Playground, de Bartosz M. Kowalski

No creo errar si afirmo que Polonia es el país que tiene un mejor ratio de cineastas notables del mundo. Enumerarlos sería prolijo. No son buenos, son muy buenos. Tienen unas escuelas de cine extraordinarias de cuando el período soviético y la tradición sigue.

Playground, la aportación del país centroeuropeo a la Sección Oficial del pasado festival de San Sebastian, va de niños, esta vez, en el seno de familias desestructuradas en donde no hay nadie que perfile mínimamente unas normas y se les exige a ellos un comportamiento de adultos. Pero eso no justifica sus conductas. Uno tiene un padre dependiente al que debe cuidar en ausencia de la madre que trabaja (pero le golpea con saña, una vez lo ha metido de nuevo en la cama después de asearle); otro se rapa la cabeza y está harto de dormir en su habitación con un bebé que le quita horas de sueño y al que odia. En el colegio esos dos niños hacen bullying a una niña gordita de la que se burlan y a la que graban con sus dichosos teléfonos móviles que se están convirtiendo en arma delictiva masiva. Quien cree que los niños son angelitos celestiales se equivoca. En los colegios, en mis tiempos, regía la ley carcelaria y el que era gordo, miope o pelirrojo, diferente, lo pasaba francamente mal: o eras acosado o te convertías en acosador.

La película del joven Bartosz M. Kowalski (Gdynia, 1984) recuerda en algunos momentos al Krzysztof Kieslowski de los mandamientos o al más despiadado Michael Haneke. En realidad, y la inquietante música nos lo indica desde un primer momento, y esas imágenes de las cámaras de seguridad que grabaron el secuestro en unos grandes almacenes también, el director polaco reconstruye con fidelidad absoluta un crimen atroz, el que cometieron dos niños contra otro apenas bebé al que machacaron literalmente y arrojaron a la vía del tren hace muchos años en el Reino Unido, un crimen que estremeció a la sociedad por el despiadado comportamiento de esos pequeños psicópatas de pantalón corto.

Ese último tramo, el del asesinato, está rodado a cámara fija y distante, una variante del fuera de plano, y en tiempo real, lo que no era necesario: los espectadores sensibles se levantaron en masa e indignados del Kursaal buscando la salida en el festival donostiarra. No es una película que pueda gustar, porque no hay concesiones al espectador, pero es una llamada de atención para que vigilemos a nuestros pequeños que sin  nuestra guía pueden convertirse en los psicópatas más desalmados. Atroz alegato sobre la banalidad del mal. Una cinta que deberían ver todos aquellos que son padres, como advirtió el director polaco.

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