“El boxeador”, de Alfons Cervera

Una y otra vez Alfons Cervera está allí, y aquí, recordándonos la memoria de los perdedores. Dicen que hay derrotas que ennoblecen a quienes las sufren. Creo que ya lo he dicho un montón de veces, pero hay que recordarlo, que Alfons Cervera, un escritor único, con una larguísima y brillante carrera literaria a sus espaldas, es el escritor de la memoria democrática de este país, España, así es que cada frase, corta y contundente, una de sus señas de identidad literaria, sirve para que no olvidemos de dónde venimos, que no se nos olvide nuestro pasado inmediato en estos momentos en que algunos pretenden reescribir la historia a su manera, falseándola. Si no escribimos lo que ha pasado, todo será como si no hubiera existido.

Las novelas de Alfons Cervera, como esta, son breves. Hay una voluntad del autor de no robar más tiempo del necesario a sus lectores. Ironiza el de Gestalgar, en la serranía de Valencia, de donde no se mueve, aunque viaje con frecuencia a Francia para impartir conferencias, que cuando llega a la página 200 acaba la novela y pone la palabra FIN. El boxeador, su último libro, incluso, es más breve, no llega a 150, pero como todas sus anteriores debe leerse despacio, o releerse, porque la prosa que maneja Alfons Cervera, cristalina como el agua de un torrente, muchas veces poética — Ven, Sebastián, ven y caliéntame el miedo. —, pura musicalidad, obliga a detenerse en cada una de sus frases, incita al subrayado. El agua fría de la palangana, las manos rugosas, con venitas verdes que parecían pequeños gusanos inmóviles, las uñas negras por el polvo que aventaba la mula pateando los surcos mezclados con la piedra. Cervera, y no digo nada nuevo que no haya dicho antes, es uno de los mejores escritores que ha dado este país, un fino estilista, como dirían algunos, extraordinariamente profundo que duele leerlo, un escritor que huye de la adjetivación superflua para centrarse en lo nuclear.

En El boxeador no se mueve de Los Yesares, su Macondo narrativo, en donde ambienta todo su corpus creativo. La casa sigue ahí, donde acaban las trochas empinadas que llevan al castillo. El tejado lleno de huecos, casi hundido en el lado que da a la montaña. Un poco más abajo, la herrumbre en la reja de entrada al túnel que lleva al lavadero. Cervera recrea la vida de ese pueblo que es Gestalgar, al que parece unido por un vínculo telúrico: Cuadrillas de chicos y chicas jóvenes en los días de Pascua y en los bailes del trinquete, mujeres enlutadas cosiendo a la puerta de las casas o con un pozal de ropa en la cabeza, hombres arreando las mulas entre los pedregales del secano, la plaza con los entablados llenos de gente las tardes de toros en las fiestas de San Blas. El autor de la aclamada Maquis, su novela más exitosa, recrea en El boxeador, a través de capítulos brevísimos, pinceladas casi, y sirviéndose de un coro de personajes retratados, ese tiempo de feroz posguerra en la que los vencedores se cebaron con los vencidos y el odio se enquistó.

Habla Cervera de los espectros que regresan al pueblo después de la diáspora, de su aspecto físico que trasluce su interior: Cuando Rogelio volvió a Los Yesares estaba flaco, como si solo se hubiera alimentado del silbido de las balas el tiempo que duró la guerra. De esa guerra interminable que una y otra vez recuerdan los vencedores a los vencidos: Cuando sube por el callejón hacia la calle del cuartel sabe que allí le van a recordar que la derrota en una guerra dura más que la guerra. Del miedo al pensar: …porque decían que pensar solo se podría traer cosas malas o que te llevaran al cuartel… Y de la infancia, esa patria de la que hablaba Marsé— Cuando eres un crío todo te parece gigantesco. —, de esos niños de posguerra criados en condiciones míseras y, sin embargo, soñadores: A mí también me gustaba entonces ser boxeador, aunque la verdad es que en aquel tiempo no sabíamos con certeza lo que nos gustaría ser en la vida y aún menos lo que era la vida.

Rememora el autor la euforia republicana, cuando parecía que se abría un camino de esperanza—Mi madre y mi padre eran muy jóvenes aquel 14 de abril de 1931. Las calles de Los Yesares olieron a pólvora de fiesta. —; el golpe de estado que acabó con ese sueño —Unos defendíamos la República y otros defendían a los militares golpistas que con la ayuda de los ricos se habían sublevado en los cuarteles de África. —; el dolor del exilio forzoso— Yo no sabía entonces que el exilio era abandonar a la fuerza el sitio en que habías jugado a la guerra por todas las esquinas. — y del miedo— Los guardias son el miedo. Dentro y fuera del cuartel son el miedo. Uno se me acerca para cortarme el paso y me pregunta que quién soy y que si vengo de subirles comida a los bandoleros. —por la violencia gratuita: Soy el crío al que los civiles quemaron los dedos con un soplete y se me quedaron las uñas azules para toda la vida.

Una vez más Alfons Cervera escribe una novela sobre la dignidad humana, la integridad y la rectitud —…el dolor desaparece cuando cicatrizan las heridas, pero la vergüenza sigue ahí para siempre, como una piel que no se cambia nunca…—porque muchas veces es a través de la ficción, y no de los libros de historia, de lo particular, como se puede uno aproximar a la realidad, lo verídico: … las novelas tienen un fondo de verdad, aunque lo que hay en ellas sea en buena parte inventado por quienes las escriben.

Lean a Alfons Cervera, por favor, si aman a la literatura con mayúsculas, en la que se mueven tipos como Thomas Bernhard, por ejemplo, o tipas como Hertha Müller o Elfride Jelinek, y cito a esos autores, mis favoritos, porque sus libros cortan el alma como las novelas del de Gestalgar. La buena literatura no te deja indemne.

 

 

 

 

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