Belgrado, el puente Gacela, por Antonio Costa Gómez

Gacela

BELGRADO, EL PUENTE GACELA
Nos gustaba el Puente Gacela, que unía como una gacela las dos orillas del Sava en Belgrado poco antes de desaguar en el Danubio. Pero también unía el norte de Yugoslavia con el sur, y como está en la carretera Europa 75 unía Noruega con Grecia. Era un símbolo de fluidez y de comunicación. En Yugoslavia había puentes por todas partes, entre culturas, entre religiones, entre lenguas. Son los puentes que ahora quieren romper en España, en Europa.
Yugoslavia tenía tantos puentes… El Puente Sangriento en Zagreb que ahora es una calle y antes separaba a los clérigos de los comerciantes y también los unía. El puente Gacela en Belgrado que parece saltar a través del río Sava representando el dinamismo de Yugoslavia. Lo buscamos durante días y lo cazamos en rojo un atardecer cuando volvíamos de Novi Sad.
Otros puentes en Belgrado. El puente del Tranvía que llevaba a las calles bohemias de Zemun junto al Danubio. El puente de Nueva Belgrado que es un edificio loco que cuelga entre dos edificios.
El puente de la Libertad en Novi Sad, la Atenas de Serbia, poblada de jazz y literatura. Cruzaba el Danubio hacia el castillo de Petrovaradin donde exponían sus telas los pintores. Lo destrozaron los aviones de la OTAN sin sentido pero lo reconstruyeron en poco tiempo.
El puente sobre el Drina, en Visegrad, construido por un visir turco de origen bosnio, que unía oriente y occidente, lo turco con lo austriaco. Allí la joven Fata de la novela de Ivo Andric se tiró al agua para escapar del fanatismo de su familia que le imponía un matrimonio.
Allí al lado en su hotel la judía Lotte que había llegado de Cracovia dinamizaba a todos con su coraje hasta que su alma se derrumbó en pedazos. Allí Consuelo, que es colombiana, bailaba flamenco en la noche al son de una guitarra española.
El puente de Mostar que es un sueño, una forma de cruzar fantasiosa, un trozo de luna como le llaman. Y el otro puente del Asno, escondido tras la espesura, que apenas algunos ven, lleno de soledad y lirismo. El puente de Konjic sobre el río Neretva, otro trozo de luna.
Los puentes de Sarajevo, la ciudad que tanto los necesitó siempre. El puente Latino donde un serbio desorientado y con indigestión asesinó al heredero del Imperio Austriaco e inauguró el sanguinario siglo veinte. El puente de los Amantes donde un serbio y una bosnia murieron abrazados bajo las balas de los francotiradores. Sus cuerpos estuvieron allí tendidos durante varios días porque nadie se atrevía a recogerlos. También en ese puente se produjeron los dos primeros muertos de la guerra de Bosnia y se le ha dado su nombre. Es un puente muy sobrio, que no dice nada, pero que está lleno de evocaciones.
El puente del Nudo que indica todo lo que tendría que anudarse en esta ciudad mezclada como un sueño. En las afueras junto a las fuentes del río Bosna hay un puente medieval al que llaman Puente Romano. En el otro extremo de la ciudad hay un puente turco lleno de historias.
Los puentes de Travnik sobre los manantiales que bajan desde la montaña junto al castillo. En Travnik nació Ivo Andric y sobre ella escribió Crónicas de Travnik. El puente que lleva a la madrasa Elci, que parece una pintura china. El que cubre el manantial Agua Azul junto al café Lutva, donde charlaban los comerciantes de la novela. El puente otomano de Prizren, en Kosovo, desde donde se ve el castillo, las iglesias ortodoxas colgadas, la mezquita y todo el barrio antiguo embrujado.
En verano de 2013 vimos esos puentes y pensamos en aquella Yugoslavia unida de lagos y montañas, de costas y llanuras, de trenes que llevaban a todos, donde se mezclaban las culturas, las religiones, las lenguas, donde todos eran ciudadanos de una casa sin fronteras. Y también entramos en Zagreb en el Museo de las Relaciones Rotas, donde aparecen recuerdos de personas que rompieron, es como un puente póstumo. ¿Por qué no aparecían también testimonios de esa unión rota entre tantos pueblos?
Yugoslavia estaba llena de puentes y los rompieron. Y ahora quieren romperlos en España, en Europa. Para excluir a los otros, para levantar muros. Para meter a cada uno en su encierro. “Y así los muros de mi túnel serán cada día más espesos”, decía Ernesto Sábato en “El túnel”.
Pero a nosotros nos gustaba el Puente Gacela que unía con ligereza barrios, orillas, visiones. Era el símbolo de la ligereza y la gracia. La fantasía roja de la fluidez y la comunicación. Lo inauguraron en 1970 y lo rehabilitaron en 2010. A los yugoslavos les hacía tanta gracia que lo pusieron en un sello de correos. Por una vez un ministro se sintió poeta y dijo: el puente saltará sobre nosotros como una gacela. Tal vez vengan puentes como este, gacelas como esta.

ANTONIO COSTA GÓMEZ
FOTO: CONSUELO DE ARCO