Crónicas de la piratería caribeña en los siglos XVI y XVII : Los corsarios (3)

Por Elena Bargues

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A falta de una Armada que vigilase el Caribe, los gobernadores recurrían a los galeones de escolta de la flota de Indias para limpiar de piratas las zonas deseadas, como ya hemos comprobado en un pasaje citado anteriormente. Es lo que hicieron en 1629. Tras el desastre de la flota en Matanzas a manos de Piet Heyn, se decidió que la flota fuera escoltada por el grueso de la Armada de la Mar Océana y que estos galeones se dedicaran a desalojar las islas de Barlovento de piratas.

 

La Española (Haití y Rep. Dominicana).

 Dos barcos franceses consiguieron escapar cargados de hombres y erraron por el Caribe hasta que llegaron al oeste de La Española. La parte occidental de la isla había sido evacuada por los españoles en 1605 y habían abandonado el ganado que se había multiplicado en estado salvaje. Pronto corrió la voz y les siguieron más compatriotas abandonados de la mano de Dios por aquellos mares e islas. Se dedicaron a trabajar el cuero y a salar y ahumar carnes. El término francés boucanier significa acecinar, ahumar, y de ahí derivó a bucanero, la persona que se dedica a ello. Pronto fueron conocidos por todos los enemigos de España, que recalaban en sus costas para aprovisionarse de agua y comida o contrabandear, pero la costa no ofrecía buenos puertos. La isla de Tortuga, a siete kilómetros al norte, poseía en la parte sur un puerto abrigado que lo convirtieron en su puerto comercial.

 

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Los españoles intentan recuperar el oeste de la isla.

En uno de los capítulos de mi novela “El asalto de Cartagena de Indias” un bucanero le resume al oficial francés protagonista el acoso de los españoles (que, en realidad, éstos no hacían más que defenderse de las rapiñas y ataques a las haciendas españolas. El relato data de finales de siglo, lo que evidencia la falta de demografía para repoblar la isla, ya que procedieron en diversas ocasiones al desalojo de Tortuga y la costa occidental sin conseguirlo, pues al no dejar una guarnición, regresaban los merodeadores):

«—Cada cierto tiempo los españoles caen sobre nosotros y nos barren como un huracán. El veintiuno de enero de 1691 se libró una violenta batalla en la Sabane de la Limonada. Murieron unos doscientos cincuenta filibusteros y setecientos colonos franceses, incluidos gobernador, consejeros de la Audiencia y oficiales. Fue una carnicería. Mi padre huyó con Lorencillo, pero no paró ahí el asunto. Los españoles avanzaron hasta Guarico, que era entonces la capital, la quemaron y destruyeron murallas y barcos. Cuando por fin se retiraron los españoles, Jean- Baptiste Ducasse fue nombrado gobernador.

 —¿Vino de la Corte? —indagó Laver, pues no le sonaba el nombre.

—No, qué va. Era negrero. —Una sonrisa bailó en los labios de Beaumont—. Aquí no hay gente fina. No es tierra francesa, así que vuestro rey no puede enviar a nadie oficialmente.

Laver tomó nota mentalmente de no olvidar otra vez aquel dato.

—Por lo que contáis, estáis muy unidos a los filibusteros.

—Respetamos nuestros negocios, y esto es tierra de nadie.

—En Brest comentaron que esta acción se debía a un ataque de hace dos años.

—Sí. Después de aquella batida española, Ducasse no volvió a molestarlos. Se dedicó a atacar Jamaica. Pero a los ingleses no les gustó, y esos perros buscaron el apoyo español para una nueva incursión de castigo. Esta vez fueron más concienzudos en su avance. Arrasaron Guarico por segunda vez y Port-de-Paix, Port Margot, Planemon y todo el distrito de Cap-Français. Huimos al sur y nos refugiamos en Leogane y en Petit-Goave. Nos salvamos gracias a la falta de acuerdo entre los españoles y los ingleses.

—Por eso sois tan pocos —resumió Laver.

—Sí. Aquí la vida es difícil y corta, cuesta recuperarse y las mujeres escasean. A decir verdad, aquí no vivimos, sobrevivir sería el término más apropiado.»

La parte occidental de La Española tomó el nombre homónimo del español: Saint-Domingue y en 1697 por el Tratado de Rijswiijk pasó oficialmente a pertenecer a Francia.

 

También pierden Jamaica.

Los ingleses también se hicieron con un bocado caribeño: Jamaica. El 30 de enero de 1649, Carlos I de Inglaterra fue decapitado tras una guerra civil. Cromwell se nombró Lord Protector y comenzó sus campañas religiosas. La Armada española por aquellos años era casi inexistente tras las guerras contra Francia y Holanda, por lo que las colonias americanas se encontraban indefensas. Cromwell ideó un plan que llamó “Western Design”: se apoderarían de un punto en la isla de Cuba, de Puerto Rico o de La Española, y desde allí atacarían Cartagena de Indias que sería la futura capital del establecimiento inglés en las Indias Occidentales.

Envió una Armada, bajo el mando de William Penn y Robert Venables, que constaba de cincuenta y siete naves y unos trece mil hombres. El 8 de abril de 1655 llegaron ante Santo Domingo. No voy a entretenerme con los detalles pero el desastre inglés fue completo y les costó numerosas bajas a pesar de doblar a la población española. Así que buscaron algo más fácil: Jamaica, una isla pobre y poco poblada y sin fortificaciones, ya que no resultaba atractiva para los piratas. Sin embargo, los escasos habitantes se juntaron con los negros cimarrones y se organizaron en guerrillas, los hostigaron hasta el punto de que les causaron más de mil muertes, además de la escasez de víveres y de una epidemia que se propagó con la que perdieron casi seiscientos hombres por mes. Cuando se recuperaron de la epidemia comenzaron a fortificar y llegaron naves de refuerzo. Los isleños recibieron el apoyo militar tarde y perdieron la batalla contra los ingleses. En 1660 se firmó la paz con Inglaterra y los ingleses se quedaron con la isla. Eso sí, les dejamos a los negros cimarrones que los acosaron hasta 1739, año en que los ingleses debieron firmar un tratado con ellos.

 

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