El Papa nunca fue santo de mi devoción

Por Jorge Zepeda Patterson

 

Foto: Wikipedia

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El Papa Benedicto XVI nunca fue santo de mi devoción. Su conservadurismo condenaba a la Iglesia Católica a seguir desempeñado un papel anacrónico y regresivo.
Su ataque al uso del condón en África, su renuencia y tardanza en condenar a los curas pederastas, su oposición a cualquier tipo de avance en la participación de las mujeres en la Iglesia (y por extensión, en la sociedad en su conjunto), su desinterés en las cuestionables prácticas financieras del Vaticano. No fue un buen jefe de Estado al principio de su mandato y mucho menos lo fue al final, envejecido y cansado, víctima de las burocracias del Estado Papal.

 

Pero se agradece el hecho de que haya aceptado hacerse a un lado. Con casi 86 años a cuestas y un largo inventario de enfermedades, lo que seguía era la continuación de una larga pesadilla.

 

Entre sus muchas obsolescencias, la Iglesia tendría que revisar el tema de los papados vitalicios. Hace un siglo la esperanza de vida de un habitante de Roma no llegaba a los 70 años. No era usual que un Papa sobreviviera muchos años la edad de la jubilación. Hoy en día, y si no son envenenados, pueden vegetar hasta los noventa y muchos. Ningún Estado en la actualidad, y el Vaticano no es una excepción, puede ser gobernador por alguien que merecería estar en un asilo de ancianos. Dicho con todo respeto para los creyentes. Desde luego que el cambio no asegura nada.

 

Desde los años sesentas en que las corrientes progresistas fueran golpeadas por la élite clerical, la pirámide jerárquica ha sido depurada para permitir el ascenso casi exclusivo de los prelados conservadores. El Colegio Cardenalicio, que escogerá al sucesor de Benedicto XVI, está dominado por estas corrientes y con toda probabilidad elegirá a uno de los suyos.

 

Pero bueno, algo es algo. Se abre por fin la posibilidad de que se elija a un Papa no europeo, un tema que ya es ofensivo por donde se le mire. Los católicos del viejo continente representan apenas la cuarta parte de la feligresía, mientras que los de América ascienden casi al 50 por ciento. Pero el eurocentrismo de Dios es tal que su representante en la Tierra invariablemente sale de esa “minoría”. Estados Unidos ya tuvo su presidente negro, igual que la ONU; o Inglaterra su primer ministro mujer. Pero el racismo del reino de Dios hasta ahora ha sido inexpugnable: sólo blancos del primer mundo. Quizá porque terminaron convencidos de su propio mito, que Jesucristo era blanco y de cabellera rubia (algo difícil de creer en un miembro del pueblo semita del oriente medio).

 

 

Tampoco es que los orígenes geográficos aseguren que algo se vaya a modificar. Está visto que algunos de los más rudos agentes de la migra resultan apellidarse Rodríguez o Martínez. Pero al menos sería un signo alentador. Ya lo es el hecho de que por vez primera en casi 600 años un Papa renuncie en vida.
Ojalá que esta sea el primero de los cambios urgentes que requieren las anquilosadas prácticas y rituales del catolicismo. Se dice que la Iglesia es la única institución que ha sobrevivido dos mil años. Lo mismo se decía de los carruajes y diligencias. Y ya ven ustedes. El Vaticano tendrá que echar mano a su capacidad para adaptarse si quiere seguir vigente no los próximos mil años, sino el resto del siglo. ¿No creen?

  Sin Embargo

 

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