Noches en Chipre e Israel

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En vimos a Chipre Afrodita, en Israel a los profetas. Juntamos lo profano y lo sagrado, lo pagano y lo monoteísta. Lo terrestre y lo divino no se oponen, decía Rilke. Mezclamos como decía Gérard de Nerval “los suspiros de la santa y los gritos del hada”.
En Famagusta, Chipre recordamos tomando cervezas bajo los árboles junto a la muralla que un día cenaban apasionadamente Richard Burton y Elizabeth Taylor cerca de la catedral gótica y del castillo de Otelo. En Nicosia tomamos algo al anochecer en el caravasar donde se cruzaban los comerciantes de Oriente y Occidente.
En Kyrenia Lawrence recordamos cuando Durrell bebía junto al castillo de los reyes descendientes de Melusina. Y anocheciendo junto a las arquerías románticas de la abadía de Bellapais recordábamos que el vivía y cenaba en una casa cerca de allí.
Cenamos en una taberna bajo una parra en Pedoulas en los montes Troodos, y recorrimos los montes donde vivió Rimbaud, visitamos Kakopetria (Piedras Malditas) con sus bares colgantes o escondidos, recorrimos los pueblos llenos de bodegas y monasterios, tomamos el vino de Chipre que admiraba Salomón y que Marco Antonio regalaba a Cleopatra.
En Pafos el dionisiaco dueño del hotel nos dio un vino sublime con mezze y lo tomamos en el jardín frondoso acompañados por Afrodita que nació de la espuma cerca de allí. En Lárnaca cenamos en la terraza mirando a San Lázaro incendiado por las luces, donde yacía el amigo de Cristo que vino del otro mundo para cenar. Fuimos a Lefkara, en los pueblo en otros montes donde infinidad de viejecitas hacían , donde Leonardo da Vinci compró manteles exquisitos para adornar tal vez “La última cena” más famosa del mundo que se ve en Milán.
En Jaffa, Israel, una ciudad milenaria, donde una ballena cenó a Jonás, estábamos de noche mirando el campanario dibujándose delante del azul oscuro del mar. No fuimos al restaurante Black Out donde sirven cenas a oscuras atendidas por camareros ciegos, pero estuvimos ciegos también con la misma intimidad visionaria. En la oscuridad, a veces, como dirían Sábato o Novalis, se ven cosas sin límites.
En Tel Aviv cenábamos en la terraza del hotel Eclectic, un hotel entre abandonado y exquisito, escuchando la movida de los restaurante nocturnos de Neve Tzedek, después de recorrer los barrios yemenitas, los edificios Bauhaus, las galerías de arte, los garitos de cenas locas de Florentine. El hecho de cenar unía en un mismo fervor a personajes de todos los orígenes.
En Safed, la ciudad de la Cábala y los artistas en las montañas cerca de Siria, se hacía de noche, y nosotros veíamos un piano en mitad de la plaza, y nos colábamos en unos cánticos místicos azeríes en el interior de una casa, y sentíamos la hora de cenar mística que une a todas las religiones e incluso no religiones y los comensales se convertían en figuras de Chagall volando como cuando el gran pintor estuvo allí.
En Belén la Virgen entramos en la Gruta de la Leche y pensamos en cuando ella dio de cenar a Jesús en sus primeros días. Ahora las mujeres toman trozos de roca blanca para volverse más fértiles y toman trozos de tierra con la ingenuidad de un personaje de García Márquez.
En Jerusalén vagamos por la iglesia Etíope, encontramos a un niño que quería irse con nosotros mientras su madre dormía sobre la alfombra soñando con darle algo de cena. Y más tarde estuvimos en el monasterio etíope y vimos en la pared la comitiva de la reina de Saba de Saba llegando a la ciudad para ver a Salomón, que le dedicó el poema de amor más bello de todos los tiempos, e imaginamos que antes del amor cenarían exquisitamente.
Y en Jerusalén visitamos la iglesia de los cruzados que se levanta sobre el lugar donde se produjo la Última Cena y que ahora llaman el Cenáculo. El pan aquella noche debió de saber como nunca en la tierra. En un capitel vimos los pelícanos que cenan el pecho del pelícano padre, que simboliza al propio Cristo, dando a cenar su intimidad a sus discípulos.
Las doctrinas separan a las personas, pero la noche y la cena las unen. Eso es la mística, sentir intensamente las cosas, que sean algo concreto que alimente. Los místicos de todas las religiones simpatizan unos con otros, desde los sufíes persas hasta Santa Teresa preparando al guiso o Georges Bataille viviendo “La experiencia interior”. Y la mística al fin y al cabo es una cena en la noche. Lo dijo con las palabras más certeras San Juan de la Cruz : “La soledad sonora,/ la cena que recrea y enamora”.
ANTONIO COSTA GÓMEZ
FOTOS : CONSUELO DE ARCO

 

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