«Lo que la tierra calle», de Iván Baeza

JOSÉ LUIS MUÑOZ

Inspirado thriller rural de arquitectura impecable el que ofrece al lector Iván Baeza,  y es que últimamente ando muy obsesionado con la arquitectura de las novelas, con su construcción, y esta, además de bien escrita y tener todos los ingredientes para ser adictiva,  tiene buenos cimientos y es un edificio que no tiene fallas estructurales, y eso a pesar o gracias de una trama laberíntica en el tiempo pero que no nos hace perder el hilo, y para los que se despisten ahí está el glosario de personajes al final del libro, porque la novela del madrileño es un drama coral, maneja el escritor un sinfín de personajes bien definidos que se caracterizan, casi todos ellos, por arrastrar más sombras que luces. Y hay un pueblo en el centro, un personaje más de la novela, sacudido por acontecimientos sangrientos que hacen que se pierda la calma y se produzca ese efecto llamada cuando el morbo se extiende y los buitres van a la carnaza: Había más guardias civiles y periodistas en el pueblo que habitantes.

Un guardia civil que trapichea con droga y es siervo de un terrateniente; ese terrateniente que organiza orgías prohibidas para gourmets alemanes sin escrúpulos (Cuando un monstruo prueba la sangre…) que podrían figurar en la lista Epstein; una guardia civil que va por libre en la investigación de unas desapariciones conchabada con un escritor con el que tiene una relación estrictamente profesional; ese escritor sin ideas que necesita estar inmerso en un hecho delictivo real para empezar a funcionar y alumbrar un best seller que dé un giro positivo a su carrera estancada (Necesita una buena novela, una buena historia, es la única forma de que vuelvan a publicarle las grandes editoriales); un pervertido sexual que se asfixia, o lo asfixian;  una relación incestuosa entre hermanastros; un atraco a un banco seguido de violación de ese hermanastro que es un seductor nato y la chantajea (Grabó el vídeo sin mi consentimiento y después me lo mandó con la intención de chantajearme); ese seductor nato que mantiene una relación impropia con una menor que no lo parece (Él se había resistido con todas sus fuerzas, pero Sofía no la había dado tregua / Sancho, que tengo quince años y tú treinta y dos); una mujer que lo sabe todo en ese pequeño pueblo en el que suceden muchas cosas; mujeres que no pueden luchar contra sus deseos carnales (Podía notar como los pezones se le endurecían marcando la seda de la blusa. Las puntas de unos dedos buscaron el tanga, que pronto le rozó las caderas y los muslos hasta quedar enredado en sus tobillos); un cura con flaquezas humanas al borde de su abismo vital son algunos de los personajes de esta novela con título más que excelente: Lo que la tierra calla. Ella lo intentaba, lo intentaba, lo intentaba, pero no podía. Era la misma casa, la misma mesa, los mismos trofeos de caza, aquella misma maldita lámpara hecha de cuernos, la misma chimenea. Todo la llevaba hasta aquel día en el que Inés, Sara y Luisa desaparecieron. Y ahí arranca la historia, en el pretérito, todo eso pasa en un pequeño pueblo de La Mancha en donde todos se conocen, todos tienen algo que ocultar y el drama de la desaparición de tres niñas muchos años atrás parece reproducirse con el de dos adolescentes en el presente: En la sangre de aquella gente aún latía el dolor por la pérdida de las tres niñas ocurrida dieciocho años atrás.

Iván Baeza estructura su drama rural en torno a una cena con mal final que se convierte en el vector de esta novela negra cuyas piezas van encajando a la perfección, y parece labor de relojero suizo que así sea: un año antes de la cena, quince años antes de la cena, días después de la cena… Saltos del presente al pasado que nos hacen bucear por esa pequeña sociedad corrupta hasta las entrañas de la que pocos personajes se salvan porque a casi todos les pueden pasiones malsanas: Sucumbir a nuestros deseos más bajos es algo natural. Todos los llevamos dentro desde que somos hombres. Pueblo pequeño, infierno grande — Esto es un pueblo pequeño y tú, por más que te hayas casado con Constanza Algaba y vengas a pasar unos días de vez en cuando, nunca dejarás de ser un forastero, una persona de la que no hay que fiarse demasiado porque jamás entenderá como es la vida aquí—, como el desembarco de la periodista Silvia Intxaurrondo en la ficción también con otra notable novela.

La novela es ágil, trepidante, arrastra. Iván Baeza narra bien, con una concisión que consigue el efecto buscado: Y, sin saber por qué, su pie pisó el freno. El cuerpo de Guadalupe se abalanzó hacia delante y fue detenido por el cinturón de seguridad. Su cabeza sufrió una potente sacudida mientras el olor a goma quemada penetraba en el interior del vehículo. / Los dos se arrastraron hacia abajo, enredados en una madeja de golpes, arañazos y mordiscos. Los diálogos, tan abundantes como rigurosos, ayudan a la trama, perfilan los personajes. Hay quiebros argumentales suficientes, pero no rebuscados como ocurre en otras novelas del género que rizan el rizo. Y casi termina el autor con una especie de experimento metaliterario en el que el escritor de la ficción — Jamás hubiera imaginado que él pudiera ser el protagonista de su propia novela— enmienda la plana de algunos de los hechos de los que ha sido testigo privilegiado gracias a la amistad con la guardia civil —La novela que tenía en la cabeza acababa de dar un giro inesperado que no pensaba desaprovechar— y se toma sus libertades para la novela que está escribiendo, y presume que será ese best seller que persigue, y se llama Lo que la tierra calla. Entonces Enrique supo que la realidad siempre es más fea que la ficción.

Ya hacia el final un toque de atención del autor sobre sí mismo: Vivimos de robar vidas, sentimientos, desgracias e ilusiones de los demás. Si lo miras desde esa perspectiva, somos alimañas que se alimentan de carroña. La desmembramos y la volvemos a recomponer antes de convertirla en un plato apetecible para el lector. Lo consigue, sin lugar a dudas. ¿A qué había venido al pueblo? A conseguir una buena novela. Un disfrute considerable el que nos regala Iván Baeza. Una buena novela.