Relatos de 4 filos, de José Vaccaro Ruiz

Faltaba este surtido de relatos cortos en la bibliografía del escritor, abogado y arquitecto catalán José Vaccaro Ruiz (Barcelona, 1945), el padre de un detective conseguidor muy peculiar, Juan Jover, antihéroe de algunos de sus libros precedentes (Ángeles Negros, La Vía Láctea y La Granja), cuya última novela La conjura Gaudí estuvo a punto de estar de trágica actualidad (hay quien no quiere que se acabe la obra interminable del genio catalán), y nos llega oportunamente esta bandeja de canapés sangrientos, políticamente incorrectos (marca de la casa del autor) y no exentos de humor negro, de la mano de Serial Ediciones.

Relatos de 4 filos, cuyo título rinde homenaje a Federico García Lorca, reúne diversas texturas literarias que tienen en común un cierto toque perverso y transgresor todas ellas. Relatos genuinamente negros la mayor parte de ellos (La ciega, El amigo…), humorísticos (La fórmula milagrosa), autobiográficos (Circulo de lectores sobre su experiencia carcelaria “externa” en la Modelo),  homenajes a Edgar Alan Poe (Nunca más), con raíces en nuestra incivil contienda (Tiro de gracia) o en la inocente infancia (Jugando a cocinitas o Era tan fácil).

El autor de No dar papaya arma con maestría esos pasteles envenenados, cuyo nexo común es la maldad humana, que pueden helar la sangre del lector o atragantársele en la tráquea. José Vaccaro Ruiz muestra igual pericia para el género corto, uno de los más dificultosos, que para el largo, recrea situaciones muy reales y moldea bien sus personajes mediante precisas descripciones o el uso del diálogo. Un libro de 260 páginas para devorar sin complejos y teniendo en cuenta que la realidad (algunos de los relatos más escalofriantes están basados en hechos reales) es muchas veces más terrible que la ficción y ambas se retroalimentan.

Disfruten del libro, de sus guiños a la picaresca (hay quien dice que nuestro género negro es hijo del Siglo de Oro y le debe más a Francisco de Quevedo que a Dashiell Hammett) y a Luis Buñuel,  y atentos a las salpicaduras de sangre (…mientras uno de sus dos glóbulos oculares se desprendía y caía al suelo en medio de un charco de sangre…) que no hay quien quite de la ropa.

 

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