Detroit, de Kathryn Bigelow

Está considerada Kathryn Bigelow (San Carlos, California, 1951), la ex de James Cameron (Titánic) como una de las realizadoras más testosterónicas del cine yanqui. Le llaman Bodhy, Días extraños, En tierra hostil o La noche más oscura, entre otras, hablan de una cineasta con nervio masculino a la hora de abordar el cine de acción y con un no posicionamiento cuando trata asuntos conflictivos (Irak en el caso de En tierra hostil; terrorismo y contraterrorismo en La noche más oscura).

Detroit tiene dos hándicaps importantes. Uno es narrativo. La película comienza con una factura documental ilustrando unos gravísimos y violentos conflictos raciales que tuvieron lugar en esa ciudad industrial del norte de Estados Unidos en 1967, con un tratamiento de película bélica (tiroteos, explosiones, incendios protagonizados por una inerme población negra en el papel de víctima y la Guardia Nacional y la policía como victimarios), para luego centrarse en una actuación criminal concreta, al cabo de casi media hora de metraje, de un execrable ejemplo de violencia policial injustificada contra la población negra. El otro punto débil es de credibilidad del film a pesar que la realizadora ilustra un hecho verídico pero lo hace de una forma que no resulta verosímil y que el espectador se niega a aceptar hasta que al final del film aparecen los personajes reales en los que se ha inspirado su historia y el devenir de los mismos.

La masacre que un grupo de policías alucinados perpetra contra diez afroamericanos encerrados en el Motel Algiers, porque sospechan que entre ellos hay un francotirador que los ha estado hostigando, no resulta creíble a pesar de ser cierta. Existe una sobreactuación de esos sádicos policías hacia sus víctimas, un exceso de crueldad, o un énfasis en esa crueldad sañuda, que resta veracidad a ese hecho real que Kathryn Bigelow denuncia con la mejor de sus intenciones y pone en imágenes. Como sucede en esos casos, un policía pasado de vueltas, Kraus (el malencarado actor británico Will Poulter), un agente con antecedentes violentos que a las primeras de cambio dispara por la espalda a un saqueador, se arroga el liderazgo de ese grupo salvaje de agentes de la ley y desde su posición de poder va dictando las ejecuciones contra los inermes afroamericanos de ese motel en una noche larga y tensa.

Es en ese crescendo asfixiante en el que se masca la tragedia, descrito con detalle y casi en tiempo real, que la película funciona pese a una pobreza interpretativa de casi todos sus actores (John Boyega como Dismukes, ese vigilante incapaz de interponerse por el color de su piel, es convincente; Anthony Mackie, Jason Mitchell, Jacob Latimore en sus papeles de víctimas, resultan anodinos) que tampoco consiguen hacer creíbles a sus personajes ni la angustia que experimentan en esa posición de absoluta impunidad de los agentes de la ley.

Si En tierra hostil o en La noche más oscura Kathryn Bigelow mantenía una absoluta equidistancia, cuando no asentimiento, con lo que se narraba (la intervención norteamericana en Irak; la ejecución de Osama Bin Laden, en la hipótesis de que se hubiera producido), en Detroit, el pretendido fresco de una ciudad en llamas, opta por el maniqueísmo al presentar unos policías absolutamente malvados, o cómplices, otros, que miran hacia otro lado incapaces de frenar los desmanes.

Los asesinos uniformados de aquella jornada, que se saldó con 43 víctimas mortales entre la población negra, salieron impunes. Poco se ha avanzado desde 1967 hasta hoy. Los negros siguen siendo en el autoproclamado país de las libertades y de la democracia víctimas de los desmanes policiales sin que los verdugos sean casi nunca condenados. La frase de un policía a una aterrorizada conductora blanca que cometió una infracción de tráfico no hace mucho lo deja todo muy claro: Tranquila, señora, no la voy a disparar porque usted es blanca.

 

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