El origen de las lenguas (I): La Torre de Babel

 

Por M. Cristina Vidal Cereceda

Cualquiera que se haya aventurado en lo divino, tanto desde la perspectiva religiosa como desde la cultural, habrá entendido que la crueldad y la necesidad de mantener su jerarquía son rasgos comunes de los antiguos dioses. No solo hablamos de religiones politeístas, donde bien podríamos extraer tramas para una telenovela de tarde laborable, sino de religiones como la cristiana y el Antiguo Testamento.

Entre los múltiples ejemplos que podrían mencionarse, encontramos el mito platónico del andrógino (conocido popularmente como “el mito de la media naranja”). En este se explica cómo el ser humano era, en su origen, un ser de dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas, convirtiéndose así en un individuo realmente fuerte. Es, entonces, obvio que a Zeus no le convenciera su existencia y, por ello, los separó. Los andróginos fueron partidos por la mitad y condenados a buscarse. Huelga decir que se sentían incompletos hasta encontrar a esa otra mitad a la que se abrazaban para que cesara su frío en enredos tan duraderos que olvidaban el alimento y morían de inanición. De nuevo los dioses volvían a ganar la jugada.

El gran peligro de los hombres será siempre el aspirar a ser dioses sin serlo y, por ello, serán castigados justa o injustamente (a gusto del dios en cuestión) para recordarles su lugar en el mundo y reafirmar su poder. Este es también el caso del tema que nos ocupa: el origen de las lenguas.

Cuando planteamos preguntas como la de este origen, si precede el pensamiento al lenguaje o si fue antes el huevo o la gallina, debemos entender en quién recae esta responsabilidad. No se limitaría únicamente a una labor filológica, sino que agruparía la filosofía, la antropología, la biología… lo que resulta realmente complicado. No obstante, allá donde el hombre no llega (o sí, aunque un poco más tarde) aparece lo divino. Entiendan esto como una explicación literaria del comienzo de las lenguas.

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”, el Génesis nos narra la creación del mundo en una semana y no será hasta el sexto día cuando Dios (el hebreo) cree al hombre y la mujer (mujer que misteriosamente desaparecerá en algunos versículos).

La importancia de la palabra se observa desde el comienzo “y dijo Dios: sea la luz; y fue la luz”. El elemento mágico del que se dota a la palabra hace que todo exista a través de ella, esta idea nos acompaña desde los orígenes, donde la necesidad de una palabra concreta lleva a cabo el hechizo, protege de los males, abre cuevas a ladrones o transforma a los novios en marido y mujer. Con este lenguaje mágico y en el sexto día de creación, Dios creará no solo al hombre y la mujer, sino a todos los seres vivientes en la tierra (con razón dedica el séptimo día al descanso). Sin embargo, aquí llega el problema: “fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven por la tierra”. El poder recae en el hombre.

En este principio, Dios le otorga la palabra al hombre y, por tanto, delega en él el poder de nombrar. “(A las bestias) las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre”. Imaginemos cuánto trabajo debió llevarle al recién llegado Adán el nombrar a todas y cada una de las creaciones de Dios.

Dios crea al hombre y le confiere la magia creadora de la palabra del mismo modo que es creado el andrógino. Pero crear contadores de historias nos convierte en pequeños dioses y el ser humano se descarrila del camino que marca su señor (un ejemplo será la expulsión del Paraíso). Será entonces cuando nos encontremos con la Torre de Babel.

“En ese entonces se hablaba un solo idioma en toda la tierra”, el Génesis de nuevo nos ofrece ese estado previo al origen de las lenguas, donde la identificación de la lengua con el pueblo se hace más fuerte al tratarse de un idioma único para todos. Se puede observar, ya desde el Pentateuco, la importancia que la lengua adquiere para la identificación de un grupo. No obstante, esa identificación no solo permite crear el pueblo, sino dotarlo de fuerza al poderse entender y progresar en una misma dirección.

Así, los habitantes de Babel dijeron: «Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. De ese modo nos haremos famosos y evitaremos ser dispersados por toda la tierra». De forma que nos encontramos, una vez más, con un desafío a los cielos, a lo divino, como no puede ser de otra manera viniendo de un ser que ansía las cualidades divinas; el ser mortal que busca la inmortalidad.

Del mismo modo que Zeus no permitió que el andrógino poblase el mundo, el dios hebreo tomará cartas en el asunto para destruir esa fuerza que solo crea el lenguaje, y se dijo: «Todos forman un solo pueblo y hablan un solo idioma; esto es solo el comienzo de sus obras, y todo lo que se propongan lo podrán lograr.  Será mejor que bajemos a confundir su idioma, para que ya no se entiendan entre ellos mismos». Así fue como las gentes dejaron de entenderse y se dispersaron, dando origen al resto de lenguas que hoy pueblan los distintos continentes. La ciudad de Babel quedó con dicho nombre, ya que en hebreo se identifica fonéticamente con el verbo “confundir”.

La confusión creada por la divinidad nos debilita como grupo, parece que al mínimo indicio de semejanza con los dioses, ellos mismos deciden cómo volver a hacernos sumisos. Podemos recordar intentos de recuperar ese estado previo como puede ser el esperanto, sin embargo, no ha echado raíces en nuestra sociedad. ¿Acaso no resultaría positivo una lengua común? ¿Volvería a otorgarnos esa fuerza con la que describe el Génesis al ser humano? Quizá la respuesta sea un cambio de perspectiva, ¿por qué no arraiga el esperanto? Tal vez, cuando aquellas personas se dispersaron en Babel con una nueva lengua, construyeron nuevas culturas, puntos de vista distintos que se reflejan lingüísticamente en su nuevo idioma. Tal vez, si eliminásemos todas las lenguas, eliminaríamos también sus culturas.

Por suerte, el ser humano guarda como oro en paño un secreto que sus dioses desconocen: lo que le hace fuerte es la diversidad.

 

 

 

Ilustración: DeviantArt

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