LEYENDO EL MUNDO CON LOS PIES: UNA MUJER EN DALMACIA

Con una mochila y presupuesto ajustado, viajo tanto como puedo, no sólo para hacer viajes, sino para que ellos me hagan a mí. En esta sección os cuento de los viajes que he realizado, a veces sola, a veces en compañía pero siempre, como decía Pessoa, sabiendo que lo que vemos es lo que somos.

 

Por Ruth Cereceda

Croacia se ha convertido en los últimos años en destino turístico obligado para aquellos que buscan sol y calor asegurados, precios económicos y disfrutar de la ilusión de un mundo estancado en un tiempo pasado, que aún puede recordarse en algunos países del sur de Europa.

Dalmacia, una de las costas  de mayor belleza en Europa.

Dalmacia, una de las costas de mayor belleza en Europa.

Es cierto que plantarse en Croacia y, en especial en la costa dálmata, al sur del país, significa mezclarse con una sociedad amable y relajada, de gentes abiertas y sencillas que acogen al visitante como a un viejo conocido. También es cierto que si el sol y el calor sí que están asegurados, los precios si bien no desorbitados, hace tiempo que dejaron de ser bajos[1], y que -a pesar del mal ejemplo de algunos políticos locales- se trata de un país de una modernidad clara pero sin estridencias, al nivel del resto del continente.

Durante mi visita a Dalmacia conocí gente de todo tipo, nacionales y extranjeros, y tanto unos como otros me hacían la misma pregunta: “pero… ¿sola, sola? ¿realmente viajas sola?”. “Pues sí”- respondía yo un poco sorprendida por su incredulidad, y es que, a diferencia de lo que ocurre en otros lugares europeos supuestamente más desarrollados, nunca jamás nadie dijo o hizo nada que me hiciera sentir insegura o incómoda. De hecho, se trata de un lugar en el que no sólo la mujer tiene una situación social más relevante que la que encontramos en otros países europeos, sino que el país es en sí uno de los destinos más seguros para turistas.

Ambiente nocturno en las terrazas de la Plaza de la Fruta.

Ambiente nocturno en las terrazas de la Plaza de la Fruta.

De Pula o Rijeka al norte, hasta Dubrovnik al sur del país, hay apenas unos 600 kilómetros de costa, a lo largo de los cuales se disponen un millar de islas, de las que sólo unas 60 están habitadas. Los lugares de interés se cuentan por cientos, por lo que mi destino hoy se centra en los alrededores de Split, la capital administrativa de la provincia.

Vista de Split, con el paseo marítimo en primer plano y el monte Marjan al fondo

Vista de Split, con el paseo marítimo en primer plano y el monte Marjan al fondo

Tanto si optas por moverte de un lugar a otro quedándote un par de noches en cada sitio, o si decides alquilar una residencia fija para toda tu estancia, desde la que hacer excursiones de uno o dos días, no tendrás problemas de alojamiento. Además de hoteles, hostales y albergues, es muy común encontrar particulares que alquilan habitaciones libres en sus propios domicilios. Cualquiera que haya visitado este país ha tomado la típica foto del cartel de “sobe”, que indica lugar donde pernoctar, y que a los españoles hace tanta gracia.

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Durante mi estancia en Split me quedé en casa de Mira, una guía turística medio jubilada con la que llegué a llevarme muy bien, hasta el punto de que no sólo me hacía el desayuno cada día para que lo tomase con ella, sino que me traía fruta del mercado, me hacía pastelitos de postre e incluso un día organizó una parrillada de sardinas en la terraza. La verdad es que era una señora con mucho carácter, y no era especialmente amable con algunos de los huéspedes, pero conmigo, no sé porqué, se quedó encantada. Me contó que durante los años de la guerra había vivido en París, y que lo echaba mucho de menos. Puede que la razón de caerle en gracia fuese que no hablaba mucho inglés, y conmigo podía practicar el francés que aprendió durante aquellos años… me contó muchas cosas sobre el país, la gente, la gastronomía, la historia y la lengua croatas, lugares que visitar, etc.

Plaza del Pueblo.

Plaza del Pueblo.

En cuanto al desplazamiento, a pesar de que una de las mejores formas de conocer el país es el coche, yo decidí moverme en transporte público, un poco por curiosidad, y otro poco porque yendo sola, la idea de andar conduciendo me resultaba algo aburrida. Y fue todo un acierto: en primer lugar porque el uso del autobús es aún muy común para la población croata, por lo que es barato y encuentras cientos de opciones a cualquier hora del día y casi de la noche, para ir a cualquier parte; y otra, porque lo de sacar el billete aún funciona de una forma muy irregular, por lo que en varias ocasiones me ocurrió que al subir al autobús con la idea de pagar directamente al conductor, éste o no se acordó o no se molestó en cobrarme, por lo que muchos de los trayectos me salieron gratis.

Estación de autobuses.

Estación de autobuses.

Tras dejar mi mochila en la habitación, que tenía vistas a la Plaza del Pueblo, me fui a explorar la ciudad. El casco antiguo de Split es una auténtica belleza, con las calles de piedra blanca, la Plaza de la Fruta -donde me hice habitual de una de las terrazas en la que me ponían un café helado espectacular-, la de la República, que recuerda de forma increíble a las plazas italianas de las pinturas de De Chirico, el paseo marítimo y el monte Marjan, desde donde se ve toda la ciudad, la calle comercial -Marmontova- con su suelo de granito blanco pulido a base de pisadas, que refulge tanto como resbala y, por supuesto, el Palacio de Diocleciano, la estatua de Grgur Ninski, el Mausoleo y el Peristilo donde, en verano, hacen representaciones de danza, teatro y conciertos.

Plaza de la República

Plaza de la República

Vista del Mausoleo de Diocleciano desde el Peristilo.

Vista del Mausoleo de Diocleciano desde el Peristilo.

Desde Split hice varias excursiones a localidades costeras como Trogir, Brela, Markaska, Sibenik o las playas de Punta Rata, y hacia el interior, al Parque Natural de Krka.

El centro histórico medieval de la ciudad de Trogir, en el que se mezclan motivos romanos, sarracenos y venecianos, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997. Puedes llegar en una media hora en autobús o, mucho más agradable, en barco, que fue lo que hice. Moverse en barco es también muy habitual, y hay muchas compañías privadas que organizan excursiones a los lugares más turísticos de la zona, pero la compañía nacional de car-ferry, Jadrolinia, es la que utiliza la población local para desplazarse entre las islas, por ser la más barata y la que da mejores opciones en cuanto a horarios y combinaciones.

Callejuela de Trogir.

Callejuela de Trogir.

Brela y Markaska se encuentran como a una hora al sur de Split. Son dos poblaciones muy agradables, con paseos marítimos jalonados de palmeras en los que hay instalados terrazas al aire libre. El único problema que encontré aquí fue la gran cantidad de turismo norte-europeo de sol y playa, que le restaba algo de encanto a las callejuelas estrechas y los rincones pintorescos que ambas poseen.

Cerca de Brela se encuentra Punta Rata, una de las playas más populares y bonitas de la zona. Para llegar allí tienes que coger el autobús que va de Split a Brela y decirle al conductor que vas a Punta Rata -él te avisará de dónde te tienes que apear-. La parada está en la carretera, en mitad de ningún sitio, y desde allí tendrás que caminar unos dos kilómetros de bajada hasta llegar a la playa. La playa, como casi todas las de Croacia, es de piedras y bastante incómoda, pero a su favor hay que decir que es impresionante de bonita y que el agua está muy limpia (el Adriático no se caracteriza precisamente por la limpieza de sus aguas). No hay que decir que la subida hasta la carretera al final del día para coger el autobús de vuelta a Split, no fue uno de mis mejores momentos pero, a cambio, este fue uno de los trayectos que me salieron gratis.

Me resultó muy curioso encontrar que, a pie de playa, aquí y en muchas otras, había puestos de fruta, que lo mismo te vendían un puñado de uvas que una raja de sandía. Evidentemente, los precios eran superiores a los del mercado pero, en un día de calor, un buen trozo de sandía fresca te sabe a gloria.

Puesto de fruta en Punta Rata.

Puesto de fruta en Punta Rata.

Sibenik es la ciudad más antigua de la costa dálmata. Habiendo resistido los asedios veneciano y otomano durante el siglo XV, terminó siendo ocupada por las tropas fascistas italianas y posteriormente duramente bombardeada por el ejército yugoslavo durante la guerra civil. Se encuentra en la desembocadura del río Krka, en el que a su vez puedes alquilar un barco y navegar para llegar al Parque Nacional del Krka, una belleza natural caracterizada por sus impresionantes cascadas, donde turistas y lugareños van a pasar el día y a bañarse en sus aguas dulces y cálidas, y cuya visita merece mucho la pena.

Cascadas y piscina del Parque Natural de Krka.

Cascadas y piscina del Parque Natural de Krka.

Paseo por el interior del Parque Natural de Krka.

Paseo por el interior del Parque Natural de Krka.

En cuanto a las islas, en la oficina de turismo de Split y en cada puesto del Jadrolinia tienes todos los horarios para Hvar, Brac, Vis, Solta o Korkula, que son las que yo visité. De todas, Solta me encantó porque estaba particularmente despoblada, y tiene calas espectaculares en las que estás casi completamente sola. Allí no encontrarás bares, ni terrazas, ni chiringuitos. Para eso, tienes las islas de Hvar y Brac, mucho más populares y con bastante turismo, aunque puedes alquilar una motocicleta y alejarte un poco a zonas más tranquilas. En Brac está la playa más famosa de Croacia, Zlatni Rat, que me recordó un poco a las zonas típicas de marcha del Mediterráneo, y que no es de mi estilo, pero merece la visita si lo que buscas es playa, surf y fiesta.

De Korkula dicen que es como Dubrovnik en pequeñito. La verdad es que es un lugar tranquilo, bonito y romántico donde los haya, y te recomiendo especialmente dar un paseo nocturno y disfrutar de la ciudad iluminada. Además, aquí encontré la única playa de arena de todo mi recorrido.

En el Peristilo, esperando a que empiece el ballet.

En el Peristilo, esperando a que empiece el ballet.

¡Y qué decir de la gastronomía! En Dalmacia es especialmente bueno el pescado, por su variedad. Me explicaron que, al ser el fondo del mar rocoso, los peces están continuamente moviéndose entre las piedras buscando alimento, lo que da una consistencia especial a su carne blanca. La sardina y el bacalao, de entre los que pude reconocer, los platos de arroz (risotto en tinta), el pulpo en vinagreta, los mejillones o las arañas de mar, que ponen en ensalada, son algunos de los platos típicos. A otro nivel de precios más asequible encuentras el burek o empanada de masa fina, los helados, las Palacinke -crepes al estilo croata- y la fruta -en especial, la cereza dálmata “maraska”, que además utilizan en unos pastelitos riquísimos-, que está buenísima.

En Split, tanto el mercado al aire libre que abre cada día junto a las murallas del Palacio, como la lonja del pescado, también diaria, fueron dos de los lugares por los que paseaba a menudo para comprar o aprender algo de vocabulario, pero sobre todo, para disfrutar del ambiente y del bullicio.

Mercado de Split.

Mercado de Split.

Por último, para terminar el día de turisteo, una de mis actividades preferidas era tomarme una cena ligera a base de burek y algo de fruta, sentada en el paseo marítimo, con los pies metidos el en adriático y la ciudad iluminada detrás de mi. Es este uno de mis recuerdos inolvidables de un lugar al que, definitivamente, volveré.

Cenando burek sentada en el muelle.

Cenando burek sentada en el muelle.

Septiembre, 2013.

 


[1] de lo que me alegro enormemente pues, viajando, algo que me resulta muy molesto es ver cómo los turistas del llamado “primer mundo” regatean, céntimo arriba-céntimo abajo, por cantidades que ya serían ridículas en sus lugares de origen.

 

 

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