Felices sueños, de Marco Bellocchio

No siempre se cumple eso de que en la madurez los creadores dan lo mejor de sí mismos. No siempre cumplir años y acumular experiencias redunda en ir a mejor. Si la mejor película de Sidney Lumet, un director que a mí no me causaba especial entusiasmo a pesar de las notables Doce hombres sin piedad o Serpico, fue su última película Antes que el diablo sepa que has muerto, Jean Luc Godard se acabó para mi gusto a partir de Al final de la escapada porque su obra de madurez la encuentro sencillamente insoportable.   

Todo esto para decir que poco queda del Marco Bellocchio de sus inicios en Felices sueños, un melodrama dulzón sobre el trauma de Massimo (Nicolo Cabrás / Dario del Pero / Valerio Mastandrea), que pierde a su madre (Barbara Ronchi), con la que tenía una relación afectiva muy especial, en circunstancias extrañas cuando tiene 8 años y ese hecho le marcará para siempre. Anclado en la nostalgia, Bellocchio intenta dar un repaso a la historia reciente de Italia a través delas edades de su protagonista.

El director de El diablo en el cuerpo desoye el consejo de Alfred Hitchcock y rueda con un niño buena parte del film, que se transforma en melaza espesa que atraganta. Luego, sin que sepamos muy bien por qué, Massimo, convertido en periodista deportivo gracias a su padre (Guido Caprino), hincha del Torino, se va como reportero de guerra a Sarajevo. Y del trauma de la madre, que le dura buena parte de la vida, lo saca la doctora Elisa (Bérénice Bejo), que se enamora de él no sabemos cómo ni cuándo ni porqué. La parte nostálgica del film lo ponen viejos programas de televisión y canciones de Patty Bravo y Raffaela Carrá.

Decepcionante y sin brillo en ninguna de sus secuencias, nada queda del director rabioso de Marcha triunfal, del que fuera uno de los epígonos del cine social italiano cuando esa cinematografía se contaba entre las mejores de sus tiempos. Así es que nostalgia de ese Marco Bellocchio que no está en estos Felices sueños.

 

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