La cava III: Maestro Inspirador

Por Julieta Katherina Destefani
I. EL HOMBRE AL QUE SEGUÍAN
Cuando Giuseppe Garibaldi condujo a sus voluntarios en las campañas de 1866 y 1867, su nombre ya pertenecía a la historia de la unificación italiana. Había adherido a la Giovine Italia en 1833, comandado a los Cazadores de los Alpes en las victorias de Varese y San Fermo de 1859 y encabezado la expedición de los Mil en 1860. Tras la conquista del Reino de las Dos Sicilias, había entregado a Víctor Manuel II el poder sobre los territorios conquistados.[1]
La construcción territorial del nuevo reino seguía abierta. El Veneto permanecía bajo dominio austríaco; Roma, bajo el gobierno pontificio. Las campañas siguientes llevarían nuevamente a Garibaldi al frente de hombres que se ofrecían como voluntarios.
II. EL MAESTRO MASÓN
Su pertenencia a la masonería se remontaba a 1844, durante su etapa sudamericana. Ese mismo año fue regularizado en la logia Amis de la Patrie, de Montevideo, dependiente del Gran Oriente de Francia.[2]
En junio de 1860, en Palermo, fue elevado al grado de Maestro Masón.[3] Cuatro años después, el 24 de mayo de 1864, fue elegido Gran Maestro del Grande Oriente d’Italia. El grado y el cargo correspondían a funciones diferentes dentro de la organización masónica.
Garibaldi aceptó la elección el 6 de junio y, dos días después, designó a Antonio Mordini como representante suyo. Según la historia institucional, aquella designación produjo malestar dentro del Grande Oriente. A ello se sumaban las reservas del Supremo Consejo de Palermo ante su aceptación del cargo.[2]
El 8 de agosto presentó su renuncia, invocando «lo stato non buono della salute»: su mal estado de salud. Ese fue el motivo declarado. Las tensiones institucionales forman parte del contexto registrado por la misma fuente, aunque no permiten establecer por sí solas qué peso tuvieron en su decisión.[2]
La renuncia al cargo no puso fin a su vínculo con la masonería. El 30 de abril de 1872 fue nombrado Gran Maestro Honorario de por vida.[2]
III. LA VICTORIA Y LA ORDEN DE RETIRARSE
En 1866, durante la Tercera Guerra de Independencia, Garibaldi comandó al Cuerpo de Voluntarios Italianos en el frente del Trentino. El 21 de julio sus hombres obtuvieron la victoria de Bezzecca.[1]
Entre quienes se habían incorporado a la campaña estaba Antonio Tomba, nacido en Valdagno el 8 de abril de 1849. Tenía diecisiete años cuando dejó su casa de noche, sin previo aviso, después de escribir una nota para su madre. Viajó con un compañero hasta Bologna, donde se reunían los voluntarios. Tras recibir instrucción en Barletta, fue enviado al norte, primero a Milán y después al lago de Garda.[4]
Antonio no participó en la batalla de Bezzecca. Trivelli lo señala expresamente y distingue su reconstrucción de otras versiones más épicas, pero menos fiables, de aquella experiencia militar.[4]
El 9 de agosto, el general Alfonso La Marmora transmitió a Garibaldi una orden de retirada. El despacho número 1073 explicaba que las consideraciones políticas hacían necesaria la conclusión del armisticio, para la cual se exigía que las fuerzas italianas abandonaran el Tirol. Por disposición del rey Víctor Manuel II, sus tropas debían haber cruzado la frontera de regreso antes de las cuatro de la mañana del 11 de agosto.[5]
Garibaldi respondió: «Ho ricevuto il dispaccio 1073. Obbedisco».
«He recibido el despacho 1073. Obedezco».[5]
La retirada respondía a las condiciones de la negociación del armisticio. La victoria de Bezzecca no bastaba para decidir la permanencia de las tropas en el territorio ocupado.
Desde el destacamento de la zona de Riva del Garda, Antonio fue enviado a Brescia y posteriormente licenciado. Su regreso a Valdagno, junto con el de los otros voluntarios, fue recibido con aclamaciones, celebraciones y música.[4]
IV. ROMA, TODAVÍA PENDIENTE
En 1867 Garibaldi volvió a movilizar voluntarios, esta vez para conquistar Roma. La campaña pasó por Monterotondo y terminó el 3 de noviembre con la derrota de Mentana frente a las fuerzas pontificias y francesas.[6]
Antonio Tomba participó en aquella expedición junto con su hermano Francesco. Ambos fueron incorporados en Rieti a los Carabinieri Genovesi. Antonio tenía dieciocho años cuando combatió en Monterotondo contra las milicias pontificias, en octubre de 1867. Los hermanos regresaron después a Valdagno, antes del desenlace de Mentana.[4]
Antes de convertirse en empresario vitivinícola en Mendoza, Antonio había sido uno de los jóvenes que se incorporaron a las campañas de Giuseppe Garibaldi. Su experiencia como voluntario formaba parte de la vida que llevaría consigo al otro lado del océano.
Bibliografía y fuentes:
[1] MuseoTorino. «Giuseppe Garibaldi (Nizza, 1807 – Caprera, 1882)». Ficha biográfica institucional.
[2] Grande Oriente d’Italia. «Giuseppe Garibaldi, 24-05-1864/08-08-1864». Ficha institucional basada en L’Italia dei liberi muratori, de Vittorio Gnocchini.
[3] Grande Oriente d’Italia. Hiram, n.º 1, 2007. Referencia a la elevación de Garibaldi al grado de Maestro Masón en Palermo, en junio de 1860.
[4] Trivelli, Giorgio. «Antonio Tomba, un emigrante italiano alla conquista dell’Argentina». Mediterranea. Ricerche storiche, año III, n.º 8, diciembre de 2006, pp. 523–538. Para el nacimiento y las campañas militares: p. 524, nota 3, y pp. 528–530.
[5] Garibaldi, Giuseppe. Epistolario, vol. XI, abril–diciembre de 1866. Edición a cargo de Giuseppe Monsagrati. Istituto per la storia del Risorgimento italiano, 2002, p. 159, documento 4541 y nota documental correspondiente.
[6] Senato della Repubblica, Biblioteca. «Dichiarazioni sulla battaglia di Mentana». MinervaWeb, agosto de 2020.
Capello se cita a través del estudio de Giorgio Trivelli.
Parte III
Maestro Inspirador: Toda obra comienza con alguien que nos inspira.
Buenos Aires, octubre de 2026.
Salí del hotel donde me estaba quedando y caminé hacia la línea H. Tenía que tomar el metro; aquí le dicen subte.
Era mi segunda vez en Buenos Aires. Algunas esquinas me resultaban familiares hasta que miraba el nombre de la calle. Entonces volvía al teléfono y comprobaba dónde estaba. A mis treinta y seis años todavía confiaba más en una flecha sobre una pantalla que en mi capacidad de recordar por dónde había venido.
Antes de pasar los molinetes revisé otra vez el recorrido. Corrientes. Dirección Facultad de Derecho. Córdoba, Santa Fe, Las Heras, eran tres paradas, imposible perderse.
Guardé el teléfono y bajé.
Me detuve un momento para mirar la estación. Había entrado pendiente de las indicaciones, procurando no estorbar a quienes parecían saber exactamente adónde iban. Recién entonces pude mirar algo más que flechas y nombres.
Che bello. Tanta gente, toda linda, bien vestidos. Looks particulares…la gente que vive aquí tiene impronta de artista.
En el andén comprobé la dirección una última vez. Nunca es suficiente.
Encontré un asiento en el vagón. Me acomodé la cartera sobre las piernas, saqué los auriculares y busqué la grabación. Me había grabado contando lo que había escrito, ordené la información para contarle a Servando y repasarlo era parte del recorrido para no perderme en mis propias ramas
—Antonio tenía diecisiete años cuando se fue de su casa para seguir a Giuseppe Garibaldi.
Mi propia voz me resultaba más enfática de lo que recordaba.
—Dejó una nota para su madre y salió de noche…
Miré mi reflejo en la ventanilla. Detrás de mi cara se sucedían luces, cables, paredes oscuras.
Diecisiete años.
Yo había anotado fechas, lugares, nombres de batallas. Ahora pensaba en la nota. En el sitio donde la habría dejado para que su madre la encontrara. ¿Sobre una mesa? ¿Junto a algo que ella fuera a buscar por la mañana?
Eso no lo sabía.
Servando me escucharía contar la partida de Antonio, para entender la partida de Domingo y quizá se quedaría pensando también en esa mujer que amanecía con una ausencia y un papel. Imaginé su manera de inclinar apenas la cabeza, esperando que yo terminara antes de preguntar.
Quería contarle demasiadas cosas.
—Giuseppe ya era maestro masón…
La grabación continuó con una fecha. Yo seguí pensando en el nombre.
Giuseppe.
Al principio de mis notas era Garibaldi. Después, de tanto leerlo, había empezado a llamarlo Giuseppe, como si la familiaridad con sus campañas me autorizara la cercanía.
Antonio lo había seguido cuando todavía tenía por delante casi toda su vida.
Y después estaba Domingo.
Me lo imaginé pequeño, mirando volver a su hermano. Intenté darle una altura, situarlo junto a la mesa de una casa, pero la imagen no terminaba de acomodarse.
¿Qué edad habrías tenido?
Apoyé el pulgar sobre la pantalla y detuve mi voz.
¿Cuántos años tenías, Domingo?
C’è così tanto che non so di te: Hay tanto que no sé di te. O como dicen aquí, de vos.
De Antonio podía seguir los viajes, contar los años, reconstruir una parte de su juventud. De vos todavía me faltaba algo tan sencillo como un comienzo. Una fecha. El día en que alguien hubiera escrito tu nombre por primera vez.
El tren frenó. Levanté la vista hacia el andén. Córdoba.
Volví a poner la grabación.
—En 1867 se incorporó otra vez a los voluntarios, junto con Francesco, su hermano mayor…
Había dicho «su hermano mayor» y pasado enseguida a otra cosa. Retrocedí unos segundos.
Francesco.
Antonio también había tenido un hermano mayor.
Me acomodé un auricular que empezaba a aflojarse. La historia se me llenaba de hombres mirando hacia otros hombres, muchachos que se iban detrás de una convicción y familias que esperaban noticias.
Yo quería contarle a Servando cómo Domingo había seguido a Antonio. Pero, mientras lo ensayaba, empecé a preguntarme qué había significado seguirlo. Cuánto habría elegido por sí mismo, cuánto habría aprendido trabajando a su lado. En qué momento el trabajo de los dos habría empezado a tener una forma que ya ninguno podía hacer solo.
Pensé en La Cava…
Servando caminaba por ese lugar todos los días. Abría puertas, recibía gente, organizaba la vida de El Ensamble entre paredes que yo todavía estaba aprendiendo a leer.
Me hubiera gustado preguntarle qué rincón había elegido primero cuando llegó. Qué había visto allí antes de imaginar el club.
Lo anoté para después. El subte se detuvo en la estación Santa Fe.
Alguien se levantó y con inercia de movimiento continuo, me levanté para dejarlo pasar. Ya que estaba, me acerqué a la puerta y sujeté el pasamanos.
En los auriculares, mi voz seguía acumulando datos. Yo había empezado a discutir conmigo
No, eso primero no.
Antes le voy a contar lo de los logros de Giuseppe.
No. Primero le voy a preguntar si conoce esa parte.
Sonreí sola.
Llevaba buena parte del viaje conversando con un hombre que no estaba allí y haciéndole preguntas a otro que llevaba más de un siglo muerto.
El tren empezó a frenar.
Me quité los auriculares, pero los dejé colgando entre los dedos, todavía encendidos.
—¿Bajás acá?
La pregunta tardó un momento en alcanzarme. Giré la cabeza. Una mujer me miraba desde detrás de mi hombro.
—Sí. Sí, bajo.
Me acomodé la cartera y avancé cuando se abrieron las puertas. La mujer pasó a mi lado. Yo tardé unos pasos más en recuperar el ritmo de los demás.
Estación Las Heras.
Seguí a la gente hacia las escaleras mecánicas y me quedé a la izquierda.
—Permiso.
Me corrí apenas.
Un hombre pasó deprisa. Detrás vino otro.
—Permiso, gracias.
Miré hacia delante. Quienes permanecían quietos estaban alineados a la derecha; por la izquierda seguían subiendo los que tenían alguna urgencia que yo desconocía.
Cuando comprendí la coreografía, ya estaba por llegar arriba.
Me cambié de lado en los últimos escalones.
En Buenos Aires, si vas a quedarte quieta, tenés que aprender dónde o te llevan bailando «La foule» de Edith Piaf.
Guardé los auriculares. La grabación seguía avanzando; alcancé a oír una palabra diminuta antes de pausarla.
Afuera, el ruido de la avenida ocupó de golpe el lugar de mi voz.
Un colectivo verde cruzó frente a mí y durante unos segundos me tapó la otra vereda. Detrás aparecieron balcones de hierro, molduras claras y una torre de ventanas repetidas que parecía haberse levantado sin pedirles permiso a las casas de al lado.
Levanté la vista. Las copas de los árboles entraban entre los edificios.
Había leído algo sobre las residencias francesas de Recoleta. Intenté reconocer aquel estilo en una fachada, pero el semáforo cambió y tuve que volver a mirar por dónde cruzaba.
Atravesé Las Heras, después Pueyrredón. Consulté el mapa y seguí hacia las calles interiores del barrio.
Podía acercarme a la biblioteca por un camino más corto. Sin embargo, el paseo que bordeaba el sector elevado me atrajo hasta una vista que se abría sobre Libertador.
Me acerqué al balcón. Desde allí la ciudad tenía otra profundidad. Los autos continuaban abajo; más lejos, los árboles dejaban aparecer otros edificios. Me apoyé un instante y guardé el teléfono.
En Italia era Otoño. Por un momento sentí nostalgia. Me sentí muy a gusto en ese balcón.
Pensé en la distancia que había recorrido Antonio.
La mía podía medirse en horas de vuelo, en mensajes enviados al llegar, en una pantalla que me devolvía el camino al hotel. Intenté imaginar qué habría guardado él antes de partir, qué objeto habría tomado con la certeza de que podía necesitarlo al otro lado del océano.
Después volví a Domingo. Siempre vuelvo a él.
Vos lo seguiste hasta acá… Le dije a mi muerta compañía.
Todavía no sabía cómo iba a decirle eso a Servando. En mi cabeza había sonado evidente durante días. Ahora, cerca del libro, me parecía una frase que tenía que aprender a preguntar.
¿Cuánto de tu hermano viniste a buscar, Domingo? ¿Y cuánto de vos encontraste?
Seguí caminando.
Volví a ponerme los auriculares. Busqué el punto donde había dejado la grabación y escuché unos segundos. Mi voz tenía preparado un recorrido bastante más seguro que el mío.
Me dejé hablar.
A medida que rodeaba el paseo, la biblioteca fue apareciendo entre las ramas. Primero una parte de los ventanales; después el gran cuerpo de hormigón, elevado sobre apoyos que desde aquella distancia parecían sostener demasiado. Es como un anave espacial lista para despegar con toda la historia de este país.
Me detuve para mirarla entera.
Allí estaba el libro.
Después de las consultas, de las referencias copiadas y de aquella respuesta que nos había enviado de una biblioteca a otra, había llegado hasta el edificio que lo guardaba.
Miré la hora.
Me acomodé el pelo detrás de una oreja, suspiré azul profundo y busqué las escaleras.
Mientras empezaba a bajar, repasé el comienzo de lo que iba a decirle.
Antonio tenía diecisiete años…
No me quiero olvidar de saludarlo. Podía preguntarle primero cómo estaba. Sonreí y levanté la vista.
Lo vi en la rampa de enfrente.
Iba subiendo hacia la biblioteca. Se detuvo casi al mismo tiempo que yo.
Detrás de él, sobre el muro, alcancé a leer dos palabras:
«Infinita veneración» ¿El universo me leía la mente con palabras de Borges?
Durante un instante ninguno se movió. Servando me miraba desde el otro lado de la calle. Después sonrió y empezó a bajar la rampa.
Yo terminé de bajar las escaleras mientras guardaba los auriculares para que no me incomodaran al besarlo. ¿Dije besarlo?
Un auto pasó entre los dos. Cuando pude cruzar, él ya había llegado a la vereda.
Había ensayado tantas veces cómo empezar que, al tenerlo delante, no encontré ninguna de aquellas frases.
Servando abrió los brazos.
Me acerqué y lo abracé con fuerza. Sentí su mano afirmarse en mi espalda y apoyé mi cara junto a su cuello.
Tardamos en soltarnos.
Continuará…
Julieta Katherina Destefani es escritora argentina, nacida en Mendoza y residente en Buenos Aires. Su obra explora los vínculos entre memoria, territorio e identidad. Ecuentra en los archivos y en las huellas del pasado el punto de partida para nuevas narrativas. Su escritura se mueve en los márgenes donde la historia documentada se encuentra con la literatura y la memoria vuelve a adquirir voz.
Contacto: julidestefani1@gmail.com