El cayo interminable

Dudas en ese tercer día en que se levanta y se pone a caminar sin desayunar. Podría, si tuviera una necesidad imperiosa, bajar un poco por la Avenida Collins y detenerse en un Starbucks Café exactamente a cien pasos del Hotel Croydon, pero piensa, girando en dirección contraria y yendo hacia la playa, que no vale la pena por un cruasán de mantequilla y un café aguado en vaso de odiosa parafina. Así es que coge ese paseo marítimo junto a la playa, frecuentado por tipos que hacen ciclismo, patinadores y abnegados corredores que sudan sus camisetas, y se dirige por esa pasarela de madera, en perfecto estado pese al huracán, en dirección contraria al día anterior. Tiene in mente, por un error de cálculo de distancias, fuerzas físicas, porque sencillamente ya no es el de cinco años atrás, el de la última vez que estuvo en Miami, que podrá llegar al final del gigantesco cayo arenoso que conforma Miami Beach.

Pronto, quizá tarde para rectificar, se da cuenta de que lo suyo es una misión imposible, que lo que se propone es inhumano hacerlo a pie y equivale a diez paseos de la Castellana en distancia. Además, quizá debido al brutal huracán, parte del paseo marítimo ha desaparecido y tiene que hacer unos cuantos kilómetros por una playa que no tiene fin y en la que se hunde porque la arena blanca es muy fina. Andar por esa playa, a pleno sol (no llueve a gusto de él) es como cruzar el desierto del Sahara porque en cuanto entra en esa sección arenosa se da cuenta de que no puede salir de ella, que no hay escapatoria del arenal porque no hay calles a las que escapar, que todos los inmensos edificios de veinte o treinta plantas, una monstruosidad urbanística que le recuerda a las muchas monstruosidades urbanísticas del país que ha dejado al otro lado del charco, están unos pegados a los otros formando una gigantesca muralla, con lo que esos kilómetros de playa infinita son solo accesibles desde los propios edificios, desde sus patios traseros, y la única forma de escapar del arenal sería rogando a uno de esos vecinos que salen a tomar el sol que le permitiera acceder a su edificio y escapar por su portal a la calle. Camina con la esperanza de que al final, en algún lugar de la playa maldita, encuentre alguna salida al mundo civilizado, y que eso se produzca antes de que se deshidrate, porque no ha sido previsor, no lleva ninguna botella de agua, y no hay quioscos de bebidas. Daría una pierna por cualquier tipo de líquido con hielo picado, sea en vaso de plástico o de parafina, qué más da.

La lógica, la suya, funciona al cabo de tres interminables kilómetros por el arenal cuando vislumbra entonces una salida que le lleva a una plaza poblada con palmeras y al asfalto de la Avenida Collins. Está por besar el asfalto como hacen los papas al aterrizar en Tierra Santa. De nuevo en la calle del Hotel Croydon pero 4.000 números más allá, en el 6.000. Lleva andando seis kilómetros y se arrepiente entonces de no haber retrocedido quinientos metros esa mañana, antes de ponerse a andar, para haberse tomado un desayuno en el Starbucks Café, necesario combustible para esa ardua travesía, pero es tarde para lamentaciones, y mientras camina por la acera, bajo el sol, se da cuenta de que está en un barrio residencial de gigantescos condominios verticales en donde no hay un solo establecimiento, supermercado, pastelería o restaurante, nada, que los habitantes de esa zona se trasladan en sus imponentes autos unas cuantas millas para hacer las compras, tomarse un café o almorzar. Y por esa razón él es el único peatón de la zona. Se siente como en Caracas, cuando estuvo hace diez años, y también era el único animal con dos patas que se movía por la ciudad desafiando a los malandros que podían haberle sometido a un secuestro exprés. Si le secuestraran en Miami Beach pediría a sus secuestradores un bocadillo y una cerveza urgentemente y luego negociaría o no su puesta en libertad.

Está a punto de tirar la toalla, coger un taxi y regresar humillado y derrotado al hotel el viajero, cuando descubre una estación de servicio y al lado un 7 Eleven que es como un oasis en el desierto. No lo piensa dos veces y entra. Al menos reina en su interior el aire acondicionado, ve bebidas frescas en una nevera y hasta cruasanes gomosos, que le sabrán a gloria bendita, en una vitrina junto a donuts pringosos. Toma de la nevera un zumo de naranja, un batido de chocolate y un cruasán, los paga y empieza a beber y a comer desesperadamente en cuanto sale a la calle para continuar su camino.

El paseo que va paralelo a la playa, y que recorrió en bicicleta hace cinco años, lo recupera en un parque en el que entra a sentarse. En unos bancos cercanos, entre cocos caídos, un grupo de borrachos negros de ambos sexos comparten una botella de cerveza. Le duelen las piernas y los pies y lleva cuatro horas andando y calcula que habrá hecho unos quince kilómetros. Está lejos de todas partes. Reanuda la marcha cuando desaparecen, como por ensalmo, los rascacielos que son sustituidos por grupos de viviendas de no más de cuatro plantas de una pobreza arquitectónica notable teniendo en cuenta que todavía se encuentra en Miami Beach. Y cuando mira el horizonte y ve una nueva masa de rascacielos en el horizonte, que no se acaba nunca, se da por vencido, se rinde y decide que debe regresar porque nunca jamás va a alcanzar el final del cayo, y si llega, que puede llegar haciendo un enorme esfuerzo, será incapaz luego de desandar los veinticinco kilómetros de vuelta. Comprende el concepto infinito y en el mismo pack el de infierno. Así es que regresa, despacio, haciendo fotos, al ritmo del trópico, y hasta se permite el lujo de echarse en la playa, una franja de arena estrecha entre el mar y esa zona de vegetación protegida de las dunas, y echar un sueñecito pendiente del oleaje, las gaviotas que le sobrevuelan, una especie minúscula de aves teniendo en cuenta que ahí todo es a lo grande, y unas aves marinas que le llaman mucho la atención por su tamaño, algo más grandes que un gorrión, sus patas delgadas y largas, con las que se desplazan a enorme velocidad por la arena batida por el agua de dónde sacan su sustento, y lo agresivas que son entre ellas: una, que tiene la suerte o la desgracia de haberse hecho con una considerable porción de alimento que a duras penas guarda en el pico, sufre el linchamiento a picotazos de sus camaradas que quieren repartirse el botín a toda costa. Espera el viajero ser un botín lo suficientemente grande para disuadir a esos pequeños y feroces depredadores. Y de hecho el viajero ha comprobado con alarma cómo su cuerpo ha sufrido una terrible metamorfosis desde que ha desembarcado en el Nuevo Mundo, como se va pareciendo, a su pesar, al americano medio, se expande a pesar de la escasa comida que mete entre pecho y espalda.

La siesta, truncada por alguna ola que hace más ruido del habitual al romper contra la orilla, le sienta bien, así es que emprende el viajero el camino de regreso y, cuando llega a ese arenal interminable, opta por pisar el asfalto y desandar lo andado por la Avenida Collins unos cuantos kilómetros. Tiene hambre, porque el reloj de su móvil marca las 15 horas, pero lo que ve en ese barrio pobre de Miami Beach, el de las casas de cuatro alzadas, no le gusta, y eso que los restaurantes de todo tipo se suceden uno al lado de los otros. Hay restaurantes chinos sencillamente inmundos, que le van a provocar desarreglos intestinales si se sienta a sus mesas, y muchos cubanos cuyo fuerte olor a frito lo echan para atrás. Debe de estar en una zona de cubanos, porque oye hablar su inconfundible acento por todas partes, y a dos machos pelearse a gritos en una parada del interurbano. Deja atrás a los enzarzados en una agria discusión que puede acabar mal, cruza un parque y llega de nuevo a la zona residencial de los edificios altos, en donde está ese 7 Eleven que le salvó la vida un par de horas antes. Repara entonces en un hotel espantoso, enfrente de la gasolinera, que se llama Casablanca, espantoso por cuatro columnas antropomórficas de Aladino que hieren los sentidos en su entrada. Sigue avanzando y tropieza con un local con buena pinta y excelente terraza llamado The Tavern. Ocupa una mesa y pide la comida a un camarero negro que no sabe una palabra de español, pero el viajero echa mano de su inglés elemental para comer, salir de los aeropuertos y coger taxis, y le indica que quiere un risotto Alfredo y una Coronas bien fría. EL camarero le entiende, dice okey y mueve el pulgar derecho hacia arriba. Al cabo de cinco minutos regresa diciendo que ese risotto Alfredo ya no lo tienen y ofrece cambiarlo por un risotto con frutos del mar. Una paella sui generis, piensa el viajero, aceptando el cambio y confiando que el precio no varíe sustancialmente. La cerveza llega al momento, para que se la beba, el risotto tarda una eternidad y algo más. Y cuando llega, además, se desencadena un viento huracanado que precede a un chaparrón. Empieza a comer ese risotto detestable, arroz grumoso que servían en Alcatraz al que le han añadido en el último momento una gamba cruda, un calamar gomoso y un mejillón pasado que le provoca la arcada, bajo la lluvia que le cae en la cabeza a pesar de la sombrilla. Ayudado por el camarero negro pasa al interior desangelado de The Tavern y come esa bazofia de arroz, porque tiene hambre, que ya está frío y paga, propina incluida (ya no es el 15% sino el 20%), por esa comida infame y mal servida 40 $, exactamente lo que le costaría un plato de pescadito frito exquisito, una paella como Dios manda, un vino blanco de aguja Blanc Pescador y una tarta de Santiago en la Barceloneta, disfrutando del sol. Una comparación odiosa. Quien venga a este país a comer decentemente se ha equivocado de destino.

Regresa bajo la lluvia que le da tregua. Sale el sol que seca su traje de baño mojado con el que no se ha bañado ni un solo día. Cambia de acera cuando la Avenida Collins corre paralela a uno de los canales marinos de Miami Beach para contemplar los enormes barcos atracados, cruceros de particulares que precisan de tripulación y que esconden en sus tripas todos los delitos del mundo porque pertenecen a los poderosos que se saltan todas las leyes que ellos imponen. Sería muy fácil rastrear el delito si se tuviera voluntad, bastaría con investigar la fortuna de todos esos propietarios de barcos lujosos y jets que seguramente deben de pertenecer a titulares de cuentas en paraísos fiscales. No hay nada que hacer, piensa el desalentado viajero que no tiene medios para hacer arder uno de esos buques lujosos en donde se deben celebrar todo tipo de fiestas salvajes, corre el ron, la cocaína y las mujeres espléndidas, y con toda esa amalgama de placeres disolutos se cierran negocios multimillonarios que hunden en la miseria al resto del mundo. Los pobres son absolutamente necesarios para que haya ricos.

La Collins Avenue está cerrada por un rodaje. Coches de policía bloquean el paso en ambos sentidos mientras enormes grúas oscilan sobre el asfalto y de gigantescos tráileres desembarcan todo el atrezo del rodaje. Se filman muchas películas en Miami, o capítulos televisivos, y para ello se desplazan equipos impensables, verdaderos ejércitos, en otras partes del mundo, en Europa, por ejemplo. Contempla las enormes cámaras que cuelgan de las grúas, los ventiladores, los gigantescos focos, la tropa de un centenar de auxiliares precisos para el rodaje de una escena que quizá no llegue a un minuto. No se espera para ver el rodaje, levanta la cinta policial que prohíbe el paso, como las de las escenas del crimen, y sigue su paseo por ese canal de fortuna en donde atracan barcos de lujo asiático que hacen buena la frase de Honoré de Balzac de que Detrás de toda gran fortuna siempre hay un crimen.

Llega, haciendo paradas en cada uno de los bancos que encuentra por el camino, al Hotel Croydon poco antes de las 18 horas. Se siente cansado, así es que sube a la habitación, se da una ducha y se mete en la cama a dormir un par de horas. Una vez ha entrado en el sueño no controla las horas y la siesta dura exactamente 14.

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