ANAFIOTICA, LA CIUDAD FLOTANTE

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Por Antonio Costa

Fotos: Consuelo de Arco

 

Una mujer nos dijo que si íbamos a Anafiótica nos sentiríamos como en una de las islas. Parecía que hubieran trasladado una isla debajo de la Acrópolis, en las calles que suben, en lo más escondido del barrio La Plaka. Esas calles las hicieron trabajadores que vinieron de las islas en el siglo XIX y se refugiaron en ese rincón y reprodujeron allí el mismo mundo que tenían en sus islas. La misma ligereza, el mismo sueño.

Las calles trepan curvas hacia las rocas que sujetan la Acrópolis, como si fueran niñas imaginativas que se sujetan a las faldas del padre poderoso, con las casas blanqueadas que blanquean también el suelo, con los pavimentos de losas. Y se llenan de macetas y de árboles que surgen por todas las esquinas. Y las sombras y luces juegan a los contrastes como músicas sincopadas.

Los suelos se desdibujan como si estuviéramos dentro de una pintura, eliminan las aristas, se tuercen plásticamente. Detrás de los escalones aparece un jarrón íntimo como si nos hubieran invitado sin saberlo a una casa. Las casas bailan una contradanza, como si no se tomaran demasiado en serio, y nos llaman con celosías rojas. Y todo está metido en la fronda de las plantas y los olores.

Es todo tan onírico que hasta un gato se duerme como si nada le importara, como si fuésemos personajes sin gravedad de su sueño. Está tan confiado en ese muro de piedras encaladas. Parece que le da algo felino a las calles que se mueven, que se tuercen, que se esconden coquetas. El gato sabe que pasamos, pero si nos hemos metido por ese mundo no somos amenaza, y respira tranquilo.

En una esquina vivían unos viejitos que miraban toda la ciudad sentados en una silla en lo alto. Nos vieron pasar y nos saludaron

efusivos en inglés. Su casa estaba abrazada por un árbol serpenteante y tenía un farol como un latido solidificado. Las calles subían en escalera hacia ambos lados, y desde esa penumbra toda la ciudad era un mito lírico, perdía toda su agresividad y podía ser amada y comprendida. Les gustó que pasáramos por allí, y nosotros sentimos que su ancianidad superviviente de los horrores de la Historia estaba bien preservada en aquel laberinto viviente.

Y en las paredes alguien pintaba reinas psicodélicas. Y los árboles abrazaban todas las casas con una obsesión de una medea de juguete. Todo era leve y apasionado en aquellos callejones. Los árboles eran como raíces curvilíneas que abrazaban los secretos. Las paredes tenían manchones amarillos porque nada era brutalmente definido en aquel sueño. Porque allí uno se escapaba de los conceptos y las definiciones. No era la Grecia implacable de Atenea o de Esparta, era la Grecia refinada de los cretenses y sus mujeres que abrazaban los árboles.

Era como si hubieran trasladado una isla a los pies de la Acrópolis. Tal vez para recordarle que no se pudiera demasiado seria, demasiado rígida. Para seguirle la corriente a las cariátides del Erecteion y no a las columnas matemáticas del Partenon. Para que Alfeo tocara la lira, para que surgiera el sirtaki desde la espesura. Para recordarle a Grecia que ella surge del mar, que ella tiene los sueños del mar.

 

 

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