirada no me estorbe. Las cosas se ven mejor de soslayo. Y me da la sensación de que huele muy fuerte, de que suelta olor a matorral y a conejo.

No quiero que se dé cuenta demasiado, quiero que mi mirada se pierda. Y siento un raro entusiasmo, teñido por algo de miedo. La mujer ha mirado otra vez y ha esbozado un asomo de sonrisa. Seguramente le gusta mi asombro o es que hay una simpatía infinitesimal entre nosotros a través de todas las distancias.

Me marcho y se me queda la impresión en la cabeza. Pienso que a veces son peligrosos los libros y encerrarse en ellos, son más vivas las historias orales que se cuentan en torno al fuego, a lo largo de siglos, con infinidad de expresiones. Reviviéndolas en cada instante, haciendo vivir a los que oyen. Y siento que esas mujeres arrastran leyendas por las calles de Shiraz. Aunque tal vez a los ciudadanos les dé miedo, igual que a nosotros los gitanos.

Todavía me giro para comprobar si puedo volver a verlas. Camino hacia la avenida Zand con los ojos bien abiertos por si aparecen otros nómadas, pero solo encuentro viandantes atareados, mujeres metidas en sus historias. Me da por imaginar los momentos concretos de cada una al lado de sus maridos en sus casas cerradas,   los miedos y morbos que les ocurrirán. Y detrás de cada rostro adivino un delirio, alguna secreta liberación.

 

 

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