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TALLIN, Estonia


                                          TALLIN, Estonia

La llegada a Tallin apaga cualquier síntoma de cansancio del viaje y crea una ansiedad que te lleva a sentir una especie de burbujeo bajo los pies. Les impide estar quietos, los hace levitar como encendidos y ansiosos por recorrer el adoquinado de sus calles. Presienten, lo sé, que les están llamando, que llevan siglos esperando el calor de sus pisadas. La única manera de aplacarlos es sacándolos del hotel y echarlos a caminar, que vayan donde quieran: no se equivocarán, tomen el camino que tomen. Y tomen el que tomen, volverán a hacerlo al día siguiente y todos los que permanezcan en la ciudad porque, con independencia de que el casco viejo sea pequeño, es difícil dejar de saborear cada calle, no detenerse una vez más ante cada fachada, no sentarse en la terraza de un bar a tomar la cerveza, a descansar, a observar. A la gente, a los edificios, al aire.

Unos pies que te obligan a recorrer las calles y buscar los recovecos que demasiadas veces no vienen marcados en las guías; pies que descubren callejones de fantasía, pasajes donde los arcos con tejadillo cruzan la calle, calles en las que desaparece el cielo bajo las viviendas. Calles estrechas donde los tejados bajan a saludar al viajero, rincones que regalan flores y muñecos de cuento de hadas. Ciudad medieval con el añadido de edificios modernistas que enamoran. La ciudad es un sueño y la única forma de vivirlo es dejándose perder por sus calles hasta que esos pies digan basta.

   

Poco importa que la ciudad se agote en cuatro caminatas, que al quinto día se haga familiar como si hubieras vivido en ella un verano. Repites el paseo hasta la plaza, que ya es un poco tuya. Llega un momento que conoces los movimientos que sucesivamente  la hacen diferente, que cambian los personajes y la obra; aunque da igual, cualquiera se hace interesante en este marco espectacular. Levantas la vista y aparecen los olvidados del Hare Krisna, el carro medieval que llama al teatro, los invitados a una boda, un grupo de turista detrás de una bandera. Otros tiran de una maleta cuyas ruedas se quejan del paso por los adoquines con un rencor de viejo asmático.

Más allá de una arquitectura medieval casi intacta, de la torre más esbelta en cuyo punto más elevado sigue el viejo Tomás, una veleta envuelta en leyendas, de las gárgolas metálicas, de la farmacia más vieja de Europa, de … la plaza de Tallin es un espectáculo en sí misma. Y hay que verlo con el detenimiento debido, con una cerveza en cualquiera de las terrazas cuyos asientos están recubiertos con una piel de oveja por aquello del frío, dejando que el tiempo se vaya sin preocuparse de él.

              

Tallin no es solo la plaza, por supuesto. Es conveniente conocer la historia de la ciudad antes de recorrer sus murallas. O hacerlo con algún guía. Más que nada porque es la mejor forma de sentirse dentro, de participar en su recorrido con un punto más del simple curioso. No obstante, el turista despistado no tendrá quejas de la visita, de un paseo relajado junto a los muros atravesando los jardines de exhibición (luego me enteré de que participaban en un concurso), admirando los torreones con sus chapiteles de color rojo, su aire de fantasía animada. Como colofón, subir los doscientos escalones de la torre de San Olaf porque la panorámica sobre la ciudad es de las que quitan el hijo y hacen olvidar al instante el cansancio de la subida.

Estamos en la capital de un estado moderno que ha apostado por  las nuevas tecnologías y la informática como vía hacia el futuro. De los pocos lugares en los que he visto solicitudes en busca de personal cualificado que quiera ir a trabajar allí.  Otra cosa es que, sobre todo los procedentes de países mediterráneos, sean capaces de adaptarse a las escasas horas de luz en invierno (a las 3 y media ya es de noche). En verano, sin embargo, el sol madruga más que en cualquier otra capital, aunque nadie se levante a saludarle.

Los más asiduos visitantes de Tallin son los finlandeses. No es que estén enamorados de la ciudad por sus encantos, pero no se pierden un fin de semana. Su alto nivel económico les permite cruzar el Báltico y atiborrar sus coches y furgonetas (sí, has leído bien, furgonetas) de próximas borracheras y unos cuantos cánceres de pulmón. Pero sarna con gusto no pica. Más que pos sus calles se les veía a las puertas de las tiendas especializadas cargando los vehículos.

Allí los dejé y me fui a buscar a Catalina la gorda con parada en un bar, el gentle wolf, con una decoración interior de lo más variopinto. Más adelante, el puerto. Tampoco hay que perderse la antigua zona industrial ahora en proceso de gentrificación, un fenómeno tan de moda en Europa. Las naves de antaño conviven –de momento- con modernas edificaciones donde abundan los restaurantes y locales de ocio. Pero para el que quiera tipismo, muy cerca de este barrio, el mercadillo de ropa, jerseys de lana autóctona, prendas de abrigo…

En algún momento hay que parar, sin embargo. Podría recomendar el Poobel y su terraza, cerca del parque Toompark: comida estonia, quesos, ahumados, sopas y pork rinks, una especie de beicon muy frito. Todo ello regado con una cerveza –tan diferente a la nuestra- que es un placer, acompañada o sola.

Hay muchos más lugares que ver en Tallin. Para quien disponga de tiempo, que no se olvide de Kadriorg y sus casas de madera, de Kalamaja, de Rocca al Mare, de la catedral ortodoxa y su explosión de colores, de llegar al centro por la Pierna larga (Pikk Jalg) o la pierna corta (Lühile jalg). A veces es necesario elegir, abarcar poco y apretar mucho para poder aspirar la ciudad, sentir en la pituitaria los olores que te asaltan en cada calle, tras cada esquina. Una decisión personal. Sea cual sea esa decisión, vigila los adoquines, que más de uno hay levantado y en verano llevas sandalias o incluso chanclas, que te he visto. Para la próxima ocasión, recuerda que entre el choque de un adoquín y unos dedos, suelen salir perdiendo estos últimos.

Antonio Tejedor

 

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