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La meona artística


Al resto de ciudadanos nos supondría una linda sanción desocupar la vejiga en lugares públicos, atentando contra el decoro, la salubridad y las buenas costumbres. Cuando la micción viene arropada por un ejecutivo desnortado, una administración surrealista y dirigida a una sociedad castrada intelectualmente, el resultado son 400.000 euros del erario público para subvencionar los elaborados meos de una presunta artista. Al menos, la doncella tiene el detalle de no acuclillarse, de no levantar caninamente la pata jubilosa, y miccionar en masculina postura. Siempre protegida por calzado (higiénico detalle) de los efectos perniciosos del ácido úrico. Europa podrá disfrutar en la Bienal de Venecia de la hispánica cultura del orín. Del meo como ética y estética. Los visitantes podrán recrearse en las aguas menores como arte mayor (si se me permite el juego de palabras). No es novedosa esta estética urinaria. Ya en Caspalunya, Colau tuvo su propia meona autóctona, que derrochó nivelazo y cultura por las ramblas en modo de meada de vaca pirenaica. Pero la miccionadora independentista no recibía fondos del erario público. Su micción era de talante solidario (pelín marrano, eso sí) y altruista, ya que no percibía sueldo alguno por sus vaciados públicos de vejiga. Oscar Wilde decía que “la naturaleza imita al arte”, pero aunque el orín y la defecación son asuntos de lo más natural, tratar de hacerlos pasar por algún modo artístico define el alcance intelectual de los adalides de este dislate úrico. Esos talibancillos del pensamiento único; los que se rasgan las vestiduras cuando se les contraria; llevan tiempo intentando imbricar en la sociedad su pestífera visión del mundo. Pasar por la Bienal de Venecia como un país especializado en aguas menores, con el pipí como estética, no beneficia mucho a nivel de exportación de nuestro acervo. Tan sólo beneficia al bolsillo de la performer que podrá adquirir un amplio catálogo de ropa interior para no andar desbragada, orinando sobre coches y mobiliario público. No es nuevo este plan maquiavélico de hacer pasar por arte las regurgitaciones mentales de los representantes de la cultura totalitaria. A los neófitos e ignorantes que no alcanzan a comprender tan altas cumbres artísticas, se les informa; con condescendencia paternal; que una señora en cueros que se sumerge en barro representa la unión de Gea con el macrocosmos y la música de las esferas (que de palabrería andan sobrados estos estafadores). El bisoño agradece el conocimiento al que se le da acceso, admira la técnica y los años de estudio que se necesitan para encuerarse y emburujarse en barro (aunque no le parezca demasiado higiénico). Más adelante, otro artista se reboza en sus propios excrementos, representando a un animal enjaulado. Tras las correspondientes explicaciones, el espectador se iluminará con el conocimiento. Comprenderá que aquel creador representa la sociedad consumista, el infame sistema o la lucha del hombre contra las convenciones y la eternidad (o tal que así). Me permito proponer una nueva performance. Consistiría en depositar lindas defecaciones en las puertas de los domicilios de quienes autorizan y pagan estas manifestaciones artísticas. El zurullo representaría aquello que los ciudadanos piensan de estos gestores. El rostro, apretado, del actuante estreñido, podría simbolizar la búsqueda de universos paralelos a los que escapar de esta tropa. Acompañados de truenos, relámpagos esfinterianos y música intestinal. Así; a golpe de mojón; el mensaje enviado a los perpetradores tampoco se prestará a equivoco: Una mierda pá ti. La escatología como arte es lo que tiene. Para mear y no echar gota.