Rosa Morena y las guindas del pavo


 

 

 

Rosa Morena por Ibáñez

Andaba uno todavía en pantalones cortos. Era esa etapa ilusa en la que los parques nos parecen mucho más grandes de lo que son en realidad. Caminaba de la mano de mis padres cuando; frente a la Puerta de Palmas; me llamo la atención una mujer que cantaba desde el balcón de la virgen. Su silueta, habitada de una roja túnica, que también le cubría la cabeza. Recuerdo el efecto del foco que dibujaba tres siluetas, ya que ella se situaba justo delante de la imagen de la virgen ¿Quién es esa señora? Pregunté con infantil ignorancia. Un paisano se encargó de aclararme la duda existencial con voz de sesudo admirador.

-¡Hijo, es Rosa Morena!

-¿Morena? Pero si esa señora es rubia –conteste, con candor infantil-

He recordado esta anécdota de la infancia cuando he conocido el fallecimiento de Manuela Otilia Pulgarín González, conocida para el mundo como Rosa Morena. Rosa vivió una época complicada y turbulenta. Un país que escapaba a pasos acelerados del oscurantismo, de lo garbancero. Del cerrado y la sacristía. Y lo hacía como todas las revoluciones que en el mundo han sido. Pasándose de rosca. De la represión clerical institucionalizada a las portadas de Interviú (donde también fue protagonista), del celibato intelectual, al destape casposo. De la folclórica de baúl viajero y bata de cola; garante de la raza y las buenas costumbres; a la jamona explosiva y sexi que actúa frente a paracaidistas en una emisión polémica, debido a la sensualidad que derrochó la cantante frente a las actitudes embobadas y machistas del uniformado público. El mismo técnico de sonido definió la experiencia como caótica. Lo cual demuestra que no habíamos avanzado mucho desde la maraña arquetípica de antaño. Eran años de farisaicos y cavernarios exaltados.

 

De niña prodigio; junto a la familia de Porrina de Badajoz; hasta el show de Ed Sullivan, donde compartía cartel con Frank Sinatra, Judy Garland y Dean Martin. Fue la primera cantante de habla hispana que obtuvo el galardón de “Mejor Artista Extranjera del Año”, que otorgaba la Asociación de Críticos Norteamericanos.

Rosa Morena fue una pionera de ese híbrido que se ha venido a denominar “flamenco pop”.  Su versión; en el año 70; de “Échale guindas al pavo”, supuso una revolución y se convirtió en un tema de culto. La canción, compuesta por Perelló, Mostazo y Cantabrana, es uno de los títulos más emblemáticos de este estilo en los 70. La misma Rosa Morena no confiaba en el éxito del proyecto, ya que la consideraba un tema banal. La canción llegó a conquistar países como Japón muchos años antes que la inane “Macarena” de Los del Río.

Rosa Morena se convirtió en un icono erótico con su melena leonina, sus mohines, entre pícaros y cándidos, sus escotes de vértigo y esa raza que se trae de cuna y no se aprende en ninguna escuela. Recuerdo, en mis paseos adolescentes pacenses, detenerme en el escaparate de Casa Cerezo, desde la cual las portadas de Belter (su primera compañía), Hispavox y Columbia, invitaban a la delectación y la contemplación (la del que huye del mundanal ruido). Desde las fotografías de aquellos vinilos, LP y singles), la mujer a quien los productores de “Flor Salvaje” intentaron convertir en la Brigitte Bardot española, se nos antojaba algo lejano.

Como un sueño de erotismo superlativo para la época que; desde aquellas fotografías; invitaba a dejarse abanicar por las pestañas kilométricas al uso, a dibujar aquellos labios entreabiertos y oferentes. La cantante lucía melena de un insultante platino, ocultando los insinuados senos; sin el púdico abrigo del sujetador; señal de rebeldía. Nuestros sueños adolescentes no llegaban a la lubricidad del sicalíptico, obsceno y ultramachista Camilo José Cela y sus declaraciones sobre perseguir a Rosa Morena por la plaza de su pueblo natal.

Llevó a Extremadura por todo el mundo y recibió numerosos premios. “Oti”, como se conocía en su ciudad natal a María Otilia Pérez Pulgarín, siempre hacía gala de su calidad de extremeña cuando la presentaban como andaluza. La enfermedad se cruzó en su camino, parando en seco su carrera y proyectos, con un contrato con Paramount a punto de cerrarse.

Desde los “Jueves Infantiles”, de la mano de Julián Mojedano, en el Teatro López de Ayala (1953) hasta participar como extra en “Salomón y la reina de Saba”. Desde las “Cabalgatas” de Bobby Deglané y José Luis Pécker (acompañada de su madre), al programa de Pipo Mancera en Argentina, donde fue bautizada como “La Bomba Española”, Hasta su proclamación como reina por el colectivo gay en 1997, debido a su defensa de la libertad sexual. La trayectoria de la hija del minero pacense, la llevó a inaugurar el Burger King. Desde el duro estío extremeño a codearse con Celia Cruz, o al (aún más duro, Aaiún) para cantar para la soldadesca enardecida. De ser abrazada en Radio City por Sinatra (que la llamó “My Baby”) a medirse en un club con la fabulosa Ella Fitzgerald, misturando jazz y flamenco-pop.

 

En Buenos Aires le decían que saludara a la gente. Rosa, que se autodefinía como una “catetilla, les plantaba dos ósculos a los desaforados fans, siendo invitada a “dar la mano”. No, besos, no, mejor saluda con la mano.

En sus últimos años soñaba con descubrir talentos musicales en su ciudad natal, aunque le quedo la pena de que los proyectos los llevaron a cabo otros y le robaron alguna idea para programas de televisión. Rememoraba el pasado y su labor como pionera del flamenco-pop, que después “le robaron” (incluso la imagen). La posteridad juzgará si los homenajes de Los Palomos y el premio Grada a su trayectoria fueron suficiente justicia para esta mujer hecha a sí misma que; tras echarle al pavo azuquita, canela y  clavo; tuvo que echarle coraje a la vida. Descanse en paz