Nazaret, aquel aceite, por Antonio Costa Gómez


 

NAZARET, AQUEL ACEITE
Me acuerdo de aquel aceite en Nazaret. Nos sentamos en un restaurante árabe, cerca del Pozo de la Virgen. Tomamos pinchos de carne, pero sobre todo una ensalada deliciosa. Y era divino aquel aceite que pusieron al lado en una botella. Era tan divino que me hizo recordar como masajeaban a los héroes en las obras de Homero, como ungían a los hombres en la Biblia.
Tenía un olor intenso y delicioso. Tenía un color amarillo y suculento. Valía por cualquier comida y por cualquier recuerdo. Simplemente mojarlo en el pan valía más que cualquier ideología, que cualquier doctrina. Me hacía recordar que estaba vivo y que la vida escondía un encanto increíble, y que todos éramos devotos de aquel aceite. Aquel aceite nos convencía a todos. Aquel aceite era el encanto del mundo.
Ya no era el templo con linternas superpuestas de la Natividad según los católicos. Ya no era el templo pequeño y subterráneo de la Natividad según los ortodoxos. Ni el hotel de los franciscanos donde vimos un atardecer misterioso con unas cervezas. Ya no eran las calles cubiertas de la ciudad árabe ni aquel alojamiento como un campamento de caravanas donde por la noche escuchábamos a una cabra cercana que le hablaba de amor a otra lejana. Ya no eran las mezquitas escondidas ni las pintadas contra Israel.
No, era la Luna llena, que no sabe de encierros mentales. Y era ese aceite vivo y mágico. Más mágico que el que me daban con pan de merienda en una aldea de Galicia. Era esa sustancia vibrante y encantadora que no prohíbe ninguna religión, que agradece cualquier cuerpo. Teniendo ese aceite tan glorioso e íntimo ¿por qué tendrá la gente ganas de guerras, por qué no admitirán un espacio para los demás? ¿Por qué no se ponen sin más a compartir ese aceite? Aquel aceite era la poesía intensa de la tierra.
ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR

FOTO: CONSUELO DE ARCO