La cava: Iniciación

Por Julieta Destefani
Esta es una historia que se descorcha hoy, pero se añejó en una cava oculta por la memoria de Mendoza, Argentina. Un relato de desenlace dudoso, de misterios y preguntas que nos convocan todavía, porque el Tiempo no olvida y el Silencio no calla.
Desde que Antonio llegó a Mendoza y levantó aquel primer mundo de viñas, comercio y bodegas, llamó a sus hermanos para que se asentaran con él. Con su hermano menor, Domingo, formó una sociedad y durante años trabajaron juntos; le dieron ferrocarril al vino y el futuro parecía de ellos.
Cuando Antonio enfermó, Domingo permaneció a su lado y después de su muerte, en 1899, quedó al frente de una obra que crecía por encima de las expectativas.
El centro de esa obra —tanto en 1911 como en la investigación actual— era una bodega en Guaymallén: El Sauce. Ciento treinta y una hectáreas, nuevas instalaciones, decenas de piletas de cemento, grandes cubas y un ramal ferroviario de dos kilómetros y medio que llevaba el vino hasta la línea del ferrocarril. Era una construcción monumental para la época y aún más para Mendoza: un entramado de cavas y túneles que encontraba ecos al otro lado del Atlántico, en las grandes bodegas subterráneas de La Rioja española, como López de Heredia, en Haro, donde vino, arquitectura y ferrocarril habían comenzado a encontrarse desde finales del siglo XIX.
La firma llegó a elaborar cerca del 12% de todo el vino de la provincia, según una investigación de historia económica de la vitivinicultura mendocina realizada por Patricia Barrio de Villanueva. Una cifra gigantesca. Y Domingo no estaba solo, contaba con un pulido directorio y se codeaba con miembros de las logias más convocantes de la época, personalidades destacadas de la historia mendocina.
Construir es una forma de eternidad y Doménico, Domingo para nosotros, lo sabía. Tras un fallo judicial desde Buenos Aires, denuncias de irregularidades y otros pendientes, Domingo terminó perdiendo la firma. Se repartieron lo que había y regresó a Italia. Solo y seco.
Algo aquí no cuadra —pensé—. Si esta historia fuera una producción bodeguera, a esta partida habría que revisarla.
Durante más de un siglo, el Tiempo y el Silencio siguieron esperando que alguien regresara a aquella Cava para terminar una conversación pendiente, esa misma Cava donde tantas noches Domingo meditó, encontrando paz en el murmullo de la maquinaria furiosa, en el canto de un sueño cumplido.
Parte uno
La Cava: Iniciación
Durante años llevé conmigo un pequeño relicario heredado sin saber demasiado de él. Había pasado por varias manos de mi familia hasta llegar a las mías y nunca había conseguido abrirlo. Con el tiempo dejé de intentarlo y terminó convirtiéndose en una de esas cosas que uno lleva encima por costumbre, sin preguntarse ya qué guarda.
Mi mamá, en cambio, parecía convencida de que algunas cosas de la familia solo podían entenderse viajando.
—Tenés que ir a conocer Mendoza —me decía cada vez que aparecía alguna historia de los que se habían ido a la Argentina.
Al principio me reía. ¿Qué iba a hacer yo en Mendoza? Pero ella volvía sobre el tema con esa insistencia tranquila de las madres que ya decidieron algo por una antes de que una se entere. Me hablaba de la familia, de las bodegas, de las cosas que habían quedado allá y de todo lo que nadie había ido a buscar. Hasta que un día dejó de parecerme una idea de mi mamá y empezó a parecer una idea mía.
Y ahí perdí.
Ahora tenía un hiperfoco nuevo: Mendoza.
Iba con ganas de hacer lo que habían hecho mis ancestros: comprar un terreno allá. Me comuniqué con un sector de bienes raíces bodegueros y me dieron varios números y direcciones para visitar. Elegí dos, por ubicación geográfica y por simpatía con los nombres. Había una especialmente graciosa que los locales pronunciaban de una manera que a mí me sonaba a “Matusalén”. Me dibujaba una sonrisa cada vez que la escuchaba. Ese sería el primer lugar que visitaría.
Llegué a Mendoza después de un viaje demasiado largo para alguien que no tenía ninguna urgencia. Salí de Valdagno, hice escala en Roma, después en Buenos Aires y finalmente en Mendoza. Cuatro aeropuertos para llegar a un lugar que, según me repetía, solo quería conocer.
Llegué al hotel, me acomodé y almorcé pasta. La luz de Mendoza era blanca, seca, reveladora. Me toqué el relicario por costumbre: seguía cerrado, tibio contra la piel.
Tomé mi aceite medicinal para aliviar la ansiedad del viaje y me aventuré hacia una localidad llamada Guaymallén. Tenía nombre de cacique, leí.
Cuando llegué a la dirección de “Matusalén” entendí mi error: la calle era Mathus Hoyos. Y había vida. Funcionaba un club deportivo, había gente, niños, movimiento. Yo había imaginado un predio abandonado.
Me invitaron a pasar y pedí hablar con el dueño. Pronto se acercó un hombre alto, moreno, de labios gorditos.
—Hola, me llamo Dominga —le dije mientras estrechábamos las manos.
El saludo fue, según su mano, tibio y mullido.
—Vengo de Italia. Quiero comprar un terreno en Mendoza y vine a conocer este.
El hombre sonrió.
—Bien directa —dijo, divertido—. Hola, soy Servando. El predio no está en venta. ¿De parte de quién venís?
Busqué entre mis papeles el nombre de quien me asesoraba y su información comercial. Inmediatamente me invitó a su despacho, así tenía dónde apoyar mis cosas.
Hablamos muchísimo de familia, amigos, saberes e intereses mientras tomábamos café. Lo vi postergar cosas dos veces para continuar la charla y yo, por supuesto, decidí interpretar aquello a mi favor. Me contó la historia del lugar, que ya conocía, claro. Él no sabía quién era yo.
Le dije que estaba interesada en comprar el terreno y que incluso podíamos arreglar para conservar el Club. Sin embargo, mi insistencia debió parecerle curiosidad y no amenaza, o quizá simplemente le caí bien, porque después de conversar un rato me ofreció recorrer el predio.
—Cuando no haya actividad puedo mostrarte algunas de las construcciones antiguas, contarte más de la historia del lugar y, si no tenés planes para la noche, terminar la visita con una cena.
Sonreí con descuido. Se vieron mis paletas, se me hicieron pocitos en las mejillas. Creo que me puse colorada y hasta tragué saliva. Piano piano, cuore, pensé.
—¿Querés venir esta noche? —preguntó, sabiendo que sí quería.
—Sí, me gustaría continuar esta conversación. No tengo planes. ¿A qué hora?
—Dejame una dirección y yo te paso a buscar.
—¿Traigo algo?
—Nada, nada. Yo me encargo. ¿Comés carne?
—Sí. ¡Ay, qué atento!
Me entró una felicidad inesperada, hambre quizás. Sentía la camaradería dándome la bienvenida. Había coqueteo, claro, y algo más difícil de nombrar en la facilidad con la que habíamos empezado a entendernos. Volví al hotel todavía sonriendo. Bajale a la emoción, Dominga, me repetía mentalmente mientras me envolvía en una toalla para entrar por un baño
Le di play a Spotify y empezó a sonar Città vuota, de Mina. Hermosa, pero yo no estaba para ciudades vacías. ¡Estaba felice! Busqué algo que se pareciera un poco más a mi estado de ánimo y terminé cantando Felicità, de Al Bano y Romina Power, con el agua golpeando mis ojos cerrados.
¿Quién era esta Dominga en Mendoza?
“Mendoza te abraza hasta que te ahoga”, sabían decir mis abuelos.
Servando pasó a buscarme esa noche. Para el recorrido me había puesto una falda campana de algodón liviano, blanca, con cerezas rojas estampadas, y sandalias con taco de corcho. La noche de aquí era cálida como su sonrisa sobria.
Hubo asado que lo cocinaría ahí mismo mientras observábamos el fuego crepitar. Vino mendocino y una caminata por las partes que todavía conservaban algo de la antigua bodega. Copa en mano empezamos a recorrer el predio mientras caía la tarde y él hablaba de los años del Club, de los deportistas, de las reformas y de las ruinas que habían quedado debajo de las canchas. Yo escuchaba y sentía el frío del ladrillo subirme por las piernas.
Cuando mencionó las antiguas cavas sentí algo extraño, que no fue emoción ni miedo, sino una certeza inexplicable, como si alguien en algún lugar debajo de nosotros acabara de levantar la cabeza.
Durante la sobremesa seguimos hablando de la tecnología que había tenido aquel lugar cuando todavía funcionaba como bodega.
—Qué lindo tu relicario —dijo Servando.
Su mirada bajó apenas hacia mi escote. Lo suficiente.
—¿Cuándo vamos a la cava? —pregunté.
Mi propuesta sonó más atrevida de lo que pretendía, aunque sospecho que él estaba esperando que la hiciera.
Entramos por uno de los túneles cuando ya había oscurecido. Servando iba delante con una linterna y yo detrás, procurando no tocar las paredes húmedas de ladrillo. Él conocía cada desnivel, cada recodo y cada lugar donde el techo parecía ceder.
El túnel desembocó en una cámara baja, con estanterías de madera oscurecidas por el tiempo y botellas cubiertas por una capa de polvo compacto. Había algunas rotas, otras sin etiqueta y otras con el vidrio opacado por décadas de humedad.
Levantó una botella, leyó una fecha y volvió a dejarla en su sitio, mientras yo seguía mirando hasta que una, escondida detrás de dos botellas más grandes, me llamó la atención. No sé qué fue, quizá el reflejo de la linterna sobre el vidrio o una vibración que pareció sincronizarse con mi pulso. La saqué con cuidado.
Servando se acercó y dijo que había pasado por delante de ese estante cientos de veces y jamás había reparado en ella.
La etiqueta estaba casi intacta: el papel había amarilleado y los bordes se habían vuelto quebradizos, pero la tinta había sobrevivido sorprendentemente bien. Debajo, escrito a mano con una caligrafía firme, podía leerse:
«El vino que no tomamos».
Servando la miró unos segundos y dijo que probablemente fuera una botella olvidada de los primeros tiempos de la bodega. Pasé el pulgar por el vidrio sin tocar la etiqueta. Había cruzado un océano para llegar hasta ahí y, sin embargo, sentí que era aquella botella la que llevaba más de cien años esperando encontrarme.
El frío del vidrio subió por mi mano como una corriente.
—¿Escuchaste? —pregunté.
—¿Qué cosa? —dijo Servando.
Había sido apenas un murmullo, tan cerca que por un instante creí que alguien me había hablado al oído.
—Todavía no —dijo una voz que no era la nuestra y que solo yo escuché.
Después, otra voz más grave y más lenta agregó:
—Déjala escuchar.
Levanté la mirada.
—Nada —le aseguré—. Debe haber sido el viento.
Él no pareció convencido, pero tampoco preguntó. Miró la botella otra vez y después a mí.
—Estás pálida.
—Tengo sed.
—Voy a buscar agua.
Y se fue, sin mirar atrás. Me dio espacio. Desapareció por el túnel y sus pasos fueron apagándose hasta confundirse con el latido de las paredes.
Volví a acariciar la botella, esta vez sin miedo. El vidrio estaba helado y otra vez sentí la vibración vidriada. Entonces escuché claramente una respiración que no venía de ningún lugar que pudiera señalar: venía de la cava entera.
Cerré los ojos.
—¿Quién está ahí? —pregunté.
Una voz masculina, profunda y serena, pareció deslizarse por el aire.
—Hace mucho que nadie nos toca.
Abrí los ojos de golpe y otra voz respondió desde algún lugar más profundo:
—Ella no es nadie.
Igual que yo, estás voces intentaban descifrar quién era. No solté la botella y el silencio alrededor se hizo tan espeso que podía escuchar mi propia respiración.
Entonces apareció la segunda voz, más próxima, casi junto a mi oído.
—¿Cuánto tiempo más?
La otra contestó:
—El necesario.
El susurro me recorrió desde la nuca hasta la oreja y me erizó la piel. Sentí un calor inesperado en el cuello aunque la cava estaba fría y, por unos segundos, no quise que Servando regresara.
Después reconocí otra sensación: el calor que subía del pecho al cuello, la respiración corta, las manos húmedas. Era Ansiedad. Busqué en la cartera y saqué el frasquito de aceite medicinal que llevaba conmigo. Lo abrí para poner una gota debajo de la lengua y, en ese gesto —inclinada, con la falda campana abierta a mi alrededor—, sentí un hormigueo bajar por mi muslo interno. Tibio. Inconfundible.
¿Me está bajando?
—Porca puttana… ¡Todo junto!
Me quedé inmóvil con el frasco en la mano.
Todo se volvió blanco.
—¿Quiénes son? —pregunté.
—Ay, qué tonta —dijo una de las voces, y pude sentir su sonrisa antes de verlo.
—¿Son los fantasmas de Antonio y Domingo?
—Sí —respondió él y en tono irónico agregó— de ellos fuimos fantasmas y ahora seremos los tuyos.
La voz más grave llegó desde la oscuridad.
—Yo soy Tiempo.
Hizo una pausa.
—Y él es mi hermano, Silencio.
Entonces la cava desapareció, o yo desaparecí. Las paredes comenzaron a alejarse hasta convertirse en líneas de luz y las botellas dejaron de estar quietas, flotaban a mi alrededor como pequeñas lunas verdes suspendidas en una oscuridad sin arriba ni abajo. Algunas contenían amaneceres, otras noches enteras, otras guardaban voces y lamentos. Vi el reflejo de mi rostro multiplicado en cada vidrio y durante un instante todos esos rostros tuvieron edades diferentes.
Sentí vértigo de lagar, que respiraba vino y que el vino respiraba dentro de mí. Tiempo pasó a mi alrededor como una corriente tibia, tocándome sin tocarme y atravesando cada recuerdo hasta volverlo presente, rejuveneciendo mis células con información.
Silencio hizo lo contrario, retiró de mí cada palabra, una por una, hasta dejar solamente la respiración.
La luz se volvió ámbar, el ámbar se volvió rojo y el rojo se me hizo carne. En aquella oscuridad algo me abría lentamente, como se abre una botella después de cien años de esperar. No había manos, ni cuerpo, ni distancia, solo una sensación creciente de ser contenida y al mismo tiempo derramada.
Tiempo me maduraba, Silencio me recibía y yo ya no sabía si estaba bebiendo aquel vino o si el vino me bebía.
Me derramé.
El frasco cayó al piso y el aceite se extendió sobre la tierra apisonada de la cava.

Cuando Servando regresó con el vaso de agua y un pedazo de pan me encontró caída. Dejó todo y corrió hacia mí. El vaso cayó sobre la mesa y rodó. El agua se vertió y el pan tocó la tierra. La sangre también.
Después, nada.
Abrí los ojos con la sensación de haber dormido durante años. Estaba acostada en una habitación que no reconocía y la luz de la mañana entraba por una ventana entreabierta. Tenía la cintura y las piernas envueltas en toallas. Mi cabello estaba húmedo y olía ligeramente a vino. Me incorporé extrañamente renovada.
Servando estaba sentado junto a la ventana con una taza de café entre las manos y, al verme despertar, dejó la taza sobre la mesa.
—Por fin —dijo.
Miré alrededor.
—¿Dónde estoy?
—En mi casa.
Intenté recordar: la cava, la botella, las voces, el Tiempo, el Silencio.
—¿Qué pasó?
Él me miró unos segundos.
—Eso esperaba que me lo contaras vos.
Entonces miré hacia la mesa de luz.
Allí estaba la botella. La misma botella. Pero vacía.
Y sobre la etiqueta, donde la noche anterior había leído «El vino que no tomamos», ahora podía leerse:
«Vino de Culto».
Continuará…
Julieta Katherina Destefani es escritora argentina, nacida en Mendoza y residente en Buenos Aires. Su obra explora los vínculos entre memoria, territorio e identidad. Ecuentra en los archivos y en las huellas del pasado el punto de partida para nuevas narrativas. Su escritura se mueve en los márgenes donde la historia documentada se encuentra con la literatura y la memoria vuelve a adquirir voz. Contacto: julidestefani1@gmail.com