El Capitán. Robert Schwentke. 2018. La banalidad del mal

 

 

Pocas propuestas cinematográficas han ahondado tanto en los orígenes del mal, con menos abuso de la parafernalia habitual en estos lares y mayor economía narrativa. El Capitán ahonda con un certero bisturí en los rincones más oscuros de la naturaleza humana cuando se somete a ciertas condiciones. El espectador puede llegar a creer que está viendo la fábula de un guionista, que ha tratado de dar una vuelta de tuerca al trillado universo fílmico del nazismo. Nada más lejos de la realidad. Willi Herold en realidad existió y formó, con 19 años, parte del grupo de depravados que ejecutó a todos los prisioneros del un campo de concentración. Toda la propuesta narrativa es una invitación a la reflexión sobre el origen del mal y la depravación humana. Ya desde el MacGuffin inicial donde Herold, perseguido por desertor, nos despierta cierta simpatía, encuentra un uniforme alemán dentro de un coche, el realizador juega con el desconocimiento histórico del espectador y con la abundancia de clichés y lugares comunes del género. Para empezar los prisioneros maltratados y asesinados no son pertenecientes a ninguno de los grupos humanos masacrados por el Tercer Reich. Son los propios alemanes, aquellos que han comprendido la locura en que están sumergidos y han optado por desertar  y practicar la rapiña en la zona de combate.

 

 

El segundo órdago de Robert Schwentke es un hábil truco formal. Como un virtuoso trilero hace creer a una parte de la crítica que es el uniforme el que desata al monstruo. Como si fuera portador de algún tipo de efluvio maligno que poseyera al soldado. Nada más lejos de la realidad. Aunque a algunos espectadores les agrade encontrar en las películas referentes que apuntales sus ideas preconcebidas y sus ideologías. Aquí el director juega con la más absoluta ironía. Un uniforme de la Luftwaffe. Imposible encontrar algo más alejado del nazismo en estado puro. De hecho, en toda la película, tan sólo un personaje manifiesta pertenecer al partido y es el dueño de la taberna que como tantos otros se afilió al partido para sobrevivir. Independientemente de los miembros de la SA y los mandos del campo, este no es un film sobre sádicos que se regodean en su vesania. Es un descenso “ad inferos” en toda regla donde todos los personajes terminan contagiándose de la locura y participando en actos execrables. Como colofón del terror, la secuencia donde todos pierden la razón, incluso la amante del SA, en un perverso ejercicio de tiro al blanco con prisioneros atados entre sí, a los que obligan a escapar. Muchas son las incógnitas que el autor no resuelva (posiblemente de forma voluntaria) ¿Era Willy un psicópata antes de encontrar el uniforme o la situación de supervivencia lo convierte en alguien despiadado? ¿El oficial que le perseguía al principio de film, realmente no lo reconoce, o ve en él la posibilidad de llevar adelante sus planes de exterminio? Cierto, la película no profundiza en motivos, psicológicos, ni ideologías.

Los actos de los personajes son crudos, ásperos y de naturaleza explosiva. No llegamos a saber lo que esconde el pensamiento de Herold y si su lucha por la supervivencia le lleva a esos extremos de inhumanidad ¿Pero y los otros? Aquí es donde la película se vuelve una tesis sobre la brutalidad humana en ciertos ámbitos y como el concepto “recibir una orden”, perversión acuñada por todos los criminales de guerra, sirve de escusa para desatar lo más infame y cruel del ser humano. La atipicidad de esta propuesta fílmica juega incluso con el surrealismo de un oficial arengando a la tropa con uniforme y en calzoncillos o un grupo de borrachos aullando como perros sobre el suelo. La transformación de Herold (Max Hubacher) es espectacular, recreando el ascenso a la locura del personaje con parquedad de medios, con gestualidad reducida y certera. Nada en la anterior carrera del director (Divergente, Departamento de Policía Mortal, REC) podría hacer imaginar el pulso narrativo y el sello personal en esta obra mayor (cuánto daño hace Hollywood).

 

No hay nada icónico. Ningún personaje de amplio espectro que recrear dramáticamente. Ningún sesudo análisis sobre el odio, el racismo o el hecho diferencial pervertido. Los masacrados son alemanes (no nazis). Los que masacran también son alemanes (algunos nazis, la mayoría, no). “Der Hauptmann” es un estudio sobre la brutalidad de la guerra, sobre esa estrecha franja que nos separa del horror. Los protagonistas son seres patéticos, desnortados, esclavizados en la absurda burocracia del nacionalsocialismo. La semántica del cine de nazis aquí no es valida y podría extrapolarse a cualquier grupo humano en situación de guerra que, ante la inminencia de Tanatos, tratan de refugiarse en Eros para escapar al absurdo. Como sucede en la secuencia de la detención del grupo, entregado a orgías y olvidando la realidad que les rodea. Es la banalidad cotidiana del mal. Una radiografía de la conducta humana que, aunque parábola durante la segunda guerra mundial, podría aplicarse en todas las guerras y todas las ideologías. Ya basta de engaños de “buenos y malos”. El impecable blanco y negro (Mejor Fotografía en el Festival de cine de San Sebastian), fotografiado por  Florian Ballhaus, contribuye al clima de abstracción y ajeneidad que rezuma la cinta. La fluidez narrativa convive acertadamente con lo abrupto de las propuestas, la tensión de algunos diálogos y la certeza de lo que va a suceder a continuación. Para ello rompe el esperado clasicismo del blanco y negro con abruptos movimientos de cámara. La eficiencia de los actores es soberbia, extrayendo matices de personajes degradables, pero cercanos. Repulsivos, pero reales. El autor inserta secuencias con una fuerte tensión interna, como la representación que dos prisioneros, cómicos a la fuerza, hacen con chistes escatológicos y envilecedores sobre judíos. Con gran habilidad hace al espectador partícipe de cual va a ser el resultado final de aquellas risotadas y brindis. Al contrario que el protagonista real, ejecutado en 1946 y condenado a muerte (irónicamente) por ambos bandos, el Herold de la pantalla es casi considerado un mal necesario. Una pesadilla de la que pueden sacar partido. El guiño final, haciendo referencia al cuerpo de los “werwolf”; la resistencia en las sombras, que iba a crearse en los ocasos del nazismo para aterrorizar a los vencedores y necesitaría hombres como él; es consecuente con el clima de pesadilla de toda la película. Intensificada por la soberbia banda sonora de Martin Todsharow.

 

 

El asesino es visto como un mal necesario, incluso como un involuntario héroe si sirve a los fines. No importan los medios. Herold es la monstruosidad justificada mientras sea útil a la causa. Pero no nos dejemos engañar por la tramoya. El Capitán, aunque coyunturalmente se desarrolla durante el nazismo, es una parábola universal sobre la maldad humana, la supervivencia, el absurdo, la impostura como arma y la decadencia moral. Como tal,  podría haberse desarrollado en cualquier lugar y con cualquier ideología. No lo olvidemos. Quienes aún lo duden que vayan a la biblioteca y lean sobre el “Experimento de Stanford”. Mis  condolencias.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Título original: Der Hauptmann (The Captain / El capitán)

Duración: 118 minutos

Dirección: Robert Schwentke

Guion: Robert Schwentke

Fotografía: Florian Ballhaus ASC

Diseño de producción: Harald Turzer

Vestuario: Magdalena J. Rutklewicz-Luterek

Música / banda sonora: Martin Todsharow

Montaje: Michal Czarnecki

Reparto: Max Hubacher, Milan Peschel, Frederick Lau, Bernd Hölscher, Waldemar Kobus, Alexander Fehling

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