LAS CAPITALES BÁLTICAS

                                                        Vilnius, Lituania.

 

Dicen de ella que es el patito feo de las capitales bálticas, que anda escasa en cuestión de monumentalidad. Saber que una ciudad se extiende más allá de las calles y de los edificios emblemáticos que sirven de reclamo para el turista no ha disipado mis dudas. Está la gente, por supuesto, esa que cruza la calle, toma una cerveza codo con codo contigo en cualquier terraza o pasea a tu lado. Sí, gente, desconocidos con los que apenas puedes cambiar unas palabras. El idioma limita y el contacto humano queda muy restringido. No pasamos de la fase de observación, nos vemos, nos miramos. Ni siquiera me topo con esos gigantes del baloncesto tan famosos en Lituania. Comparar Vilnius –o Vilna- con Riga y Tallin es casi como si a mí me hicieran jugar al basket frente a Sabonis, Jasiquevicius  o Macijauskas. Habrá, por tanto, que buscar alternativas a la arquitectura de la ciudad.

Vilnius es una ciudad dura. Por el suelo, me refiero. El adoquinado irregular de sus calles es un desafío a los tacones de aguja y a la salida airosa, indemne y sin una torcedura de tobillo al final del paseo. Tengan en cuenta este detalle antes de poner un pie en la acera. Puestos a empezar, cualquier sitio es bueno. Como la calle Literatu. Su nombre no engaña: está dedicada a la literatura. Estrecha, en suave cuesta y sin tráfico, de sus paredes cuelgan pequeñas obras de arte, cuadros relativos a diferentes autores u homenajes a algún escritor, poeta o artista en general, tanto de carácter local como internacional. Siente uno tan cerca los libros, las cerámicas, los pequeños objetos y esculturas que parecen propias, como sacadas de esta mano. Problemática tarea la del encargado de aceptar o rechazar cada una de las obras pegadas a las paredes. Un rincón pequeño, coqueto, simpático, de los que enamoran. Con el calorcillo de un osito de peluche.

Muy cerca, a unas revueltas, la iglesia que Napoleón quiso llevarse a Paris bajo el brazo: Santa Ana. Le alabo el gusto. Un poco más pequeña y lo consigue. Santa Ana es una cucada en ladrillo rojo, uno de esos bocados exquisitos que sorprenden por la textura, el sabor y el aire de lo imposible. Te crees que no existen, que forman parte de las ensoñaciones, de los pequeños milagros; pero no es cierto, están ahí. Prohibido perderla. En un parque, frente a ella, como quien necesita el calor de la gente y se pone amoroso y dulce, un árbol vestido en tela de patchwork. Pocos son los que reparan en él, y se lo pierden.

Lo que no entraba dentro de mis previsiones era un encuentro con los muertos. No con los míos, sino con los suyos. No vinieron a mí,  sino que yo fui a ellos, al cementerio Antakalnis. Desconocía su existencia, por lo que su visita se abría a todas las expectativas y la del aburrimiento no era la primera en ser descartada. Craso error.  Porque más que un cementerio es un parque natural al que acudir con la cesta de los bocadillos, de picnic. O cuando menos, un lugar ideal para dar un paseo y empaparse de naturaleza. El cementerio está perfectamente integrado en el bosque, con las tumbas a modo de elementos decorativos como lo son las piedras o rocas del paisaje. Un todo armónico en el que ni siquiera los cientos de cruces de militares muertos en la primera guerra mundial saltan a la vista con demasiada intensidad. Algunas de las cruces simulan troncos de árboles y las esculturas de madera a tamaño natural humanizan el escenario de tal forma que casi olvido el cementerio que piso.

Empezaba a dejar de considerar a Vilnius como un patito feo cuando me acerqué al barrio Uzupis (al otro lado del río, en lituano). Las glosas de las guías turísticas lo elevaban a los altares de Montmatre (o casi) por su atmósfera bohemia, sus galerías de arte y los cafés populares. Vamos a dejarlo en un querer, en una buena voluntad y en un ejercicio de propaganda bienintencionada que de un poco de alegría al cuerpo y atraiga a los turistas nostálgicos de Paris. Fue barrio judío, arrasado durante el holocausto; un barrio marginal que por ello atrajo a artistas que encontraron en él un lugar donde crear y vivir a sus anchas. Le dieron, además, el toque personal de convertirlo en república independiente, con su constitución y todo. Puede leerse en varios idiomas, el castellano incluido. (Todo el mundo tiene derecho a cometer errores, art. 4).

Un descanso. Se imponía conocer otros espacios más habituales donde refrescarse y reponer fuerzas con una comida de las suyas. Como todas del centro y norte de Europa, la cerveza local es muy buena, aromática, de sabor intenso. A su lado, un steak tartar de lujo. Quizás sea la costumbre, pero creo que hubiera estado mejor acompañado con un tinto de Toro.

Durante el paseo por las calles, me llamó la atención el hecho de no ver puertas de entrada a las viviendas. Veía un arco, algún coche que entraba y al fondo algo parecido a un patio. Decidí entrar. Tras el arco, efectivamente, un patio. Un patio maravilla, añado, decorado con una coquetería extrema, tallas en madera, flores mil, objetos viejos: un pequeño museo que el arte de los vecinos hacía grande.

Y Trakai, claro. Un viaje en autobús desde el que contemplar la llanura inmensa y a algunos campesinos ofreciendo lo mejor de sus bosques en esta época del año: grosellas, arándanos, frambuesas… De haber ido en otoño, las setas hubieran colmado sus mesas. Trakai y su castillo. Un cuento de hadas. Estoy seguro que Walt Disney anduvo por estas tierras antes de diseñar los suyos para el Pato Donald y compañía. De todas formas, la mejor vista es desde el cielo, por lo que es difícil comprender cómo no tienen unos cuantos globos para la visita turística. Los torreones de ladrillo, redondeados, el color rojo, su situación entre bosques y lagos… todo parece pertenecer a un sueño. Trakai es el castillo por antonomasia de Lituania, lugar casi sagrado, casa natal de Vytautas el Grande, y donde lo importante, la magia, no está en el interior, sino en el exterior (al menos para quienes vamos de visita). Sin prisas, con todo el sosiego del mundo. Una buena idea es subir a alguna de las embarcaciones que surcan las aguas del lago y rodean al castillo. La máquina de fotos no podrá descansar y, de esperar al crepúsculo, el regalo es de matrícula. Trakai, un lugar donde historia y naturaleza se ensamblan como tocadas por mano de artista. De artista divino, debería añadir.

Aquello que decían del patito feo….

Antonio Tejedor

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