“Glass”: las propiedades del cristal


Pasado el primer sobresalto sobre “Glass”, cuando los primeros críticos la machacaron sin tibieza alguna antes de su estreno mundial, ya es posible para cualquiera desligarse de esa primera avalancha de decepción, y adentrarse por uno mismo en una de las películas más esperadas de los últimos meses. Y aunque las voces especializadas entonasen su desencanto, nunca es sencillo destripar una película de Shyamalan así, a vuela a pluma.
Aunque es fácil entender las reticencias.
Inexplicablemente, “Glass” tarda muchísimo en comenzar. Mucho metraje desligado de las expectativas generadas en intento no muy efectivo para conjugar a los espectadores conocedores de los dos títulos anteriores y a los que se enfrentan por primera vez (los cuales no se librarán del desconcierto si no han vivido personalmente los antecedentes) al más extraño de los proyectos shyamalanos. Recordatorios, explicaciones, por momentos casi una parte desgajada de “Múltiple”, referencias al cameo que el propio director hizo en “El Protegido”, piezas que ya están unidas, piezas aún por pegar. Un equilibrio imposible porque tantos los unos como los otros son conscientes de que los tres protagonistas se terminarán encontrando en un mismo escenario, y la demora en llegar ahí se acaba convirtiendo en un lastre.
Pero desde que la película ya se centra en lo que ocurre en ese centro psiquiátrico donde son encerradas las estrellas de la función, Shyamalan empieza a desplegar lo mejor de sí mismo, lo que le han convertido en un director excepcional: una puesta en escena brillante, que logra inquietar tanto con o que ocurre dentro del encuadre como lo que pasa fuera de él; un tono nunca definitivo, siempre esquivo, sagaz, irónico e incisivo, o brutal, o inesperadamente humano; un maestro en esos pequeños y demoledores giros del guion en los que a veces una simple pincelada le basta para poner en alerta todas nuestras inquietudes; ligero y a la vez profundo, sencillo en sus planteamientos pero al mismo tiempo capaz de legar los más perturbadores desasosiegos… Quizás haya puesto muchas piezas en el tablero, y algunas son rémoras que restan fluidez al relato, pero cuando finalmente se llega al desenlace, es cuando Shyamalan vuelve a demostrar lo complicado que resulta enlatarlo en el cine de género, sea el que sea. Es Shyamalan. O lo tomas o lo dejas. Abarrotado de sorpresas, los últimos minutos nos devuelven la maestría de “El protegido”, y  ya en el último minuto se alza, como el rascacielos mostrado, un miedo inconcreto que todo lo abarca y que se suma a la amargura de las dos entregas. Es muy probable que esa demencial batalla final sea considerada con el tiempo otro de esos alardes narrativos que solo está al alcance de autores de la talla de Shyamalan.
Ni es sencillo llegar a saber quiénes somos realmente ni nuestro papel en la vida (“El Protegido), si lo llegamos a saber los mecanismos de defensa que desarrollamos para protegernos pueden mutar en oscuras abominaciones (“Múltiple), y si las defensas deben ser tan radicales es porque una vez que los demás descubren nuestro verdadero ser, eso nos hace tan frágiles y quebradizos como el cristal (“Glass”). Pesimismo a raudales.
Shyamalan, en otra de sus marcas de agua, da nuevas muestras de lo magnífico director de actores que es. Bruce Willis y Samuel L. Jackson saben sacar el mejor partido a su destino crepuscular, Sarah Paulson (todo un guiño a los fans del fantástico, en especial a la serie “American Horror History”, otra de esas retorcidas ideas de Shyamalan) se desenvuelve de maravilla en la piel de una doctora empeñada en demostrar a nuestros tres protagonistas que tan solo son enfermos mentales, y claro, James McAvoy, quien si ya tuvo bastantes embrollos de personalidad en “Múltiple” ahora es acribillado sin piedad por el director en una serie de secuencias donde cambia continuamente de identidad en cuestión de segundos, una y otra vez. El alarde de un actor excepcional.
Que la trilogía se haya cerrado es cuestionable.
Pero aunque el camino iniciado con “El protegido” no se culmina a la altura de esa obra fascinante y misteriosa, sí que pone un punto y final que no debería ser enturbiado por la banalidad del “merchandising” que precisamente tanto se critica en esta película y en la primera, otra de esas muchas lecturas semienterradas que Shyamalan es tan adicto a avivar.