Festival de cine de San Sebastián, día 8


El festival es un año más joven que yo. Lo pensaba mientras bajaba en el 13 desde Altza al Bulevar. Penúltimo día. A falta de café bueno es un film de terror para abrir los ojos en un Principal vacío: no somos tantos los madrugadores que vamos a esa sesión de las 8:30.

El gigante es una coproducción entre Estados Unidos y Francia dirigida por David Raboy, autor de un guión en el que el mismo se pierde. Del gigante, que no vemos, sólo se oyen sus pisadas. Se me remueven las tripas con otros films de gigantes vistos en San Sebastián en anteriores ediciones. Pero no, aquí hay un asesino de chicas en un pequeño pueblo de Georgia en el que no pagan la luz porque siempre están a oscuras y con velas. Para justificar el caos narrativo, David Raboy se refugia en otro David, más talentoso, apellidado Lynch: realidad y sueño son lo mismo. La pesadilla de Charlotte, la joven protagonista, parece lisérgica aunque la chica no eche mano de más drogas que un cigarrillo y una botella de whisky. La película responde a ese subgénero de jovencitos americanos graduados que buscan sustos en casas malditas. El montaje es visualmente fascinante. Hay buenas imágenes, destellos por todas partes, baños en lagunas sombrías, relámpagos y truenos, algún beso y todos los actores hablan susurrando. Podría ser un film de terror lírico si tuviera pies y cabeza. Tampoco tiene pies y cabeza Carretera perdida de David Lynch, del que el director de El gigante roba algún que otro plano de carretera, pensarán ustedes. El de Cabeza borradora es un genio, abduce, te sorbe el cerebro con una pajita. David Raboy, no, pero debe reconocérsele que hace un film sobre un asesino en serie sin sangre y sin que veamos el estado en que han quedado sus víctimas. Le dieron 47 puñaladas, dice, en susurros, el padre policía a Charlotte, la adolescente a la que la madre abandona, una más, y de forma más drástica  que la madre de Rocks: se cuelga de un árbol en la primera y mejor secuencia del film.

Mientras voy hacia Baluarte a por mi desayuno reparo en el mármol negro donostiarra. Todo el centro de la ciudad está adoquinado con hermosas placas de ese noble material, enormes bloques de mármol negro están colocados en los espigones para proteger muelles, paseos y playas de los embates de ese furioso Cantábrico. Material noble para una ciudad rica.

Ayer me perdí, como me pierdo todas las fiestas, la gala de premiación al gran actor Donald Sutherland. Lo recuerdo como Casanova de Federico Fellini, sobre todo, y como fascista asesino de Novecento, ese extraordinario fresco revolucionario del gran Bernardo Bertolucci. De su discurso de agradecimiento me quedo con una frase referente a la actitud de la ONU con el cambio climático: Los chinos polinizan las plantas a mano porque ya no hay abejas y han desaparecido 2,5 millones de especies de pájaros. ¡Y la actitud de las Naciones Unidas es una mierda! Pues sí. Bye planeta.

Ken Loach, del que me ha sido imposible ver su última película, tampoco se ha mordido la lengua: A veces los primeros en aceptar la explotación laboral son los trabajadores. Perro mundo de lacayos que lamen las cuchillas de sus verdugos. Esto es mío.

Olivier Assayas es un director francés muy comprometido con la izquierda. El film que presenta en el festival es un clásico thriller de espías de impecable factura que se ve como un soplo. No es muy conocida La Red Avispa, título del film y de un grupo de espías cubanos que el régimen de Fidel Castro envió a Miami para infiltrarse en los grupos anticastristas como Hermanos al rescate sufragados por el multimillonario cubano exiliado Mas Canosa. El astuto dirigente, castrista más que comunista, sobrevivió a todos los intentos inimaginables para desarbolar a su régimen político y a su persona. La Red Avispa tuvo mucho que ver. Los hombres de la Red se mueven con inteligencia en los ambientes anticastristas de Miami sin ser detectados por ellos y vigilados, eso sí, por el FBI que, cuando le convino, acabó con ellos. Oscuras tramas. Están en el reparto, y en el festival, Penélope Cruz, que recibirá un premio especial a su carrera, en el papel de esposa de uno de los espías, y el mexicano Gael García Bernal. Todos los actores del film impostan bien un convincente acento cubano y sorprende bastante que Olivier Assayas haya decidido no incorporar actores de la isla al elenco interpretativo y sí al venezolano Edgar Ramírez en el papel principal, al brasileño Wagner Moura (Tropa de élite) y al argentino Leonardo Sbaraglia en este film hablado en inglés, español y ruso (el idioma que utilizan entre ellos los espías cubanos). Y ni un cubano.

Comida en Oquendo, la última, y no la más buena. Oquendo y no Okendo. Kursaal y no Kursal. Aprendo tarde, en el último día. Voy luego al Principal. Se ha ido mucha gente del festival porque apenas hay cola. Quedamos los irreductibles.

Algunas bestias parece rodada por un discípulo de Pablo Larraín. Película chilena que es una perla oscura y que necesitaría un subtitulado como la española La trinchera infinita para ser comprensible. Los espectadores anglos, gracias al subtitulado en inglés, seguro que se han enterado mejor que yo. Una pareja quiere montar un hotel con encanto en una árida isla en la que hay un edificio ruinoso. Invitan a pasar unos días a los padres de ella con la idea de pedirles que les ayuden económicamente en su empresa. También están sus dos hijos. El barquero desaparece un día, no hay agua, ni conexión de móvil y la situación se hace desesperante y estallan las tensiones en esa atípica familia que mantienen entre ellos una relación enfermiza. El espacio, en este caso reducido y claustrofóbico de una isla (buen plano cenital de inicio con la barca y sus protagonistas desembarcando), como escenario de este tenso y morboso drama que hace aflorar los peores instintos y desvela secretos inconfesables que comparten. Dirige el chileno Jorge Riquelme Serrano y entre los actores, en el papel de abuelo incestuoso (esa, la del incesto, larga y prolija, es la escena que más provoca e incomoda del film) Alfredo Castro, el cura pederasta de El club de Pablo Larraín. Si una de las funciones del arte es provocar, el director chileno da en la diana.

La acidez de la película chilena queda paliada por el trazo clásico y mesurado de la coproducción entre Canadá, Reino Unido y Hungría que proyectan en la misma sala a continuación. The song of name es una película que va de música, religión, holocausto y, sobre todo, amistad. Con las primeras imágenes me pareció estar repitiendo, en otro país y en otra época, la más que notable Audición. No. Un niño de 9 años virtuoso del violín llamado Dovidl, hijo de una familia polaca judía, es encomendado a una familia británica para que siga sus estudios musicales. Ese pequeño genio, que al principio colisiona, con Martin, el hijo de la familia que la ha adoptado, también músico, traba pronto una amistad indeleble con él que se prolonga más allá del final de la Segunda Guerra Mundial. Misteriosamente, el genio del violín desaparece cuando debe dar un concierto en Londres. Su amigo lo buscará durante toda su vida. Tim Roth interpreta al muchacho británico en su edad adulta, y Clif Owen, al virtuoso violinista judío. El film, en la Sección Oficial, pero fuera de concurso, lo dirige, como si una partitura de música clásica se tratara, el canadiense François Girard, especialista, precisamente en films que giran en torno a la música (El violín rojo) y tiene momentos sumamente emotivos. Una buena película comercial, sin duda.