UNA CONFITERÍA EN PATAGONIA, POR ANTONIO COSTA GÓMEZ

UNA CONFITERÍA EN PATAGONIA, POR ANTONIO COSTA GÓMEZ
Queríamos visitar esa confitería en medio de la nada, en mitad de la Patagonia desértica, iban clientes de toda Argentina, paraban los autobuses de turistas que venían de Buenos Aires solo para que saborearan los pasteles , había que cruzar por los lagos, se pasaba por centros invernales, Solar del Bosque, Llanos del Castor, Haruwen, con instalaciones para esquí o trineos, se distinguían los edificios entre los árboles o subidos a los montes, la carretera estaba cubierta de nieve y ella nunca había visto la nieve, la miraba con los ojos grandes, como si el mundo se hubiese vuelto loco o místico, como si todo se hubiese anulado y quedase solo el blanco o el olvido, Consuelo era caribeña pero quería ver la nieve, era lo que más la sacaba de toda su experiencia, pero cuando las carreteras en Galicia tenían una nieve como aquélla los coches no salían, incluso se suprimían las clases en los colegios, y sin embargo allí pasábamos al borde de abismos, la carretera hacía curvas al lado de precipicios, y el conductor decía que no pasaba nada, yo tenía miedo pero me callaba para no asustarla, pensaba en los accidentes, en la muerte posible, en salirse de la carretera, y aquella carretera a cada momento nos daba alguna sorpresa, no circulaba casi nadie, íbamos prácticamente solos en medio de todas las leyendas del invierno.
Empezamos a bordear el Lago Escondido, que tenía un nombre tan sugerente, era pequeño, poco después llegó el Lago Fagnano, éste era muy alargado y a menudo íbamos por su orilla, veíamos alojamientos y casas junto al agua y nos imaginábamos cómo sería la vida en ellas, inventábamos en voz alta fiestas en sus comedores, cenas mirando el agua, paseos por la orilla escuchando música, soñábamos con tener alguna de aquellas propiedades e invitar a amigos a pasar unos días, incluso hacíamos planes para comprar alguna, Consuelo estaba fantaseando continuamente, era bello ir bordeando el lago durante tantos kilómetros, disfrutar la paz y los sueños del agua, percibir las espesuras y los rincones que llegaban hasta la orilla, al final del lago estaba Tolhuin, eran unas cuantas casas que apenas formaban calles, aunque yo creía que incluso habría menos, que solo estaría la confitería solitaria.
Era un edificio enorme con carteles grandes delante del cual paraban los autocares, y allí se hacían los pasteles más famosos de Argentina, el conductor nos presentó a algunos empleados, Consuelo pidió hablar con el dueño, resultó que era de Málaga, un tipo expresivo y amable que celebró que yo fuera español, nos llevó a los talleres y nos enseñó cómo se fabricaban los distintos tipos de pasteles, olía a azúcares y a cremas suculentas, pasamos delante de trabajadores harinosos a los que ella sonreía y animaba, el dueño se fotografió con nosotros varias veces, dijo que nos sentáramos en una mesa y nos pusieron pasteles con café sin cobrarnos nada, nos presentó a un japonés, Sekiji, que estaba durmiendo en la confitería, venía desde Alaska en bicicleta, había cruzado un montón de países, se había echado una novia en Méjico y chapurreaba algo de español, Consuelo aprovechó para charlar animadamente con él, le faltaban cien kilómetros para llegar a Ushuaia y no podía hacerlo porque la carretera estaba cubierta de nieve, estaba atrapado en Tolhuin, se podía entretener comiendo pasteles pero su viaje quedaría incompleto, yo apunté que la única manera era subirse con la bicicleta a un camión y de ese modo habría llegado a Ushuaia en bicicleta, nos dio su tarjeta con el correo electrónico para que siguiéramos en contacto, se veía una foto con él montado en bicicleta en algún lugar de América, me acordé del libro de Paul Theroux El viejo tren de la Patagonia, del viaje en moto de Daniel Day Lewis en una película, pero el suyo era más completo, había pasado cantidad de ríos, montañas, fríos, calores, vientos al atravesar los Andes, las llanuras.

Luego había que volver y ya era de noche, el trayecto se hacía doblemente peligroso, pero el conductor insistía en que no pasaba nada, de noche la nieve todavía parecía más alucinante y los edificios de las estaciones de invierno tenían algo de espectral entre los bosques, en algún momento bajamos para ver los lagos a lo lejos, el coche chirriaba y se acercaba peligrosamente a los precipicios, cuando al final surgió Ushuaia con sus luces sobre el canal de Beagle era como si volviéramos a nuestro hogar provisional en el sueño, atravesamos las calles húmedas, habíamos adquirido ya una familiaridad salvaje con las tiendas y los bares.

ANTONIO COSTA GÓMEZ , ESCRITOR

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