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Hijos del divorcio: los “niños soldado” de Occidente


“La inmensa mayoría de los niños soldados son adolescentes de entre 14 y 18 años de edad que se alistan “voluntariamente”. Sin embargo, las investigaciones muestran que existen varios factores que pueden explicar la decisión de participar en un conflicto armado y, en realidad, muchos de esos adolescentes consideran que prácticamente no tienen otra alternativa que alistarse”.*  

 Imagen de Vinson Tan en Pixabay 

 

Cuando hablamos de “niños soldado” pensamos siempre en esos documentales sobre niños (en su mayoría africanos), reclutados por milicias, clanes o fracciones para defender su causa.  Y mientras los veo desde mi cómodo sofá, más paralelismos encuentro con otras guerras cercanas en donde los niños se convierten -sin pegar ni un solo tiro- en la modalidad figurada del niño soldado.

¿Y qué combates son esos? Los tenemos al lado: los divorcios bélicos, aquellos tramitados por el odio y la sinrazón. Es posible que más de uno se lleve las manos a la cabeza con esta comparación: en nuestro confortable primer mundo, el divorcio aparece bien regulado y con normas que  protegen al menor por encima de todo.  Sin embargo, cuantos más casos voy conociendo, más coincidencias encuentro entre aquellos niños y estos,  víctimas allí y aquí de escenarios que nunca fueron elegidos por ellos.

¿Cuáles son estas coincidencias?

a) Conflicto entre dos bandos: el foco del conflicto es el estallido de una guerra que crea una división y genera dos partes. Allí será entre países, tribus; aquí la guerra es entre padre y madre.

b) Las adhesiones: En cuanto estalla el conflicto, cada bando es inmediatamente apoyado. Si hablamos de países, lo serán por gobiernos     afines,   por ejércitos, por pueblos enteros; si hablamos de divorcios, los apoyos a cada bando serán sus familiares y amigos.

c) El reclutamiento: en países en guerra, la hierba donde jugaban los niños acaba pronto convertida en ceniza: un día, antes de que nadie pueda reaccionar, una de las partes beligerantes se apropia de ellos y se los agencia para su causa.

En el divorcio bélico sucede algo muy similar. También su prado verde, su zona de confort muta a gris ceniza.  El cónyuge más ¿avispado? mete en su saco a los hijos y los hace adeptos a su causa. Un secuestro emocional disfrazado de manto de protección frente al enemigo.

d) La fidelidad al grupo: los niños soldado de África son puestos a prueba y deben demostrar -por miedo, convencimiento o cualquier otra razón- su absoluta adhesión a la tribu. ¿Cómo probarla?   Entre rifles y machete, esos niños son empujados a matar a sus familiares y romper lazos con su pasado.  A partir de ahora lucharán por una causa que cada día se les antoja más justa y más suya.

Nuestros niños soldado de Occidente también son sometidos a una presión similar y a un juramento de fidelidad. Aunque no se usan armas ni hay muerte física (menos mal), muchos de estos niños acabarán echando de su vida al progenitor “del otro bando” y la parte de familia relacionada con él. Es un proceso sin sangre, aséptico y muchas veces invisible por la perfección en cómo se ejecuta. Pero es real,  sibilino e imparable: se comienza modificando recuerdos del progenitor “rival”. Se les cuenta, día sí, día también, cómo trabaja “el enemigo”, como conspira contra todos ellos.  Se les habla mal de “la otra familia”. Se hacen juicios de valor en voz alta para que ellos escuchen y aprendan.

A veces suave, a veces de modo abrupto, estos niños recelosos se posicionan en su nueva tribu y finalmente optan por matar  –siempre en sentido figurado– a la figura del otro progenitor.  Sus temores, si los tenían, se ven disipados inmediatamente.  Nada les pasa: ¡siguen viviendo, respirando y comiendo!  Conservan sus amigos y sus aficiones. Y por encima de todo, se sienten más integrados en esa otra tribu, donde se les hace un generoso hueco, donde parece que se les quiere un poco más.  Miembros ya de pleno derecho, será el turno ahora de hacer lo mismo con los colaterales, y convertir aquellas casas que frecuentaron desde pequeños, donde rieron cómplices con abuelos, tíos y primos, en bunkers enemigos, hogares del mal, focos de conspiración.

e) La posición de la Ley: “Del dicho al hecho hay un trecho”, dice el refrán. Lo mismo sucede en estos conflictos: a pesar de las normas de derecho internacional que regulan estas situaciones, la realidad es que muchas veces se corre un tupido velo y se recurre al principio de “no injerencia”. Con nuestros niños soldado sucede aquí algo similar, la ley propone… pero el cónyuge dispone. El progenitor “avispado” hace de su capa un sayo y se extralimita en sus atribuciones, mientras el otro va de juzgado en juzgado solicitando a un juez que le diga a un progenitor que deje al otro progenitor ejercer de progenitor.

Y mientras esto se pide… ¿Cuántos meses, años, pasan los niños en ese ambiente de guerrilla?

f) Las consecuencias: las consecuencias en los países africanos son de sobras conocidas; vidas rotas de jóvenes que intentan  una integración gracias a organizaciones humanitarias. A veces lo logran, otras no.

Las consecuencias en los nuestros son difíciles de evaluar: “odiar a un progenitor es un sentimiento aceptable”, dicen aquellos hijos víctimas  de agresiones, abusos, o abandono. Pero en el resto de los casos, el odio contagiado es algo contra natura. Posicionar a un hijo contra un progenitor es un acto cruel y, a mi entender, un tipo de maltrato que deja secuelas psíquicas en esos menores y condicionará sus relaciones futuras, tanto de pareja como de paternidad.

Y mientras tanto, entre recurso y recurso, entre juzgado y juzgado, pululan nuestros niños, con la mirada ciega de odio, entre la sonrisa del progenitor beneficiado y la desesperación del otro, que ve desfilar a esos soldaditos en un delirante paso de la oca hacia el país del nunca jamás.

 

*Fuente: http://www.imagenradio.com.mx/sangre-en-manos-de-infantes-los-ninos-soldados

 

 

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