Malayerba, de Javier Valdez Cárdenas

 

Ejercer de periodista en México es tan peligroso como hacerlo en Siria. En el país norteamericano que hace frontera con la primera potencia del mundo una guerra no declarada y sin cuartel ha dejado más de ochenta mil muertos y un sinfín de desaparecidos. A diario se encuentran fosas comunes y ristras de muertos desmembrados que indican la práctica habitual de la tortura. Más de cien periodistas han sido asesinados. Javier Valdez Cárdenas no es el último.

Durante toda su vida, hasta que ésta se truncó de forma dramática, Javier Valdez Cárdenas (Culiacán, 1967/2017) estuvo comprometido en desentrañar esa violencia ciega que asola su país, México, y ante la que finalmente acabó sucumbiendo. Sin abandonar el epicentro del huracán de la violencia asesina, el estado de Sinaloa, porque allí nació y allí murió tiroteado en medio de la calle a plena luz del día, y a través de medios escritos y radiados, el periodista mexicano abordó sin tapujos toda esa complejidad violenta que rodeó la guerra contra el narco que desencadenó Felipe Calderón y prosiguió Javier Peña Nieto sin visos de que esa sangría vaya a terminar a corto plazo. Con sus crónicas a través del medio Riodoce no sólo daba la palabra a las víctimas de esa balacera terrible, que ha convertido México prácticamente en un estado fallido, sino que apuntaba a la connivencia de los poderes políticos con los mafiosos y a la corrupción que pudre la columna vertebral del estado mexicano y que hace que su policía figure entre las más ineficaces del mundo con un índice de fracaso del 90%. El periodista galardonado con el premio International Press Freedom Award se movía por terrenos pantanosos.

La editorial mexicana Jus ha reeditado oportunamente Malayerba, un conjunto de crónicas periodísticas que Javier Valdez Cárdenas convierte en estremecedores relatos de no más de tres páginas. El periodista no hace más que dramatizar sucesos que él mismo vivió en propia carne o le contaron, y lo hace con economía de medios, frases cortas, y eficacia, sin truculencias innecesarias: la realidad es tan sangrienta que la escritura sólo puede ser un pálido reflejo de ella.

En 35 segundos se centra en el horror de un video snuff: En la imagen aparece un hombre adulto boca abajo. Tiene ambas manos en la cabeza. Ojos cerrados. Ojos cerrados y apretados. Alguien lo sujeta de la cabeza, le jala los cabellos. La mítica del narco causante de tantos alistamientos está en Fascinación por Javier: Se imaginaba con esa pistola de cachas de oro y empuñando el cuerno. Metiendo el cargador para estrenar su tableteo en cualquier camino de terracería. Y también rodeado de guaruras, no menos de seis. Disecciona la violencia en El hombre parece brincar: Baila inerte, involuntariamente. Se queda en el suelo y parece aflojar el cuerpo. No se le ve la cara. Sólo manchas rojas, afluentes que nacen de los orificios de bala. En Carrilla mortal hay una advertencia siniestra que no es gratuita: Si vas Culiacán no voltees. No veas a la gente de otros carros. No grites ni reclames. No pites. No cambies de luces. No manejes en chinga ni andes rebasando. En Sin palabras retrata gráficamente un acto violento que se convierte en cotidiano: Vi su carro abollado y volteé hacia la camioneta. Vidrios oscuros y arriba. Tocó el cristal. El elevador automático bajó el vidrio y se asomó la pistola. Dos tiros en la cara, a quemarropa, sin palabras. En Busco narco no es ajeno a una cierta sensualidad dentro de ese ambiente bravucón y macho que impera en la sociedad mexicana: Y sí, es una mujer indudablemente guapa: alta y morena, pelo lacio. Molde de mujer culichi: generoso patio trasero, unos cerritos frontales 34B y ese andar que parece ofrecer sus caderas desde la otra acera. En De cartón piedra denuncia la inoperancia policial, cuando no connivencia con el crimen en donde ni el maniquí de una tienda de ropa se salva de la balacera: Los sicarios se acercaron a los cuerpos. Dispararon de nuevo para garantizarle a la muerte su comité de recepción. Algunos policías del lugar corrieron, otros se escondieron con su revólver empuñado; no hicieron nada. En Cambio de bando narra el proceso simple por el que un policía se pasa al narco: simplemente pagan sueldos dignos por trabajos indignos. El  narco no es ajeno al sexo en A punta de pistola: Abajo brasieres con encaje: libres los pezones amables. Arriba las minifaldas de licra: Montes de Venus rebasando el borde del calzón. Manotazos en las posaderas: una invitación al tacto, a palpar y a viajar por los poros epidérmicos de esas musas. La violencia sañuda y explícita desborda en Carne asada: Pero aquellos le daban y daban: con el puño cerrado abrieron la piel en cara y cabeza, pintaron mapas oscuros en pecho, espalda y panza; heridas de quemaduras en las seminales y peludas bolsas frías. Sólo hablaban entre ellos, y ni para responder a las agresiones verbales tenían tiempo.

Leer Malayerba es adentrarse en la sinrazón de una violencia banalizada que se ha enquistado en la cotidianidad mexicana, descifrar un alfabeto de sangre que forma parte de la idiosincrasia de una población que nace y vive con ella a cuestas, lo que es terrible y desazonador y hace que la solución al problema sea una utopía. Desigualdades sociales sangrantes, corrupción a todos los niveles y ausencia de toda ética están detrás de esa masacre civil que ha convertido un hermoso país en intransitable. Trabajar en el narco supone tener un cierto pedigrí, conducir coches caros y tener chicas bonitas a tu disposición; una vida breve es la contrapartida. Si destacas por tu crueldad tendrás además una narcorrido que glosará tus fechorías.

El autor de Mis Narco y Con una granada en la boca sabía que tenía una cita con la muerte y que sus escritos le llevaban inexorablemente a ella, y ni aun así dejó nunca de escribir y denunciar lo que veía. Su vida era una crónica de una muerte anunciada. Lo callaron para siempre el 15 de mayo de 2017. El bato murió con el sombrero puesto. Un héroe, sin duda. Y además un buen hombre y un buen amigo al que siempre recordaré con cariño y respeto.

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