El opio de los necios


 

El ínclito Marx (no el del camarote, el otro) decía que la religión era el opio del pueblo. Pero se olvidó de la parte donde dice que las ideologías son el opio de los necios. Hay ciudadanos que eligen vivir su vida en un continuo plano-secuencia. Sin cambios de escenarios ni avances. Pero sobre todo sin el necesario plano-contraplano que permite visionar las opiniones de otros y comprender que hay vida más allá de los estrechos parámetros de las doctrinas.

Es lícito y respetable, que cada cual decida si camina por la vida con anteojeras para realizar su tarea circular en la noria, sin poder visionar el resto del mundo. Sin atisbar que permanece siempre en el mismo lugar. Es un acto de libertad que se elige voluntariamente, pero del cual no se puede hacer partícipe al resto de la ciudadanía. Desde respeto y la tolerancia a las propias creencias; hasta la imposición de la visión de túnel a los otros; media un abismo. Abismo al que de tanto asomarse, termina asomándose dentro del interfecto (con permiso de Nietzsche).

Desde la creencia ciega; sin matices ni posibilidad de duda; hasta el sectarismo; la distancia es reducida. Quien ha elegido hacer de su vida un compartimento-estanco, como en los barcos, donde no se pueda filtrar nada del exterior, no comprende que la inmensa mayoría de los habitantes del terruño no comparten ese juego perverso de los “Hunos” y los “Hotros”. Quien elige vivir empapado de la ponzoña de alguna doctrina, no puede llegar a percibir la visión periférica del mundo que tienen los ciudadanos que no entran en la palestra de “los tuyos y los míos”. Aquellos que no se dejan etiquetar, ni marcar como ganado por algún color, bandería o creencia. Quienes han elegido el camino de la tolerancia, el bien común, el respeto, a libertad y la lucha por un humanismo sin fronteras, quedan asombrados antes las deficiencias, carencias y sevicias con las que esclavizan las distintas ideologías.

El método maquiavélico que utilizan para transforman la realidad en un laberinto sin salida, en un cristal empañado que impide ver el mundo en su amplitud, escapando del estrecho y constreñido espacio con que se limitan estos ciudadanos.

No es esto lo más grave. Los “fieles” practicantes de estas necedades, inventadas por algún ideólogo (no confundir con filósofos o pensadores), que no le tenía demasiado aprecio al trabajo, suelen responder a la lógica con la inflexibilidad. A la razón, con la visceralidad y con un trabajo a fondo del cerebro límbico, responsable de la irracionalidad y las emociones no filtradas.

Cualquier opinión razonable, cualquier puesta en duda de las posiciones de su imaginario, es interpretado como anatema por los talibancillos del pensamiento único. Aportando un lindo rasgado de vestiduras y puesta al día de los trastos de matar. Incapaces de comprender que el resto de la población no adora a sus becerros de oro y que, hay miles de ciudadanos capacitados para detectar errores, injusticias, deslices y demás lindezas en los encargados de gobernar la sociedad. Ciudadanos que no sufren de la ceguera parcial que acompaña a los fervores militantes.

Ante un “zasca” bien repartido, el acólito no reacciona con clarividencia. Su vocación de colmena le impide ver el verdadero escenario  de la contienda. Su estrechez de paisajes, le acorta el sendero. El integrante de una bandería no responde a la realidad limpiando su casa (como estaría mandado), lo hace desde la violencia, el insulto, la descalificación o la amenaza.

Incapaz de comprender que la mayoría de la sociedad está por encima de la rencillas internas o de los pensamientos encorsetados de las doctrinas. Vive la cotidianeidad desde el estrecho encarcelamiento en que está confinado. Sin distinguir la luz más allá del túnel. No percibe que el resto de habitantes del terruño, están hasta las gónadas del nefasto deporte del “y tú más”. De ese perverso juego de atribuir a otros los errores y goles en el propio campo. Urge una educación social y emocional que entrene al ciudadano en el pensamiento humanista, en la verdadera justicia social, sin el filtro de los credos y los idearios, origen de todos los males en la historia.

Confucio orientaba en Las Analectas  acerca de  a valoración y educación de quienes nos rodean y la creación de un mundo donde actuar de forma correcta. Nos queda un largo camino. O lo llevamos crudo.