FABRIZIO Y LA NATURALIDAD, (O cómo cagarla en diez minutos)

Por Rafael Caunedo

Rafael Caunedo

Fabrizio vive en Milán. Es un diseñador de páginas web muy cotizado. Es caro, sí, pero muy bueno. Proyectos no le faltan, ni perspectiva de tenerlos. La vida le es favorable, en todo le parece ir bien menos en una cosa: las mujeres. No ha encontrado la que busca, y no será por oportunidades. No es que sea guapo, pero es italiano, y de Milán nada menos, y eso siempre conlleva un plus que adorna mucho. Además, se sabe envolver bien y se presenta en sociedad como un regalo. La última fue un fracaso tan clamoroso que a punto estuvo de provocarle el total abatimiento.

La conoció en la presentación de un perfume. Hay que decir que Fabrizio sabe lo que le gusta, de suerte que en cuanto la vio en aquella jungla de elegancia, fue a por ella de cabeza. No estuvo especialmente receptiva, pero tampoco descortés, con lo que Fabrizio se dio por conforme y se atrevió a invitarla a cenar. Un vistazo al reloj, un resoplido confuso, una mirada de reojo y, tras una sonrisa complacida, ella aceptó. Se llamaba Marietta, y era más alta que él.

Fue la primera cena, pero no la última. A esa la siguieron algunas más. Todo parecía ir bien hasta que Fabrizio la invitó a su casa, ese momento fatídico en el que tantas expectativas de pareja quedan truncadas por detalles absurdos. De hecho, Fabrizio siempre lo estropea todo en cuanto las lleva a casa. Había algo que no funcionaba, con lo que su obsesión porque todo estuviera perfecto aquel día le llevó a no dormir la noche anterior.

Había quedado a las ocho y desde las cuatro estaba ya impaciente. Su inquietud la exteriorizaba “preparando el decorado”, lo que no era otra cosa que adaptar la casa al previsible gusto de su invitada. Quería causar buena impresión, así que había dejado dicho por la mañana a la asistenta que pusiera especial celo aquel día. Una vez la casa estaba impoluta, tanto que tenía cierto toque a quirófano, Fabrizio sólo tendría que preocuparse del atrezo. De momento, la mecedora de su abuela, esa herencia que no se atrevía a tirar, la bajó al garaje. Decía que era muy rústica para el estilo moderno que prefería, pero que, por deferencia, no la

Butaca Charles Eames

tiraba. Era mentira, porque siempre leía sentado en ella, mientras que la butaca Eames que también formaba parte del decorado, le resultaba muy incómoda. Sacudiéndose las manos, subió resuelto del garaje dispuesto a acondicionar el espacio. Quitó el mando a distancia de la televisión y lo escondió en un cajón. Tenía pensado decir que no veía la televisión, cosa que no era cierta, pero que le daba un aire intelectual. Dispuso luego sobre la mesa tres libros muy gordos de arquitectura, regalo de empresa por navidad, que nunca había abierto. Añadió cinco o seis cojines al sillón y los colocó imitando a los que aparecían en una revista de decoración. Los tenía guardados en el maletero de su habitación y sólo los sacaba para cada “representación”. Los golpeó para dar la sensación de naturalidad aunque sólo consiguió levantar polvo. Por otro lado, había leído en un artículo que el incienso daba buen rollo, así que había comprado un arsenal que bien valía como ofrenda a los dioses. Encendió cuatro varillas a la vez y pronto el salón quedó envuelto en un humo estático y pesado. Con un cómic que andaba por allí hizo de abanico para airear aquello. Fue imposible. Luego, al verse con un cómic en la mano, le pareció inmaduro y lo escondió. Su espacio lo ocupó un libro de un filósofo alemán que compró en oferta. Había montado también una mesa para la cena digna de verse. Con su afán imitador, la dispuso igual que la de la fotografía de la casa de una señora muy operada que salía en el Cuore italiano. Lo hizo con tal esmero que no era fácil encontrar diferencia alguna con el original. Fabrizio estaba orgulloso de su centro floral y de su juego de copas: una para el aperitivo, otra para el vino blanco, otra para el tinto, y otra para el vino de postre. Con el celo del mayordomo de la reina Isabel, colocaba milimétricamente la cubertería, la bandejita para el pan y las incómodas velitas que abarrotaban la mesa. Todo con tal de que Marietta quedara impactada. Él mismo había decidido vestirse de galán. Se miraba al espejo tan contento y repeinado. Un exceso de perfume quedó luego en la solapa de la chaqueta.

Ocho menos diez; un último vistazo general antes del estreno de la obra. Todo estaba ordenado con calculada medición, todo falsamente reluciente, con los cinco estores de los ventanales a la misma altura, todo obsesivamente calculado, tanto que había perdido el encanto y la naturalidad. El apartamento de un joven informático milanés se había convertido en un esperpento artificial. Marietta llegó con los cinco minutos de retraso que permite la correcta educación. Llegó en vaqueros, camiseta y cazadora de cuero marrón. Al entrar, y una vez superada la falta de oxígeno por culpa del incienso, pensó con rapidez una buena excusa para conseguir que aquella cena fuera lo mas breve posible.

Nunca más volvieron a quedar.

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