Transfăgărăşan, una obra de arte

Jamás me hubiera imaginado que una simple carretera tuviera la capacidad de convocatoria de una catedral gótica o cualquier otra edificación histórica de carácter cultural. La carretera, como obra de arte. Con la seguridad de que cuando se haya finalizado el recorrido, quien más, quién menos, habrá abierto la boca de la admiración unas docenas de veces. Quién se lo iba a decir al viejo dictador Ceacescu, que fue quien mandó construirla a partir de unos diseños militares. Según unas lenguas, la carretera obedeció a la necesidad de dar salida rápida a las tropas en caso de invasión soviética. O para aprovechar la madera de los bosques, dicen otros (De hecho, en Brasov, hay una facultad de silvicultura, lo que da idea de la importancia del bosque en Rumanía). No obstante, hay que tener en cuenta que el uso turístico y civil estuve presente desde que removieron la primera piedra. La idea se le ocurrió a principios de los 70 y en cuatro años estuvo lista, algo que, visto a día de hoy, parece imposible. A no ser que el relato pertenezca a una de esas leyendas del Medievo en las que al diablo le daba por construir en una noche puentes o acueductos –en este caso estaríamos hablando de una carretera- a cambio de algún alma juvenil. Además de mucho dinero, no quiero imaginar el número de muertos que costó –los datos oficiales hablan de unos cuarenta y el run run de los rumores lo cifra en varios centenares. Imposible saberlo, pero teniendo en cuenta las condiciones ambientales, el terreno, los medios técnicos de entonces, la rapidez de la construcción, el perfil, las cascadas de agua, los desprendimientos de tierras y rocas, los viaductos, el túnel Paltino de casi un km. de longitud que fue necesario perforar y la escasa importancia que cualquier dictador le da a la vida humana, tuvieron que ser muchos.

Todo, para estar abierta poco más de cuatro meses, que la nieve y el viento helado obligan a cerrarla durante el resto del año. Eso sí, son miles los amantes de los automóviles y de la naturaleza que cada año recorren esta ruta durante sus vacaciones. “Esta carretera hay que recorrerla al menos una vez en la vida”, dice uno de ellos. De esta manera, vemos autobuses llenos de excursionistas los fines de semana, coches de todo tipo, motocicletas, ciclistas arriesgados.  El adagio de que el viaje es el camino, que la meta no importa, aquí se convierte en verdad suprema. Circular despacio, disfrutar de los sentidos, de los paisajes. En la Tramsgafarasan la velocidad es un desperdicio, un ridículo espantoso. El programa de televisión de fanáticos de los coches Top Gear, la han elegido como el mejor viaje por carretera del mundo. Si mi voto sirve de algo, ahí va.

Nosotros salimos desde Curtea de Arges con la mente entrenada para un viaje tranquilo y parsimonioso, pues las noticias que teníamos invitaban a multitud de paradas para presenciar las panorámicas de ensueño que prometía el paisaje.  Cortas se quedaron las previsiones: no en lo referente al tiempo, sino a la belleza del entorno. Como el día anterior, no pudimos subir al castillo de Poienari por culpa de la osa y de sus paseos con los cachorros, así que le echamos una mirada desde el fondo del barranco, otra desde el cielo comprado en una postal y continuamos viaje. Poco tardamos en detener el coche. La enorme pared que sujeta el embalse y su particular construcción para otear el lago desde lo alto obligan. Lago Vidraru, navegable, con hoteles en las cercanías. Luego lo hemos de recorrer en mil curvas antes de seguir ascendiendo las montañas Fagaras hasta más arriba de los 2000 metros para unir las regiones de Valaquia y Transilvania.

A partir de ahí, cada uno elige las paradas y las selecciona como mejor le dé el entendimiento porque no es posible hacerlo en todas, so pena de convertir el viaje en eterno. Razones habría para hacerlo hasta emborracharse de belleza. Cada revuelta pide esa parada. El bosque, fastuoso, abarcándolo todo. Detrás de los primeros árboles se siente la presencia del oso, la cascada que brota en lo más alto, el fondo del barranco. Moteros de cualquier país paseaban majestuosos, lentos, olvidados de la velocidad. ¿Te gusta conducir? Entonces, no lo dudes. Lo repito y repetiré mil veces. Da igual la marca del vehículo, la potencia y demás características: conducirás despacio. La Transfăgărăşan es una especie de organismo vivo del que te encariñas, lo sientes como algo tuyo en cada mirada. Después de dos horas de subidas tomamos café en un hotel restaurante. No es necesario: si quieres comer cualquiera de los productos de la gastronomía del país, sobre todo pastas, ahumados, quesos, salchichas, etc dispones de una enorme cantidad de puestos de venta a orillas de la carretera. Al lado de cada punto excepcional para la panorámica hay uno o varios.

Tras cruzar el túnel –en la cumbre hay más puestos típicos- llegan las mejores vistas, las fotografías de la carretera revirada que se hace infinita en mil y una curvas y en dos mil paradas. Lástima de la niebla que iba y venía y molestaba más de lo necesario. Para, detén el vehículo a un lado y disfruta. Tómate el tiempo que quieras, que siempre será poco. Más abajo, la Cascada Balea, un lago glaciar que desagua en una catarata. Cuenta con un hotel de hielo y se puede acceder a través de un telesférico. Pero hasta la cascada puedes ir andando por un sendero, unos treinta minutos. En este caso, lleva buenas botas de montaña, que el suelo es pedregoso y hay que cruzar corrientes de agua con frecuencia. Al final de la bajada y tras unos 90 kilómetros de curvas, Sibiu, parada y fonda. Desde allí miraba hacia la montaña lejana, como si llamara de nuevo, una invitación repetida.

Como en todo lugar mítico, la Transfagarasan no está exenta de leyendas. Así que ten cuidado, porque sigue vagando por ella el fantasma del monje Nectarie. Dicen que fue uno de los primeros en recorrerla; mejor dicho, en intentarlo, que lo sepultó un alud de nieve y a él aún se le busca.

Antonio Tejedor

 

 

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