Estudio en negro, de José Carlos Somoza


Es José Carlos Somoza (La Habana, 1959) uno de nuestros escritores más internacionales (su obra ha sido traducida a más de 30 idiomas) que ha incursionado en diversos géneros, desde el misterio al erótico, pasando por el fantástico, con los que ha cosechado innumerables premios literarios de prestigio como La Sonrisa Vertical, Gold Dagger, Fernando Lara, Café Gijón, Dashiell Hammett, Ciudad de Torrevieja, entre otros, ha publicado libros de éxito (Clara y la penumbra fue llevada al cine por Jaume Balagueró con el título de Musa) que concitan un gran número de lectores, y es autor, lo que parece una obviedad pero no lo es en esta época en la que el mundo del libro es una selva en la que hay que aislar el escaso y valioso grano de toneladas de paja.

En Estudio en negro el autor de El origen del mal nos traslada a la Inglaterra del siglo XIX, de la mano, y la voz, de la enfermera Anne McCarey, la original narradora de este relato—En esas estábamos cuando la puerta de entrada se abrió y allí estaba, inmóvil, espantosa, Hettie Walters, cuya mirada inmensa me hizo recordar la primera vez en mi vida que vi una vaca pariendo, conste que lo digo para que ustedes se hagan una idea y no por ofender—, una mujer poco agraciada y maltratada por su marido, un marino alcohólico —Me vi morir. Allí, en mi casucha de dos habitaciones, con mi vajilla hecha trizas y las manos de Robert alrededor de mi cuello. Pero fueron sus ojos los que más temor me dieron. Eran oscuros y olían a carne. No quise mirarlos—, que abandona Londres para cuidar a un singular y misterioso paciente sin nombre, simplemente X, en una exclusiva clínica para enfermos mentales de Portsmouth en donde se producen una serie de asesinatos horribles en los ambientes portuarios de la ciudad costera y en el submundo degradado de los teatros clandestinos. Las brillantes deducciones de X, que saca conclusiones del más mínimo detalle que no le pasa desapercibido, se reforzarán con la llegada a la clínica de un doctor llamado Arthur Conan Doyle.

El alimento de un escritor son los buenos libros, y se nota que José Carlos Somoza es un buen devorador de ellos. Estudio en negro, un homenaje a uno de los padres de la novela criminal, es también un retrato de la miseria del siglo XIX en Inglaterra que tan bien supo plasmar Charles Dickens en sus excelentes novelas, y cito a Dickens porque hay mucho, y bueno, del autor de David Copperfield y Oliver Twist en las páginas del último Somoza, sobre todo en ese apasionante paseo por el submundo de los teatros clandestinos en donde niños huérfanos son obligados a pelear, para disfrute del populacho, y niñas a bailar con escasa ropa.

Los niños con quiénes la vida se ceba en toda su crueldad, que abundan en Portsmouth no menos que en las calles de Londres, harapientos, sucios, de mirada fija y ansiosa. La gente no suele volver la cabeza cuando pasan como bandadas ruidosas, pero los contemplan ávidamente en los escenarios legales o clandestinos.

Hay una trama de misterio, dosificada por entregas en el libro —No hubo agonía ni médico ni amigo o familiar que le llorase, ni portadores de féretro, ni caballos emplumados como cuervos, ni viuda velada encabezando cortejo alguno. El instante decisivo le sobrevino sentado. Luego lo cargaron entre dos y lo sacaron de su casa dentro de una bolsa. El resto no fue silencio, sino un vulgar traqueteo en un carruaje de todo inapropiado para su fúnebre contenido—, como si fuera un folletín de época, que concita la atención del lector y espera una próxima entrega como agua de mayo, y hay, sobre todo, buena literatura en el trazado de los personajes, en sus descripciones físicas —El sargento, que como digo iba de uniforme, parecía haber sido construido con el material sobrante tras hacer a Merton: alto, obeso con simpático, sonriente sobre el barboquejo del casco, que formaba una segunda papada sobre la primera, de mostacho como un gato rollizo y manso, a diferencia del entrevistado y agresivo del inspector—, en sus impecables y muy trabajados diálogos y en esa Inglaterra prodigiosamente recreada, sin imposturas, por José Carlos Somoza que parece haber realizado un viaje astral al siglo XIX y haberse metido en la cabeza de la infortunada Anne McCarey para hablarnos del nacimiento de Sherlock Holmes y de la eclosión del teatro como espectáculo de masas en la Inglaterra victoriana— Créame si le digo, señorita McCarey: en el siglo que se avecina, el teatro saldrá a la calle con toda su violencia. Será espectacular. Será terrible. Pero será muy, muy revelador...

No desdeña la crueldad, cuando la situación lo requiere, el autor de La caverna de las ideas, sin por ello abandonar ese exquisito trazo british que impregna toda su novela: La taza de té que sostenía y él cayeron uno junto al otro, en un mismo charco, como si ambos se hubiesen destrozado. ¡Cuánto placer sentí entonces! Vi sus pequeñas piernas flexionadas, su cabeza con el rostro entre las manos. Así, desde donde yo lo miraba, parecía un feto envuelto en batín. Un aborto maduro recién extraído, cortado ya el cordón de sangre que lo unía a la vida.

Estudio en negro se lee con el mismo placer con que se admira una película de James Ivory. Se nota, leyéndola, no solo el esfuerzo de documentación que requiere el empeño literario del libro que el lector tiene entre manos, sino también el placer de su autor escribiéndola, que transmite, y su disciplina artesanal para su perfecto acabado. Uno de los mejores Somozas, sin duda, empaquetado en una magnifica edición de Espasa que incluye facsímiles de programas y carteles de representaciones teatrales y páginas de los diarios de Portsmouth, el brumoso escenario en el que el autor sitúa su espléndida novela.