Robert Enke: Un espíritu atormentado que se vistió de portero y pudo ser el mejor del mundo

Por Francisco Espinosa

 

robertFoto: Twitter

 

Mientras dormía tirado en un sillón duro color marrón de aquel hospital, tres enfermeras se movían rápido para tratar de evitar una escena fatídica. Lara, de apenas dos años, moriría debido a las complicaciones que un mal congénito de nacimiento en el corazón la había vuelto a internar. Robert Enke, agotado por el ajetreo de los últimos días, despertó en medio del silencio de aquel cuarto. Nunca más se perdonaría haber tomado esa siesta justo al lado de la cama donde su pequeña partiría de este mundo.

 

Robert tenía una mirada triste que nunca se le quitaba ni cuando sonreía. Sus guantes blancos defendieron los arcos del Benfica, Barcelona, Hannover, entre otros. Arquero solvente de gran capacidad. Como buen alemán, entendía el juego como una forma de vida. El futbol le dio identidad a un país que había sido rechazado del primer mundial tras la segunda guerra mundial. Sensible en sus adentros, Enke sucumbió ante la depresión extenuante que le acompañó hasta el final de sus días.

 

Para un portero, recibir un gol es un simulacro de muerte momentánea. El camino hacia la pelota que descansa entre la red, es una escena fatídica que casi nadie ve. Tomar la redonda es volver a resurgir del lastre fatídico. Enke, seguro bajo los tres palos, arribó a Barcelona para ser guardameta de uno de los mejores equipos del mundo. El paso por la élite lo encumbró en lo deportivo mientras se hundía en lo personal. Un error le costaría abandonar suelo catalán tras una sola temporada. Su constante lucha con la tentativa del error, le fue poco a poco destruyendo.

 

El deceso de su hija le despertó un sentido altruista que siempre había tenido pero que nunca había explotado. Lo mismo daba recoger perros enfermos o niños necesitados a los que atendía, cuidaba o los hacía llegar a instituciones especializadas. Fue imagen de muchas asociaciones que condenaban el maltrato a animales. Robert siempre sonreía. Amable con los seguidores, un ejemplo de cordialidad. La apariencia de un tipo solidario que tenía el mejor oficio del mundo, mientras su espíritu flaqueaba cada día más. Junto con su mujer, adoptó otra niña de nombre Leila. La felicidad que había llegado al hogar duró poco debido al miedo que tenía si se daba a conocer su estado depresivo y le quitarán la custodia de su pequeña.

 

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Jugando para el Fenerbahçe turco, encontró en su entrenador Christoph Daum, un hombre a quien confiarle lo que sentía. El técnico escuchó atento a ese hombre fuerte de gran habilidad y lo canalizó con un especialista. “Depresión y miedo extremo al fracaso”, diagnosticó el doctor Valentín Markser quien lo atendió hasta el día de su muerte. La presión del campo le fastidiaba. En un puesto donde se necesitan nervios de acero, la debilidad de su cabeza no lo dejaba pensar ni mucho menos vivir.

 

Con el mundo futbolístico viendo de lejos el mundial de Sudáfrica, Enke había encontrado una regularidad deportiva en el Hannover. La prensa especializada lo veía como el gran candidato para ser el 1 de la selección alemana. Mientras se especulaba con la inminente convocatoria, Teresa, su esposa, se esforzaba cada día más en controlar el bache anímico donde había caído su marido. “Las crisis depresivas eran terribles”, declararía tiempo después. El doctor Valentín, se negó rotundamente a dar a la luz la última conversación que tuvo con Robert, “supe que su carrera había terminado”, contó.

 

Robert Enke cumpliría hoy 36 años, y probablemente tendría un mundial jugado en su carrera. Sin embargo, el 10 de noviembre de 2009, se levantó temprano, canceló la cita que tenía en la clínica donde atendía su problema, y dejó una carta sobre la mesa de la cocina: “Perdón por lo que les voy a ocasionar”. A las seis con 17 minutos de la tarde, ante el paso del Express 4427 con rumbo a Bremen, se lanzó para poner fin a su sufrimiento. Los policías que encontraron el cuerpo, lloraban desconsolados. En la tumba de su hija se encontró un ramo de rosas y una tarjeta de papá: “Felicidades por tu cumpleaños. Te extrañamos. Mamá, papá, Leila”.

 

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Sin Embargo

 

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