¿Quién es ese maldito Emilio Losada? ‘Aviones de fuego’: hedonismo o barbarie

 

Por Martín de Andrés

Tengo al autor al fin al teléfono después de tres intentos fallidos. Contesta a mis preguntas desde lo que él denomina un bar Pepe, en sus palabras, “un bar convencional, sin ningún encanto especial, con camarero malencarado que cumple con las expectativas, no defrauda: te sirve la consumición y no te da la tabarra con existencialismos ni actualidades, algo muy de agradecer no sólo con la que está cayendo, sino siempre”. Losada asegura que para charlar conmigo ha pedido el primer Arenas seco de la temporada, una suerte de aguardiente anisado de 50 grados. Ambos tenemos la sensación de que al fin entra el otoño. Él, con su aguardiente en Sevilla, «aunque aún hace un calor de espanto, esto ya es que no tiene sentido, es que no lo tiene»; en mi caso, porque hoy me he tenido que embutir en mi gabardina por primera vez en muchos meses. Llueve por fin en Bilbao, y lo hace con profusión. Losada acaba de publicar su última novela, Aviones de fuego. La presenta dos días después de que mantengamos esta conversación en Malarrosa, un antiguo restaurante italiano felizmente reconvertido en lugar de encuentros culturales. Presentará el evento el célebre guionista Rafael Cobos (Grupo 7, La isla mínima, El hombre de las mil caras…) y después actuará Termostato, el grupo en el que Losada compone, canta y toca la guitarra. A Losada sólo lo he visto en persona una vez, en la misma Sevilla, hace unos años. Recalé allá un verano por motivos que no vienen al caso. Yo había leído su primera novela, La quintaesencia suave. Con todos sus defectos de novato, aquella prosa fina y anarcoide a la vez me sorprendió. Alguien de RD, la editorial que publicó la novela, me puso en contacto con él. Quedamos una tarde en un bar de la céntrica Alameda de Hércules y aquello se fue liando y liando y Losada al final invitó a su apartamento a todos los que quedaban en el último bar. No es que viéramos amanecer, es que allí nos dio de nuevo la noche. De regreso a Bilbao, unas horas después de la segunda anochecida en vela, me di cuenta de que yo ya estaba mayor para esas lides.

Iniciamos la conversación –una conversación, como se verá, absolutamente desenfadada, algo peculiar si se quiere- comentando aquel episodio. Es corta porque mi interlocutor tiene poco tiempo. Espera en ese bar donde se sirve con la boca cerrada a que le recoja el bajista de Termostato para ensayar. Sólo tienen un ensayo para preparar el repertorio de la presentación. La entrevista se desarrolla a toda velocidad, después tuve que ralentizar varias veces la grabadora para descifrar el atropellado palabrerío de un Losada que quiere decir más de lo que le da tiempo a articular. Aquí todo es literal, nada de tijera. Como diría Robert, el protagonista de Aviones de fuego, TRANSCRIBO:

-Recuerdo aquella farra. Fue cuando vivía en el segundo piso de la calle Antonio Susillo. Allí se montaban unas juergas de campeonato, aunque nada comparadas con las acaecidas en el famoso ático franco, que alquilé poco después. Tenía dos vistas: a la calle Feria y a misma Antonio Susillo. La mudanza fue fácil, sólo tuve que subirlo todo del segundo al tercero. Un amigo fortachón me ayudó a subir las cajas, las apilamos y me largué al día siguiente a Nueva York. Fueron buenos tiempos.

-Acabas de publicar Aviones de fuego, la novela con la que ganaste hace casi dos años el Premio INK en México. Sin duda, tu mejor novela.

-Como que es la última.

-Eso nunca es garantía de nada.

-Cierto, pero esto no es rock and roll, oiga. Es literatura. Y yo estoy –si todo va bien- en el ecuador de mi vida, que es el mejor momento para un escritor. Ya no soy un niñato ni tampoco chocheo. Y he aprovechado bien el tiempo, creo. Primero se vive, luego se escribe, y siempre se ha de estar leyendo. Cuando alternas –poco, que todo se pega- con la llamada “gente normal”, pues te das cuenta de que la mayoría no tiene ni puñetera idea de nada, alucinan con lo mínimo que les cuentes. Es algo increíble. Los “raros”, a pesar de haber estado casi siempre sin un duro, nos hemos movido todo lo que hemos podido y más, hemos tonteado con todo lo tonteable, arañado el cielo mil veces y descendido al infierno otras tantas y, releñes, es un topicazo, pero lo que te enseña la noche –y más que la noche, los empalmes-…, pues como que no se aprende en ninguna universidad. Y eso, insisto, trotando por ahí con los bolsillos vacíos. ¿Qué hubiese sido de nosotros con dinero? ¿O si nos hubiera tocado otra época? Uno piensa… yo qué sé, en Kerouac o en Jean Genet, en el París de los 20, en el Tánger Internacional, en el Nueva York de los 40, de los 50, de los 60 y… Cielos, ¿qué hubiera sido de mí? Yo en la Factory hubiese durado un telediario, vaya que sí. Igual no hubiera llegado ni a los deportes (risas).

-Me acaba de llegar a la mente aquella teoría tuya sobre los adictos a la heroína en La quintaesencia suave.

-¿Hum? Refréscamela.

-Venías a decir que de haber nacido antes de 1969 tus amigos y tú habríais caído de cabeza en la heroína, que 1969 fue el año que marcó las fronteras al respecto.

-Bueno, es que ésa es una estadística 100% fiable. Al menos en Sevilla. E imagino que en el resto de las ciudades… y de los pueblos. Así sucedió con los mayores. Yo soy del 72, disponía de la información suficiente. Y tenía buena vista: no me quería parecer para nada a todas aquellas almas en pena. Ay, la heroína… El problema de la heroína es que está demasiado rica.

-Las drogas siempre están muy presentes en tus novelas.

-Bueno, es que las drogas están muy presentes en el planeta Tierra, y mis novelas se sitúan allí. Quizá cuando me dé por localizar mis historias en Saturno o en Júpiter… (risas).

-Esta vez le ha tocado, aparte del alcohol, todo un leitmotiv en tu literatura, tanto en tu prosa como en tu poesía, a la heroína. La Reina, como la denomina Robert.

-Sí. Bueno, ya sabes lo que le pasó a Robert, es lógico que se decantase por ella, la Reina es un quitapenas total.

-No desvelemos nada de la trama, aunque tú insistes en que ésta no importa nada.

-Bueno, tiene su importancia, pero ya sabes que para mí lo verdaderamente importante es la forma. El cómo es mucho más importante en mi caso que el qué. Odio esa maldita pregunta que te hace el personal cuando publicas una novela: «¿Y de qué va?” ¡¡¡Aaaaggg!!!

-Pues en esta novela yo he contado tres tramas bien atadas. O una trama y dos subtramas.

-Bueno, no vas desencaminado, pero el asunto tiene la importancia que tiene, insisto. Aunque yo creo que en total hay cuatro tramas. O una trama y tres subtramas, si quieres.

-Te digo lo que yo he visto. Digamos que la principal es la relación que obligadamente entabla Robert con el fantasma que habita en la casa de su amiga. Una segunda sería la relación de Robert con Landelino, sus conversaciones en torno a la literatura…

-En torno a la escritura, más bien.

-Sí, vale, de acuerdo, en torno a la escritura. La tercera sería la relación de Robert con Alasanfán. Ahí meteríamos lo de los Solidarios Revisited y demás.

-Vale, bien, pero yo veo otra.

Di pues.

-¡Barcelona, hombre, Barcelona, claro!

-Bueno, pues no te diría que no, podría considerarse.

-Sin Barcelona no hay novela. No se entiende Aviones de fuego sin ella. Barcelona es un personaje de la novela. Y una trama. Yo creo que podría verse así. Al menos ésa fue mi intención. La novela sería totalmente diferente si estuviera localizada en París, o en Trijueque.

-No voy a ser yo quien te quite la razón. Hablemos de la génesis de la novela. ¿Cómo te llega la idea?

-Bueno, yo tenía claro que tarde o temprano tendría que escribir sobre Barcelona. Allí nací y de ella se me despojó a los siete años. A mí no es que me duela Barcelona, es que la sufro en la distancia. Todos los días del año desde 1979. Eso en lo personal, en lo global… pues, mira, pienso que lo que se ha hecho con ella no tiene perdón de Dios. Y no hablo sólo de los de las banderas, que ya sabes que todas y cada una de ellas me provocan urticaria, hablo de ese maldito postmodernismo que la ha hecho irreconocible. El maldito diseño, la gentrificación, ese palabro que no nos ha quedado otra que aprender; las malditas franquicias… Pero, bueno, en fin, hay otra Barcelona. La Barcelona que a mí me interesa. Yo siempre, esté donde esté, busco los respiraderos, y casi siempre los suelo hallar. Y si quieres que hable de la génesis de Aviones de fuego… bueno, pues esta novela existe gracias a mi querida amiga-hermana María, aka la Virgen del Subterráneo, aka Maruchi, mi suerte de agente ahora. María me reconcilió con Barcelona, como reza una de las dedicatorias de la novela. Cuando se consolidó la llamada crisis, en 2012, asqueada con la administración andaluza, para la que trabaja, pidió una excedencia y se fue a hacer un máster o no sé qué de música a Barcelona. Allí se alojó en casa de Adriana, una chica que alquilaba tres habitaciones de su casa. En pleno Raval. En Sant Pau, exactamente.

-La casa de Asdrúbal, el ente.

-Exactamente. Fui a ver a María varias veces y así surgió la idea de escribir una novela basándome en un relato que yo tenía escrito, «La Marta lo hace». Un relato de diez páginas al estilo del gran Pere Calders, un escritor catalán tristemente olvidado al que adoro que a mí me llega en castellano de la mano de una vieja edición de Anagrama vía la legendaria Librería Canuda, que en paz descanse. Así nace la idea de Aviones de fuego en ese tumultuoso 2012. El caso es que cuando María deja la casa yo hablo con Adriana y en septiembre de aquel año, pocos días después de la célebre Diada que para muchos inició todo lo que está ahora pasando, me quedo con la habitación colindante, más pequeña pero más económica. Allí me documento durante semanas y cuando vuelvo a Sevilla en cuatro meses escribo el primer borrador de la novela. Esa primera versión es mucho más extensa que la definitiva. En ella Robert y Landelino mantienen conversaciones densísimas. Acabé metiendo toda la tijera que pude.

-La Barcelona sin Cataluña y sin España, sin patria ni bandera… la de los Sombras y los Rex… la de las patillazas y las mariconeras… la Barcelona sénior: la muerta y enterrada en serpentina y colorín, etcétera, etcétera. ¿Qué echas más de menos, Barcelona o la infancia? ¿O los setenta, como especula Robert en la novela refiriéndose a Landelino?

-Te diré lo que echo de más: el caranalguismo atroz de ambas partes. Me refiero a lo que está pasando. A veces fantaseo con la idea de que suban Durruti y Ascaso del infierno y se líen a mamporros con los unos y con los otros. Dios, qué harto me tienen. Pero qué harto…

-Afirmas en una entrevista que te hizo José Rasero con motivo de tu poemario Ventajas de estar en la ruina: “Es escurridizo el romanticismo, pero creo que existirá siempre. Yo no sé si soy romántico. Es más, ¿qué es ahora el romanticismo? ¿Es romántico Manolo el del Bombo? Igual hasta María Dolores de Cospedal se considera romántica, ojo. […] yo diría que éste es un poemario hiperrealista en un porcentaje elevado, pero muy, pero que muy romántico en lo referido a su adhesión a las causas perdidas. Enseñanzas de mi adorado Lou Reed, Satanás lo tenga en su gloria.” En Aviones de fuego Robert va cambiando su posicionamiento con respecto al realismo y al romanticismo. Quizá hay que haber leído la novela para entender esta pregunta, pero ¿tú dirías que estamos ante una novela esencialmente romántica?

-Me entenderás cuando te diga que esta novela, sin que sirva de precedente, es romántica en un 80% y realista en un 20. Y digo “romántica” en todos los sentidos. Seamos sinceros: en realidad Aviones de fuego es una historia de amor. Amor por varias mujeres, por una ciudad… ¡por la escritura!

-Hablando de Lou Reed, en esta novela se aparecen multitud de escritores -cito de corrido a Juan Goytisolo, a Gil de Biedma, al gran Fonosolla, al malogrado Casavella, al mismo Calders…, a Luis Rosales, etcétera, etcétera-, pero no se quedan atrás los músicos. Al bardo neoyorquino se le cita constantemente, Robert es fanático de Roy Orbison, y Los Negativos y Toño Martín, de Burning, tienen un protagonismo muy alto en las… y perdona que insista, tramas.

-Pues sí. Es triste, ¿sabes?, cuando escribí el primer borrador aún vivía Lou Reed. Y en las correcciones, en una de las múltiples correcciones, quiero decir, saltó la noticia de la muerte de Alfredo Calonge, de Los Negativos. De Lou Reed qué te voy a contar. Ya sabes todo lo que significa para mí. Es mi vida. ¿Y qué decir de Los Negativos? Los Negativos son para mí la banda sonora de Barcelona. Quiero decir, de mi Barcelona ideal, la que sólo existe en mi imaginación. Nosotros hemos grabado, como sabes, una versión un tanto especial de “Pasando el tiempo”. Qué gran canción… Cuando la canto o la oigo, cierro los ojos y ahí están mis Ramblas de antes, las flores, los colores, el olor a porro, el dandismo, la dispersión. Me pasa como a un personaje de mi fallida empero entrañable novela Los ángeles rasos, aquél que venía a decir que qué más da en la ciudad y en el tiempo que vivas: te sientas en un banco, cierras los ojos y si eres un tipo mínimamente complejo e imaginativo de pronto te hallas en el lugar y en la época que te da la real gana. Para acabar con los Negativos… ¿Qué me dices de sus letras? ¡Lo que daría yo por escribir así! Las letras de las canciones de Los Negativos están increíblemente trabajadas, son de un modernismo maravilloso. En ellas participan todos los sentidos, incluso el del gusto. ¡Y de qué forma!

-Toño, el primer cantante de Burning, tiene un “papelito” en la novela.

-Sí, una suerte de cameo. Espero que nadie se vaya a molestar. Es pura ficción. Pero en la época que aparece como personaje es cierto que Toño y el resto de Burning pasaban tiempo en Barcelona. Esa maravilla de disco, El final de la década, da fe de ello. Toño, aparte de un cantante y de un compositor impresionante, de seguro que era un humano increíble. Esa mirada no miente. A Toño lo adoro al igual que adoro a la bóveda nocturna, y disculpa la baudelaireada.

-Cambiemos de tercio. Experiencia mexicana. A finales de 2015 Aviones de fuego se lleva el prestigioso Premio Internacional de Novela INK, convocado por esa editorial en México.

-Sí. Y me llevan allí a todo lujo, y conozco una ciudad y a unos humanos increíbles. Una semana inolvidable. Me pusieron un chófer-guardaespaldas. Nos hicimos compinches desde el momento en que me recogió en el aeropuerto. El tipo llevaba bajo el sobaco un revólver con un cachón de palmo y medio de largo. Su último “protegido” había sido Pelé, unos días antes, y Pelé resultó ser un caranalga de aúpa, así que yo no tuve que hacer esfuerzos por caerle bien. Me llevó a sitios increíbles, el barriobajismo más bestia que he conocido en mi vida, nos emborrachamos con el mejor tequila, comimos el más exquisito de los pozoles en Los Talucos, en un barrio donde entrar si eres extranjero supone salir, en el mejor de los casos, en calzones. Lo de México es casi irreal, te adoran por el simple hecho de ser español, algo que yo no podía entender. Y como artista te tratan con una consideración increíble: hoteles alucinantes, mimos constantes, organización impecable de la promoción… Y conocí a dos grandísimos escritores, miembros del jurado que me dio el premio: David Martín del Campo y René Avilés Fabila, este último repentinamente fallecido poco después de una forma absolutamente imprevista. Margaritas en el Majestic, Radiohead en el ambigú del Condesa DF, el pertinente clavel sobre la tumba de Cernuda robado de la tumba de al lado… Me arrodillé ante la rectora de la UAM, rogándole que me diera una beca. No quería volver. Ay, México, México… Luego está lo de la violencia, lo de la corrupción. Terrible. El “estado fallido”, que dice el caranalga de Vargas Llosa. Estado fallido, dice… ¡Vaya una redundancia!

-Te sale el ramalazo ácrata.

-Anarquista, pero anarquista de juguete. No tengo los suficientes arrestos para serlo de verdad. Anarquista hasta donde se me deja, vaya.

-María la Virgen del Subterráneo es la que te pone en contacto con la mítica Renacimiento.

-Exacto. María conocía a Abelardo Linares y me puso en contacto con él. No sé cómo, supongo que me puse muy pesado, pero le convencí para que publicara Aviones de fuego. Gran tipo Abelardo, valiente paliza que le di por teléfono y en persona, pobre. Igual me publicó sólo para que le dejara de una maldita vez en paz (risas). En serio, es un privilegio publicar en Renacimiento. ¡Es la editorial que publica al divino Camba, por el amor de Satán! Y las ediciones… ¿Qué me dices de esta edición? Es para comérsela. Con respecto a María… María es increíble. Conoce a todo el mundo. Cuando estuve con ella en Nueva York la paraban por la calle, no exagero. Entre otros, en una tienda de ropa vintage de Brooklyn, el cantante Eli “Paperboy” Red, que estaba en pleno apogeo. Doble casualidad, porque encima pernoctábamos en casa de Michael, el bajista de la banda de Eli.

-El Maiquelito en la parte neoyorquina de la novela.

-Exacto. El último día, ya en el tren rumbo al JFK, en una parada entra un tipo apechugando con un trombón de varas y… «¡¡¡María!!!». La repanocha, vamos. María es un personajazo, por eso la he metido en la novela. Lo de Tom Verlaine es real. Coincidimos en un concierto con él y… Bueno, hay que leer la novela.

-Esperemos que lo haga mucha gente.

-Esperemos.

-Por cierto, leí en 20 minutos que Aviones de fuego alcanzó el puesto número 8 en la lista de los libros más vendidos en España, justo detrás de Ken Follett.

-Eso es sólo una anécdota.

-Pues vaya anécdota.

-Casi me follo a Follett, ¿eh? (risas.)

Igual tembló.

-Oye, casi que tengo que irme ya. Éste ya está aquí (por su compañero el bajista).

-¿Da tiempo a un test rápido?

-Vale, rápido.

-Todo actual, por favor. Una película.

-Empezamos bien. Actual, jodido. Sólo te diré que tengo ganas de hincarle el ojo a Comanchería. Me la perdí en el cine y tiene buena pinta. Aunque yo soy muy especialito con el cine y puede que me defraude. A riesgo de dármelas de intelectualoide, a mí me van los 30, los 40, los 50 y los 60, oiga. Fritz Lang, Howard Hawks, Buñuel, Huston… ¡el puñetero Cassavetes! Pero, ya sabes, no le hago ascos al maestro Ozores.

-Ya, lo tuyo con Pajares y Esteso. Esto requeriría una explicación demasiado larga.

– Pues sí.

-Y no hablemos de tu extraña obsesión por Jordi Pujol.

-No hay tiempo para hablar de mi adorable Jordi, no.

-Va, un músico.

-Actual total: Chencho Fernández. Es una pena que sea tan disperso.

-Me recomendaste Dadá estuvo aquí. ¡Vaya descubrimiento!

-Increíble, ¿eh? Googleen, queridos lectores, y descúbranlo.

-Pues sí. Mencióname un poeta.

-Uno que escribe prosa: Pablo Cerezal.

-¿Y otro en verso encabalgado?

-El más grande de todos, no actual, sino eterno, es Fernando Cañas. Indaguen, jóvenes. Un poemario recién publicado que me ha sorprendido muy gratamente –por ahí anda mi suerte de reseña acelerada- es el del valenciano Javier Vayá Albert.

-Y, ahora, un prosista que escriba prosa.

-Dos. En relato corto, nadie como Eloy Tizón. Me apasiona. El loco cuerdo Eloy Tizón, a la altura de los más grandes del cuento de todos los tiempos. Adorable de todas todas. En novela y crónicas, sin duda el maestro Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Googleen de nuevo. Boliviano exiliado voluntariamente en Denver, nadie escribe como él, con esa libertad, con esa violencia incontenida…

-De Claudio dices que “escribe con un cuchillo entre los dientes”.

-Claudio es brutal. Mira, Vila-Matas viene a decir que desde que se imagina que el ente de Bolaño se sitúa detrás de él mientras está ante el ordenador escribe mejor porque no puede permitirse defraudarle. Pues a mí me pasa lo mismo con Claudio. Somos amigos en la distancia y sé que va a leer lo que escribo, así que he de intentar superarme. Cuando te tropiezas con un gigante como éste no te queda otra que dejarte de gaitas y empezar a hacerlo bien. Conocí su obra vía el anteriormente mencionado Pablo Cerezal, junto con el cual, otra pista, escribió Madrid-Cochabamba (Cartografía del desastre), para mí uno de los libros más increíbles de este siglo. Una maravilla de padre y muy señor mío. Mi rendida reseña de este libro se puede encontrar por Internet.

-Todo leído. El libro y la reseña.

-Entonces sabrás de lo que hablo.

-Y tanto.

-Para terminar, una pequeña pincelada sobre el panorama artístico en Sevilla.

-Pues empezando por el citado Chencho Fernández, aquí hay ahora mismo unos artistazos de aúpa. Ya sabes que en cine están los celebérrimos Alberto Rodríguez y Rafael Cobos, nuestro Falete. Y muchos esperamos lo siguiente de Santi Amodeo, otro de los grandes que se ha quedado un poco encallado quizá porque es demasiado libre. Y Paco Baños ha escrito un guión que a mí me encanta y al fin ha conseguido financiación para rodar la película. Hay grandes poetas performers, como Edi Tachera y Mansilla. Anda por ahí también dando tumbos Perpetuo Fernández, impasible el ademán, a caballo entre Sevilla y Jerez, escribiendo buena literatura y clamando sus confusionistas apologías. Y yo qué sé, un montón de grupos que intentan tirar como pueden, incluido el mío. El problema de Sevilla es el amiguismo, el nepotismo, las envidias y, sobre, todo, las pandillas, que lo pudren todo. Yo no caigo muy bien porque no me muerdo la lengua y digo lo que piense. Y eso en Sevilla es pecado mortal.

-“Sevilla es muy puta para las pandillas”, afirmas en una de esas peculiares reseñas de obras ajenas. Por cierto, ¿sigues escribiéndolas?

-Siempre que me interesa algo. Me cuesta la vida escribirlas. Si las has leído sabrás que no son reseñas al uso. Más bien son textos literarios que tienen como excusa una obra ajena. Creo que soy demasiado generoso. Mira, te lo suelto: creo que doy mucho y no recibo nada. Me empieza a tocar la moral no ser correspondido. Pero, bueno, yo no hago las cosas para ser correspondido. Las hago de corazón. Pero a veces… En fin, vamos a dejarlo. Soy un poco gilipollas, eso es lo que pasa.

*

 

Aviones de fuego ha sido publicada por Renacimiento en su colección Espuela de Plata, 2017

 

 

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