TREN DE MUERTOS EN MÉXICO

 

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TREN DE MUERTOS EN MÉXICO
Ïbamos en un autobús desde Ciudad de México hasta Palenque, ciudad maya, en Chiapas. En un lugar la carretera se cruzó con una antigua vía del tren inutilizada hace mucho porque ya no hay trenes de viajeros en México. Hacía cincuenta años que el tren no pasaba. Pero el autobús se detuvo junto a la vía, esperó absurdamente a que pasara aquel tren que no existía.
Tal vez temía chocar con el tren de los muertos. Tal vez quería observar el pasado, mirar todos los trenes pasados que pasaban. O sería que quería respetar los usos por encima de todo, que no quería chocar con trenes aunque estos no existieran.
Y es que en México todos los muertos están vivos, los muertos de cada familia, los muertos de la Revolución, incluso los muertos de los mayas o los aztecas. Todos están vivos y presentes y se emborrachan con los vivos. Como los muertos de Juan Rulfo en “Pedro Páramo” que no paran de hablar en sus tumbas por toda la eternidad, no paran de recordar sus soledades y sus abandonos.
Quizá el conductor saludaba a los muertos que viajaban, quizá los saludábamos todos. Quizá nos ponía a nosotros los viajeros en duda, que aproximadamente tampoco existíamos, que existíamos poco.
El autobús estuvo parado mucho tiempo junto a la vía, y aquello parecía absurdo, pero tal vez no lo era. Esperábamos absurdamente algún tren que ya no existía, estábamos atentos a los pitidos ahogados, a las miradas de los niños tras los cristales, a las expresiones de los viajeros que ya se fueron. A los llantos de las abuelas, al sonido de la Revolución, al desespero del gringo viejo del que habló Carlos Fuentes.
Yo me indignaba pensando qué esperábamos, temiendo que esperáramos aquel tren toda la vida. Pero en algún momento arrancamos.
ANTONIO COSTA GÓMEZ

FOTO: CONSUELO DE ARCO

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