Morir, de Fernando Franco

La muerte es el fin de la vida y sobre ese asunto espinoso que a todos nos atañe se han hecho muy buenas películas, La vida sin mí, de Isabel Coixet, sin ir más lejos. o la extraordinaria Amor de Michael Haneke. Fernando Franco (Sevilla, 1976) ganó un Goya con su anterior película La herida (2013) al mejor director novel y el Premio Especial del Jurado del Festival de San Sebastián. Morir es su segundo largometraje de este realizador y montador cuatro años más tarde de la premiación del anterior film. Quien crea que un galardón importante allana el camino de la creación está muy equivocado.

Al final de las vacaciones de una joven pareja, Luis (Andrés Gertrúdix) le confiesa a Marta (Marian Álvarez) que tiene un cáncer terminal. Morir no es nada fácil. A nadie se le enseña. Es algo muy privado que cada uno gestiona a su manera. Y ayudar a morir es muy doloroso cuando no se tiene a nadie sobre el que descargar la tensión que conllevan esos difíciles momentos. El protagonista de Morir decide hacerlo en la intimidad, ocultándoselo a los suyos y con la única ayuda de su novia a la que el asunto, además de doloroso, se le hace muy grande. Solo en el mar (Marta es una disciplinada nadadora que practica a diario ese deporte haga sol o llueva, pero en la película siempre llueve y nunca sale el sol, porque el escenario debe acompañar al drama) la protagonista del film encuentra algún consuelo (la lluvia que le cae sobre el rostro disimula sus lágrimas).

La película de Fernando Franco, de factura televisiva y buenas intenciones, sin concesiones al público, pero también sin abocarse hacia el melodramatismo excesivo, está inspirada en una novela homónima del escritor austriaco Arthur Schnitzler, uno de mis escritores de cabecera y del director de la película. El film es moroso, por no decir que algo aburrido, y queda perjudicado por el débil dibujo de los personajes de los que apenas sabemos que uno se muere y el otro le ayuda a morir, y una interpretación átona de Andrés Gertrúdix y Marian Álvarez, los también protagonistas de La herida, que funciona mejor en los silencios y en las miradas que en unos diálogos poco naturales e impostados. Nadie murió mejor en el cine que John Malkowicz en El cielo protector.

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