Canción en el mar de Galilea, por Antonio Costa Gómez

CANCIÓN EN EL MAR DE GALILEA
Había un hotel junto al lago en Tiberias y tenía una terraza mirando al agua. Al anochecer fuimos a tomar una cerveza. El nombre del local en hebreo significaba algo así como “Canción junto al mar”. De noche nos sentamos en la arena de la playa y había una fiesta en un restaurante. Y luego llegó un barco con bengalas y bailes
El paseo junto al agua estaba tranquilo, no estaba la masificación de los veranos. Si uno se salía por callejones se metía en iglesias secretas, en edificios históricos. Recordamos Dona Gracia, la dama portuguesa con saudade que escapó de la Inquisición, al sabio Maimónides, a los bañistas romanos Subimos a Safed, la ciudad azul en lo alto de la montaña.
En Cafarnaum los edificios de la antigüedad sobrevivían junto al agua. Los labrados exquisitos en la piedra latían al lado de los geranios y las palmeras La ciudad entera se adivinaba con sus sofisticaciones y sus ansias. Las columnas se desplazaban con misterio cuando nosotros nos desplazábamos. Veíamos todos los habitáculos cerrados donde la gente descansaba de tantas profecías. Admirábamos los molinos que hacían comestible el mundo, las ruedas girantes en los frisos.
Pasábamos por Magdala y soñábamos con María Magdalena Pasábamos por el Monte de las Bienaventuranzas con la iglesia franciscana y soñábamos en algo que pudo ser. Cuando alguien dijo cosas tan hondas cortando el pan.
Pero al anochecer íbamos a la cafetería “Canción del mar”. Paseábamos por el borde del agua y había silencio, no estaban los consumistas furiosos del verano. Una barca enorme se simulaba con telas y nos sentábamos en un banco dentro de ella.
Pensábamos en que un maestro viniera caminando sobre el agua. Como cuando espantó a los discípulos, cuando les hizo creer que todo era posible. Que el espíritu podría venir y no lo aplastarían las instituciones. Cuando les dijo que todo podía ser intenso y prodigioso. E incluso que podrían amarse y amar a todos.
Faroles con puntillas se recortaban contra el azul y había una luna llena sin remiendos. Una luna llena que podía llenarlo todo. Incluso la nostalgia lo llenaba todo. Y la posibilidad de todas las cosas. La posibilidad del espíritu.
Tomábamos cervezas delante de ese lago mítico. Cuantas cosas se soñaron en el mar de Galilea. Mucho más allá de los paseos de los turistas que ahora van en cruceros pijos. Mucho más allá de las invasiones históricas y de las invasiones de los turistas.
Incluso los romanos sintieron que podrían ser felices allí. Las aguas tenían poderes curativos. Luego para otros las palabras también podrían tener poderes curativos, entusiasmar a unos cuantos La dama portuguesa con saudade creó allí un refugio para los perseguidos.
Allí estábamos nosotros, tantos siglos después, pero en algunas cosas igual que entonces. Igual de ilusionados, igual de desilusionados. Con la misma añoranza de entonces. Mirábamos la luna llena y las posibilidades de plenitud.

ANTONIO COSTA GÓMEZ
FOTOS: CONSUELO DE ARCO

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