Bogando por la ribera Sacra

Por Antonio Costa Gómez

 

Visiones en Lugo

 

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     Una frase dice que el Sil lleva el agua y el Miño la fama, pensé en ella una madrugada en Peares, me levanté muy temprano y bajé  donde el Sil desemboca en el Miño, se producía el choque estruendoso de los dos ríos, se mezclaban las aguas apasionadamente, el Sil parecía entregar miles de cosas al  Miño, era como si se entregase generosamente, como si se dejase morir sin paliativos. Me puse a pensar en la cantidad de agua que se habría vertido,  en los millones de momentos en que aquello venía ocurriendo desde que los dos ríos abrieron  los profundísimos barrancos en la barriga de Galicia, pensé en la infinitud de escupitajos, orinas, muñecas rotas, mosquitos muertos, papeles, botellas de vino,  hojas arrancadas,  tablas sueltas, condones, pañuelos, que sin cesar iban del Sil hacia  el Miño. Y ella también había pensado en eso, había un pasaje de su poema en que hablaba de ese derramamiento, de como todas las sugerencias  iban del Sil al Miño, era como una honda tragedia,  como algo que no podía evitarse. Mirar así en la noche como todo aquello desembocaba sin fin me mareaba, pensé  que  ella también habría sentido  vértigo, y me dije como unos entregan todo lo que tienen a otros,   como  dejan volcar  toda la plenitud   que  llevan. Pensé que ella  había contemplado aquello inmensamente,  poniéndolo en su poema,   “infinidades ocurren delante de nuestros ojos,/ sin que seamos capaces de verlo”, decía, pronunciar ese verso me produjo un dolor  en el costado, se me ocurrió pensar en Emily Dickinson, una poetisa norteamericana  que nunca había salido de su casa  para la cual los rosales o las orugas de su jardín  eran torrentes grandiosos.

 

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Estuve mucho rato alucinado,  dejándome azotar por el ruido de aquel encuentro,  pensando en  las innumerables presencias de todos los rincones del Sil y de todos sus ríos tributarios que llegaban  allí, pensando como un río va recogiendo todas las aguas vagabundas y solitarias para desembocar en  la inmensidad. Después empecé a subir hacia la pensión, el sonido de las aguas martilleaba  obsesionante en mi cabeza, cuando llegué la hija de la dueña me estaba esperando en la cocina, me había puesto un gran tazón de leche y unas sopas de ajo, me preguntó si quería vino, “leche con vino hace al viejo mocito”, me dijo repitiendo una frase que yo había oído otras veces.. Estaba amaneciendo y la luz que nacía era  sabrosa como la leche, sentí una fraternidad con la muchacha por estar compartiendo aquella luz, “es un poco peligroso que salga así de noche”,  dijo,  “¿por qué, van a venir los lobos?”,  “lobos no hay por aquí desde hace mucho tiempo, pero usted se va a poner mal si hace esas cosas”. ¿Has pensado en todo lo que viene con el Sil  a través de los años?”, le pregunté,  “una vez vi sábanas flotando – contestó ella – , me pareció raro, no sé quién podía haber tirado sábanas, venían unas detrás de otras y entraban en el Miño”, “tal vez lo soñaste”, dije. Otras noches volví a observar la desembocadura, creí que podría ver algo  que flotara, algún objeto valioso que procediera de alguien, pero solo veía el agua bajando apasionadamente. Un día cogí el catamarán en Belesar, veía las viñas y las bodegas en lo alto, veía personas charlando y coches que avanzaban a duras penas entre las pistas, en mitad de los bosques había alguna iglesia, las ramas de los robles más bajos se metían en el agua, se creaban sombras alucinadas y solitarias, yo iba como en un sueño, como si zumbaran todas las moscas de todos los veranos, había una lentitud enloquecida como  en una película de Werner Herzog,  como si se desplegara ante mí la mística de las montañas, veía  la inmensidad del agua que había acumulado el embalse de Peares comerse  las riberas, era tan inmensa la cantidad de agua que daba miedo, el agua lo había sumergido todo, se lo había tragado todo, igual que el tiempo, me apoyaba en la veranda y me dejaba avasallar por aquel paisaje, en algún momento pensé que adivinaría los pueblos en el fondo, que escucharía las viejas canciones,  ¿dónde están todos, me dije, dónde se han echado a dormir?, ¿dónde han caído todas las viejas pasiones y los salvajismos de los pueblos?,  ¿dónde  han caído los  crímenes y las renuncias?. Me fijé en una pareja que en la cubierta se hilvanaba y  deshilvanaba, parecía que hubieran subido al catamarán como un intento para conectar mejor, para dejarse convencer por la grandiosidad del paisaje, a ratos era como si la lentitud los cautivase a los dos de la misma manera. Me dio miedo mirarles, fue como si les sorprendiese desnudos, ellos no se daban cuenta pero  notaba toda la desolación en sus gestos, serían infelices durante años  y ni siquiera lo sabrían y yo no podía decírselo. Me pareció por un instante que éramos un grupo de ciegos en un barco mirando unos paisajes que no podíamos ver, y susurrando unos cerca de otros sin poder escucharnos. Luego pensé en Nela y en sus versos, ella también había ido en catamarán ,  y comparaba el viajar en mitad del Miño  con el viajar  de Ulises por el Mediterráneo, pero era un Ulises que  no pensaba en Itaca,  cuya Itaca estaba en todas partes, se dejaba seducir por los monstruos,  por sus  recuerdos e incertidumbres, y buscaba a Penélope en cualquier esquina, y decía: “alguien vendrá detrás de mí, siguiendo mis pasos/ y sentirá el sonido de mi alivio y mi pena”, sí, los dos íbamos en medio del agua, en instantes muy semejantes, y yo quería escuchar su latido, oír su respiración a través de sus palabras, quería  saber qué le había sugerido cada árbol, cada roca.

 

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En un momento dado abrí más los ojos y  todo se acalló dentro de mí, y vi las playas solitarias que se deslizaban, las ramas metidas en el agua, los terrenos que llegaban al borde, era el mismo enigma que había pasado ella. La chica vino hacia mí y me comentó algo,  “aquí había un pueblo hundido, ¿no es cierto?”,  “no, creo que era un poco más adelante, debajo de aquel puente, en Portotide, allí vivían unas mujeres anfibias que se llamaban las xacias y seducían a los hombres”. Allí empezaba una carretera que serpenteaba entre los bosques, subía en tramos sombríos y pasaba por Nogueira antes de desembocar en Chantada. Después alguien  comentó que estábamos pasando delante de la iglesia de Chouzán, que era una iglesia románica muy bella, que la habían trasladado piedra a piedra desde más abajo del río, que salía en los libros de arte. Y todo pasaba muy lentamente cerca del agua  de  manera fervorosa,  “fantasmas como lumbres en el agua/  avanzando en las antiguas noches”,  escribía Nela. Pensé que nuestra casa era el agua y  que  vendrían todos los sentimientos que no se pudieron sentir, y me di cuenta de que ella había expresado algo parecido, sentí  un impacto  a través de los años, como si ella me tocara, me dije: cuando  hayamos muerto, todos quedaremos guardados en las palabras, a través de sus versos  latía ella”. “Está usted muy despistado”,  dijo la chica, tal vez  quería darle celos a su novio,  “estaba pensando en alguien”,  respondí, “¿vino ella con usted en otro tiempo?”, preguntó,  “no llegó a hacerlo , le dije, pero pudo haberlo hecho”.

FOTOS: CONSUELO DE ARCO

 

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One Response to Bogando por la ribera Sacra

  1. Gonzalo 12 febrero, 2014 at 15:38

    Fantástico, Antonio, profesor, compañero de clase y luego vecino en Lavapiés. Fantástico.
    Buscaré tus textos para zambullirme en ellos de vez en cuando.

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