T. S. Eliot (1888 – 1965). Abril es el mes más cruel

T.S. Eliot

Por Teresa R. Hage

 

La Tierra Baldía
[1922]
T.S. Eliot

Para Ezra Pound
il miglior fabbro.

 

I. El  Entierro de los Muertos

Abril es el mes más cruel: hace brotar
lilas en la tierra muerta, mezcla
memoria y deseo, remueve
lentas raíces con lluvia primaveral.
El invierno nos tuvo cobijados, cubriendo
la tierra de nieve olvidadiza, alimentando
una pequeña vida con tubérculos secos.
Nos sorprendió el verano a la altura del Starnbergersee
con una fina lluvia; nos detuvimos en los soportales
y  ya con sol, continuamos, por el Hofgarten,
y tomamos café conversando un buen rato.
Bin gar keine Russin, stamm’ aus Litauen, echt deutsch.
Y cuándo éramos niños, en casa de mi primo el archiduque,
él mismo me paseó en trineo.
Yo estaba asustada. Él dijo: Marie,
Marie, sujétate fuerte. Y cuesta abajo nos lanzamos.
Uno se siente libre en las montañas.
Leo, buena parte de la noche, y en invierno voy al Sur.

¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos escombros? Hijo de hombre,
no lo puedes decir, ni adivinar, pues sólo conoces
un montón de imágenes rotas en las que el sol golpea,
y el árbol muerto no cobija, ni consuela el grillo
ni mana el agua de la piedra seca. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja.
(ven a la sombra de esta roca roja),
y te mostraré algo distinto que no es
ni tu sombra siguiéndote a zancadas en la mañana
ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo.
Frisch weht der Wind
Der Heimat zu
Mein lrisch Kind,
Wo weilest du?
«Me ofreciste jacintos por primera vez hace un año;
me llamaron la muchacha de los jacintos».
— Mas cuando, ya tarde, volvíamos del jardín,
llenos tus brazos y húmedo tu pelo, no pude
hablar, mis ojos se empañaron, no estaba
vivo ni muerto, nada sabía,
mirando en el corazón de la luz, el silencio
Oed’ und leer das Meer.

Madame Sosostris, famosa vidente,
padecía un fuerte catarro, sin embargo
se la tiene por la mujer más sabia de Europa,
con una sagaz baraja. Aquí, dice ella,
está su carta, el ahogado Marino Fenicio,
(perlas son lo que antes fueron sus ojos. ¡Mire!)
Aquí está Belladonna, Señora de las Piedras,
la dama de las disposiciones.
Aquí el hombre de los tres bastos, y ésta es la Rueda,
Aquí el mercader tuerto, y esta carta, blanca,
es algo que lleva a sus espaldas
pero me está prohibido ver. No encuentro
al Hombre Ahorcado.Tema la muerte por agua.
Veo muchedumbres vagando en círculos.
Gracias. Si ve a la querida Mrs. Equitone,
dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:
hay que cuidarse mucho en estos tiempos.

Ciudad irreal,
bajo la parda niebla de un amanecer de invierno,
sobre el Puente de Londres la multitud fluía;
nunca hubiera yo creído que la muerte se llevara a tantos.
Exhalaban suspiros, infrecuentes y breves,
Y cada cual llevaba la vista clavada ante sus pies.
Fluyeron hacia la colina y bajaron King William Street,
adonde Saint Mary Woolnoth da las horas
con un sonido muerto en la última de las nueve.
Allí vi a un conocido y le detuve gritando: «¡Stetson!
¡Tú que estabas conmigo en los barcos de Mylae!
¿Aquel cadáver que plantaste el pasado año en tu jardín,
¿ha comenzado a retoñar? ¿Florecerá este año?
¿O malogró su lecho la repentina escarcha?
¡Ah, mantén lejos al Perro, ese amigo del hombre,
o con sus uñas lo desenterrará de nuevo!
¡Tú, hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère!»

 

 

 

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