Psyri

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Por Jose Rasero Balón

Antes de ir a Psyri leímos, acá, acullá, en guías, en hojas sueltas, en páginas webs, cosas acerca de Psyri. Un barrio antes deprimido y ahora recuperado. Antiguo y moderno. Poco frecuentado por el turista. De animada vida nocturna y toque bohemio, tabernas, clubes, música en directo. “Su antiguo aire industrial -relataba un blog en Internet- se ha reconvertido en lienzo de street art”. Todo muy cierto, fuimos comprobando. Y disfrutando.
En un mapa observamos que Psyri limita con Monastiraki y con la plaza Omonia. Syntagma está al lado. Más céntrico imposible. Paseamos al tuntún por el -sin duda- hermoso barrio. Calles adoquinadas (algunas), arquitectura neoclásica, mercancías en las aceras, kioskos, ruido; o, también, pequeños estacionamientos en los que un particular cuida los coches a cambio de un dinero. Digno de observar el tetris que se monta el particular para que todo vehículo quepa. Y vaya si caben.
Sí, la Atenas auténtica. Aunque yo precisaba con urgencia de mayor autenticidad. No sé si recuerdan el bocadillo aquel de Vueling. Mi estómago sí. Y necesitaba una farmacia.
A pharmacy, please?
Ay, nuestro inglés. En busca de ella, de la farmacia, sin comerlo ni beberlo, dimos con el Corazón de la capital de Grecia. Al menos, así es como Manos Hatzidakis (compositor griego de música contemporánea fallecido en 1994) definió a la calle Athinas.
Apenas un kilómetro. Peculiar y atractiva. La intensidad de los aromas de las especias se mezcla con bellos edificios que conviven en armonía con imágenes de decadencia. Athinas (diseñada en 1834) ha vivido lo suyo; ha pasado del lujo a la mala fama, y viceversa, en varias ocasiones, sin perder nunca, eso sí, su carácter comercial y multicultural. Es conocida también como patio de los milagros o jardín del pueblo.
Hay puestos callejeros, gente, tráfico, desorden, cafés, kebabs, una pequeña capilla… ¡Y una farmacia!
No todo es Acrópolis en Atenas.
En mi ‘Cuaderno de Altamira’ llevaba escrito, casi dibujado, en perfecto griego: ‘Ομεπραζόλη’. Para hacerme entender. En realidad, era la tercera farmacia a la que acudíamos. En las dos primeras, con las estanterías bastante desangeladas, no había Ομεπραζόλη. En esta última, al fin, sí. Claro que, las pastillitas para el ardor de estómago que en España no llegan ni a los tres euros, en Grecia salen a 13. Tienen un enorme problema los griegos con la Sanidad…
Para nuestra alegría, en la misma calle Athinas nos topamos con el Mercado Central. A un lado están los mercados de la carne y del pescado, y, enfrente, cruzando la calle, el de frutas y verduras, este último al aire libre. El edificio que alberga los dos primeros es antiguo, feúcho y su interior se asemeja a una oscura cochera de autobuses. Los tenderos parecen acosarte desde sus puestos y, aunque la higiene no aparenta ser la más deseable, lo cierto es que la materia prima que venden es de categoría, y a precios increíbles, por lo bajo.
Junto al mercado de la carne se sucedían unas tres o cuatro ‘tavernas’ y, claro, en una de ellas decidimos comprobar si la buena pinta de los productos era tan cierta como aparentaba. Nos decantamos por aquellos del mar y de la huerta que más habían llamado nuestra atención.
Gambones y “sardines” (así estaba escrito) a la plancha. Muy ricos los gambones, y muy bien contados. Cinco, con esa mala rima que nos hizo temer lo peor. Las “sardines” más bien parecían boquerones, por el tamaño, pero estaban frescas y sabrosas. La ensalada de tomates, con cebolla y aceitunas (las probamos, las aceitunas, en varios lugares y ocasiones, siempre espléndidas), sencilla y exquisita. Pregunté a N. su opinión sobre el pan (en ciertos sitios lo sirven, en otros non) con aceite, perejil y orégano. Magnífico, aseguró. Sin ser un banquete, comimos bien. Y la rima, al final, no fue tal. Baratito.
El barrio de Psyri, como dije más arriba, está en pleno centro de la ciudad, por lo que se convirtió en zona de paso en las caminatas a nuestro libre albedrío por Atenas. Otro día, el hambre nos atacó en The Grazilian o Barbadimos, no recuerdo bien, pero uno de los dos era el nombre del lugar. La calle sí, Mitropoleos, y ahora que lo pienso, quizás estaba al límite del barrio, o incluso fuera de Psyri. ¿A quién le importa? Sí es cierto que en la terraza había una curiosa mezcla de turistas sin complejos, como nos, y atenienses de farra. ¿O sería al revés?
Lo importante es que saboreamos dos de los platos tradicionales de la cocina griega (y turca, claro). El Tzatziki, una salsa de yogourt con pepino, aceite de oliva, ajo, jugo de limón y pimienta (en este caso también le añadían trozos de lechuga). Y el Souvlaki -según Kostas Jaritos, la comida nacional griega-, carne de cordero, de cerdo, vacuna o de pollo, atravesada por un pincho, y servida con patatas a la francesa y ensalada de tomate. Algunos opinan que el Souvlaki es la variante griega del Shish Kebab. De diez, en cualquier caso. Buen precio. Además, nos fueron sirviendo, a modo de tapas, hígados a la plancha y algún que otro pequeño manjar que ahora no recuerdo. Al salir, nos humedecieron las manos con una especie de eau de toilette. No entendimos nada.
Aunque, es bien cierto, ese día regresamos a nuestro refugio de Petrálona la mar de aromatizados…
Apuntes del ‘Cuaderno de Altamira’:
Gatos y perros son ciudadanos atenienses. Van a lo suyo. No molestan a nadie. La gente les da de comer, de beber, se preocupan de ellos. Qué maravilla.
‘Heteróclito’, una cadena de “Wine bar”. El de Psyri era muy coqueto. A las cinco de la tarde pedimos café. Solo sirven expresso.

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