Cinco horas con Mario. Soberbio paisaje humano. Lola Herrera. Teatro López de Ayala


 

En Cinco horas con Mario, Miguel Delibes dibujó un soberbio paisaje humano. El paisaje de unos años donde la mujer se veía obligada a vivir constreñida, obligada a habitar en un territorio diseñado por y para hombres. Condenada a desarrollar el rol tradicional del mundo que le había tocado vivir. La vida en una ciudad de provincias ha sido para Carmen Sotillo (y para tantas Cármenes) una prisión. Una visión del mundo dictada por los parámetros de la Sección Femenina, por el patriarcado de cerrado y sacristía del nacionalcatolicismo, por la hipocresía y doble moral de la sociedad que le ha tocado en suerte. El texto esta desarrollado en torno a la oposición entre estructuras binarias: la de género, las dos Españas, la  tradicional y la liberal. La personalidad del difunto se va construyendo en base a las voces que otorga la protagonista a distintos personajes, las anécdotas y el profundo sarcasmo de sus quejas. Aunque durante el desarrollo, Carmen se aparece como archiconservadora; mujer de creencias rígidas enfrentada al liberalismo de su marido; su frustración deja entrever un inconformismo con el modelo  de sociedad  reinante y con el papel que le ha tocado, castrador de sentimientos. Martillo de libertades. Por este paisaje humano que nos regala Lola Herrera en estado de gloria, desfilan mitos y situaciones de la época como el inefable “Seiscientos”, la importancia de las apariencias, el status social, los roles de género o las frustraciones sexuales. Las contradicciones del personaje de Mario son numerosas. Un intelectual provinciano, sexualmente atonal y egoísta que vierte sobre su hija sus teorías de independencia, mientras mantiene a su mujer encarcelada en los convencionalismos que crítica. El texto de Delibes es una carga de profundidad contra la sociedad de la época con sus rituales externos y su podredumbre interna, el noviazgo, la apariencia, la noche de bodas, la obediencia al marido…

 

Educadas en el deseo ardiente de maternidad como único objetivo, la sumisión al pater familias, la belleza personal (con discreción) y la procreación, las mujeres como Carmen tuvieron vidas anodinas, frustradas, dependientes y supeditadas a todo menos a su voluntad y deseos. El intento de Carmen de subvertir los roles sociales le lleva a un frustrado adulterio con Paco, un antiguo obrero, que ahora se ha convertido en “gente bien”. Lola Herrera domina todos los recursos narrativos sobre las tablas, nos introduce en una época como testigo incierto, en las inquietudes y aires que soplaban en la época, ofreciendo una certera radiografía de la sociedad provinciana de los años 50. Cierto que gran parte del mérito reside en el formidable texto de Delibes, pero la actriz se lleva a su terreno a Carmen Sotillo para convertirla en su fetiche personal. No en vano lleva habitando la piel de esta mujer, haciéndola crecer, rebuscando en sus recovecos más ocultos desde 1979.

El ritmo narrativo que Lola Herrera imprime a este soliloquio es sorprendente. El habla trivial se transmuta en filosofía cotidiana, los vulgarismos y coloquialismos están insertados en el tempo, las inflexiones en el instante adecuado. Como una sinfonía de palabras reescrita una y mil veces sobre la partitura de la vida. Carmen nos habla de ese país donde todo lo negativo y subversivo era “extranjero”, recalcando especialmente la actitud de las mujeres de otros países, que incluso “llegan a trabajar”. Un mundo “sin principios ni nada”.

Para la mesocracia provinciana de Carmen, todo lo que representaba su marido es reprochable. Sacar adelante este collage narrativo es una tarea ardua que, en la voz de Lola Herrera, se convierte en un regalo para el público. Esta Carmen; reprochando al difunto posconciliar su falta de empatía en los instantes amorosos, convertidos (vía Ogino) en algo mecánico-reproductor) o sollozando mientras confiesa un adulterio “interruptus”; produce lástima por la selección únicamente negativa de los acontecimientos de su vida narrados. Deja un amargo sabor de boca. El decorado parco. Apenas unas sillas y una mesa, sobre fondo negro con ataúd rosa chicle, permiten a Carmen ir desarrollando su ajuste de cuentas con la época. Su personal radiografía del mundo castrador en que le ha tocado vivir. Lola Herrera nos reconduce hasta los fantasmas de otra época, pero al fin y al cabo, fantasmas universales. Y lo hace desde la serenidad, desde el magisterio que le permite el camino recorrido junto a Carmen Sotillos, desde la modulación certera de la voz, desde el domino de los registros narrativos, el recreo en el gesto, el juego telúrico con el texto. No en vano detrás del andamiaje está la dirección de Josefina Molina exprimiendo cada rincón del escenario, cada objeto, cada simbolismo. Esta España en blanco y  negro que retrata Delibes, se convierte en manos de la actriz vallisoletana en un ejercicio de progresión dramática. Desde el susurro inicial del velatorio, hasta la catarsis final, donde Carmen Sotillos se desgarra el alma en un ejercicio de sabiduría dramática. El grito desgarrado de Carmen frente al ataúd es el grito de toda una sociedad, de todas las mujeres condenadas a vivir su época, de aquellas que habitaron un mundo lleno de grisura (y no hemos avanzado). La actriz regaló una paleta de colores agridulces, una panoplia de honestidad interpretativa para su despedida de este personaje-mito. Quienes tuvieron la enorme suerte de disfrutarla en un teatro López de Ayala sin asientos libres, supieron agradecer el regalo con intensos aplausos. Larga vida a Carmen.

Ignoro si el finado Mario Díez Collado era pariente mío, a juzgar por su segundo apellido.