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Amsterdam, cafés oscuros, por Antonio Costa Gómez

Hoppe

AMSTERDAM, CAFÉS OSCUROS , POR ANTONIO COSTA GÓMEZ
Estamos cansados de andar y entramos en un café oscuro de Ámsterdam. Hay una mesa de billar y una gramola de los años cincuenta y una mesa en un rincón que deja ver los canales y la estación de tren. Los clientes son los habituales, cuando volvamos por la tarde serán los mismos, hablan entre ellos como amigos, hacen bromas que no entendemos, a uno le tocan montones de monedas muchas veces en una máquina. Es un café oscuro y ahumado y nos sentimos arrinconados, protegidos de todo, metidos en un rincón del tiempo, íntimos, a salvo de todo tomando cervezas. Mientras estemos allí nada agresivo nos tocará, nos mantendremos amistosos y evocadores. Cuando nos vamos los parroquianos ya nos saludan como viejos amigos. El local se llama café Schumicht y es uno de los cientos de cafés oscuros de Ámsterdam.
Los cafés oscuros indican el intimismo de Ámsterdam, la tolerancia de la personalidad de todos, el valor de cada persona y de sus manías, la libertad de ser uno mismo durante unas horas, el mezclarse con otras intimidades, el no tener miedo de las brutalidades de la Historia, el escapar de las intolerancias del rey de España que prohíbe sus creencias, el esconderse en mitad del humo que alucina los ojos. Todo en ellos es informal, relajado, libre, extravagante en el mejor sentido. Mientras las personas están en ellos se libran de todos los agobios, divagan, saborean cervezas, miran como otros miles de seres han oscurecido las paredes.
El café oscuro más antiguo es el Hoppe. Está en una esquina de la plaza de Spui y tiene su propia cerveza, los barriles flotan por todas partes, la madera está ennegrecida y apasionada, las placas de madera cubren las paredes, se han quedado los años ahumados entre ellas, uno parece escaparse de la actualidad. Los espabilados del pub Hoppe se han puesto al lado con el mismo nombre y unas fotos antiguas y muchos turistas se confunden. Pero el humo de tantos años no se improvisa.
En el barrio de Jordaan, el de los artistas y de los bohemios que fue antaño de los trabajadores, al lado de los bares pijos y de diseño con nombres elegantes como el Proust, están los bares oscuros de siempre. El Smalle lo pillamos cerrado. Tiene su propio embarcadero a donde llegan los clientes flotando, su terraza en verano, su enredadera que cubre los muros forrados de maderas azules, y en el interior se ve una acumulación de lirismos y pulsiones. Es tan cautivador que en Japón han hecho una copia. No puedo evitar sentarme en el banco de fuera y veo un farol dentro y unos retratos nostálgicos en unos medallones.
Siguiendo hacia el norte por el canal de los Príncipes nos encontramos con el café Isla Papista. Hace siglos era un refugio para católicos perseguidos, se llegaba hasta él a través de unas escaleras secretas. Y también está cerrado por navidades y nos asomamos para ver un báculo y unas escaleras que casi tapan todo y unas mesas escondidas y unos artilugios de hierro forjado. Me puedo imaginar todas las conversaciones mágicas que también se forjaron en ese recinto, todas las ocurrencias al ritmo de las volutas de humo, toda la libertad de pensares que da la oscuridad que escapa a la luz policíaca que les gusta a los locales modernos y a cierta mentalidad actual.
Pero el más loco de los cafés oscuros que disfrutamos es el café de los Monos, está en la calle de los marineros en la entrada del antiguo puerto, todavía hasta hace poco era una zona dudosa y amenazante, el local estaba lleno de monos, se dice que los marineros entraban ahí nada más bajar del barco y luego se iban llenos de pulgas de los monos. Hay una vibración de almas oscuras entrelazadas, un tumulto de conversaciones animadas en medio de las sombras, y se ven unos monos enloquecidos encima de una mesa, y otro mono en un cartel se emborracha de ginebra, y unas escaleras llevan hacia ninguna parte, y hay unas pinturas evanescentes con marcos dorados en las paredes, y un acordeón colgando, y lámparas oscuras, y uno puede imaginarse el bullicio de los marineros deseosos de liberación y de sexo, en medio de los monos lúbricos, y con sus conversaciones desatadas de aventuras y nostalgias.
Los cafés oscuros de Ámsterdam son todo un mundo, una manera de vivir, un modo de liberar las intimidades, un escapar líricamente de las rigideces y los perímetros, un mirar como el tiempo desgasta todo y lo vuelve entrañable, un sentirnos oscuramente a nosotros mismos y a todos los demás.

FOTO : CONSUELO DE ARCO